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Cinco botellas de plástico y un pedazo de metal

Rubén enseña a sus paisanos como construir un rudimentario colector de agua de lluvia. Una sencilla transmisión de conocimiento que puede salvar muchas vidas al evitar beber agua superficial contaminada. En las zonas rurales de Tanzania, el 18 % de