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Agricultura portada

Agricultura urbana: el hormigón puede ser verde

Las ciudades pueden ser mucho más que asfalto, ladrillo y hormigón: pueden llegar a proveer buena parte de los alimentos del futuro, ahorrar agua y ser elementos efectivos en la lucha contra el cambio climático. La agricultura urbana y periurbana es un movimiento que adquiere fuerza al plantearse como un motor de transformación y desarrollo de las ciudades, y un incentivo para la reutilización hídrica.

Cultivar frutas y verduras en las ciudades utilizando espacios públicos, azoteas y balcones es una práctica antigua que se remonta a la civilización babilónica y estaba muy extendida en el antiguo Egipto y el imperio Inca. Pero la agricultura urbana, tal como la conocemos actualmente, apareció en EEUU y Europa durante las dos guerras mundiales del pasado siglo, cuando los denominados “huertos de guerra” o “huertos de la victoria” se promovieron entre los ciudadanos para su autoabastecimiento frente a la hambruna y la falta de suministro de agua. Fueron un elemento clave en la resistencia de la población civil e incluso generaron un excedente que se envió a las tropas del frente.

En la actualidad gran parte de las grandes ciudades del mundo tienen programas de lo que se denomina Agricultura Urbana y Periurbana (AUP) un término acuñado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) que, desde la década de 1980, fomenta su expansión. El término “urbano” hace referencia al caso de la ciudad, y el “periurbano” a sus territorios adyacentes.

Detener la superficie de la costra urbana

El futuro del planeta se articula en clave urbana. Las ciudades, que ahora albergan a 3.700 millones de habitantes, cerca de la mitad de la población mundial, llegarán en 2050 a los 6.500 millones; es decir, más del 70% de la población vivirá en urbes. Por entonces habrá en la Tierra 9.100 millones de bocas que alimentar, por lo que será necesario incrementar en 2/3 la producción agrícola mundial.

Las grandes urbes concentran, y cada vez lo harán más, el poder político, económico y tecnológico, definen la cultura y son el barómetro del bienestar social. Las zonas rurales trabajarán principalmente cada vez más para las ciudades, que ya son enormes consumidoras de agua, alimentos y energía.

Este escenario es motivo de honda preocupación. Los expertos reunidos el pasado 1 de junio en Madrid alrededor del foro The future is now, organizado por la Norman Foster Foundation debatieron sobre el futuro de la costra de asfalto y hormigón que ya cubre el 3% de la superficie terrestre del planeta y que está creciendo en torno a tres y cuatro veces más que el incremento de su población. Este crecimiento en horizontal no es sostenible, como demostró con datos Norman Foster al comparar Houston, paradigma del crecimiento en superficie, con Nueva York, ciudad que ha crecido principalmente en sentido vertical.

Foster demostró que la ciudad horizontal contamina más por el transporte automovilístico y supone un mayor estrés medioambiental al cubrir suelos fértiles, contaminar acuíferos y ríos, e incrementar el efecto “isla de calor” por el calentamiento del asfalto y el hormigón. Por otra parte, una expansión en superficie de los edificios implica mayores costes de distribución de agua y saneamiento y aumenta la huella hídrica y de carbono de los productos de consumo, especialmente de los alimentos, cuyas zonas de producción agrícola se ven desplazadas cada vez más de los centros de consumo.

Cultivos urbanos, un factor de crecimiento socioeconómico

En este contexto, la agricultura urbana y periurbana se presenta como un factor socioeconómico capaz de transformar el concepto de sostenibilidad de las ciudades y combatir la pobreza de las que pertenecen a países en vías de desarrollo, que son los que presentan el crecimiento urbano más acelerado. Según la FAO, el fomento de los cultivos por parte de los ciudadanos, tanto en sus casas como en solares públicos, permite lograr objetivos de seguridad alimentaria, impensables en un contexto en el que los pobres tienen que comprar alimentos a precio de mercado. Además, en los tugurios se concentran las mayores deficiencias de agua y saneamiento, y la agricultura urbana permite reutilizar agua que de otro modo no sería apta para el consumo y fertilizar los cultivos reciclando desechos orgánicos. En este sentido, el desarrollo del huerto es un incentivo para reciclar el agua y mejorar los sistemas de saneamiento.

La FAO entiende por agricultura urbana no sólo el cultivo de vegetales, sino también la avicultura, la ganadería a pequeña escala, la pesca, la acuicultura y la silvicultura. Ya en 1999, la organización presentó un informe que mostraba que los productores urbanos podían lograr la necesaria eficiencia empleando recursos insuficientemente utilizados, como terrenos abandonados y deteriorados, aguas residuales y agua de lluvia, de forma que la productividad podía ser de hasta 15 veces superior a la producción por acre de agricultura rural. Desde entonces, las experiencias realizadas han confirmado los beneficios de esta práctica en muchas ciudades de África, Asia y Latinoamérica.

En India destaca la experiencia de Bombay, una de las ciudades más densas del mundo, en la que la falta de tierra y agua ha hecho emerger ingeniosas soluciones en terrazas y azoteas. En el puerto de la ciudad, por ejemplo, el servicio de cocina, que distribuye diariamente alimentos a aproximadamente 3.000 empleados y genera importantes cantidades de desechos orgánicos, ha creado un huerto de terraza que recicla el 90% de estos residuos para la producción de verduras y frutas ecológicas que realimentan el menú de los trabajadores.

En los casos muy frecuentes en el que los tugurios se han extendido sobre terrenos fértiles, el cultivo urbano es un elemento de regeneración del suelo y por tanto de recuperación de los acuíferos. En estas zonas deprimidas, esta práctica crea puestos de trabajo y se muestra además como un potente elemento de vertebración y de cohesión social, fomentando la conciencia solidaria y desarrollando el conocimiento de la sostenibilidad y el equilibrio medioambiental.

Un potente elemento de concienciación

La práctica de la AUP se ha extendido, aunque de forma muy desigual, a casi todas las ciudades de los países industrializados. En éstas, además del suelo sin uso, el cultivo de vegetales ha entrado en balcones y azoteas cubriendo de verde el ladrillo y el hormigón de muchos edificios. Destaca especialmente la ciudad de Nueva York donde han proliferado techos verdes, granjas en la azotea y se han desarrollado sistemas de recolección de agua de lluvia y de alcantarillado subvencionados por el Departamento de Protección Ambiental y diversas asociaciones promotoras. Actualmente Nueva York tiene las granjas de tejado más grandes del mundo.

Experiencias similares se están desarrollando en las ciudades de California, Canadá, China y Reino Unido. En España, la crisis económica iniciada el 2007 proyectó notablemente la agricultura urbana. En Madrid y Barcelona, se crearon numerosos huertos comunitarios y en la actualidad se están desarrollando un creciente número de iniciativas que incluyen programas en las escuelas con la finalidad de formar a los más jóvenes en agricultura básica. Los escolares aplican sistemas de riego de bajo consumo en una práctica en la que entran en contacto directo con la cadena alimentaria, y adquieren especial conciencia de la importancia de aplicar adecuadamente cada gota de agua y de no contaminarla.

Una de los principales argumentos a favor de la agricultura urbana y periurbana es el desarrollo de la cultura del consumo de proximidad. En este sentido, una aproximación al “km 0” ideal reduce no sólo el gasto de agua y energía en el transporte de alimentos, sino que posibilita un máximo aprovechamiento hídrico ya sea por riego directo o, lo que es mejor, por uso de agua de lluvia.

La arquitectura verde llega a la ciudad

A nivel global, la práctica de la agricultura urbana y periurbana es también un elemento de lucha contra el efecto de "isla de calor”, que está provocado por el calor desprendido por los automóviles y el aire acondicionado, y por la masa de pavimento, ladrillo y hormigón al ser calentada por el sol. Este incremento de la temperatura ambiental es directamente proporcional al tamaño de la mancha urbana. Un estudio publicado en la revista Nature Climate Change y basado en el análisis de 1.692 ciudades, muestra que este fenómeno duplica el coste urbano del cambio climático. El recalentamiento de las ciudades usa más energía y agua para enfriar el interior de los domicilios, las bebidas y la comida, contamina el aire, perjudica la calidad del agua y hace disminuir la productividad de los trabajadores. El estudio señala que si el 20 % de los tejados de una ciudad y la mitad de sus pavimentos estuvieran cubiertos de vegetales, un objetivo aceptablemente realista, se podría ahorrar hasta 12 veces el coste de reducir la temperatura del aire en 0,8 grados.

No es utópico lograr este “manto verde”, y ya abundan los diseños arquitectónicos de edificios cubiertos de plantas regadas con agua reciclada que utilizan también técnicas hidropónicas (cultivo sin suelo) gobernadas por sistemas inteligentes. Nicholas Negroponte, fundador del famoso MIT Media Lab, aseguró en el foro de Madrid que las ciudades del futuro "serán plantadas como semillas y crecerán biológicamente”. Estamos lejos aún de este escenario que apunta a un incierto y controvertido mando de la tecnología en el urbanismo. Por el momento, el modesto huerto urbano se abre paso como opción sostenible ante un crecimiento de las ciudades que es desmesurado y, hasta ahora, poco tecnológico.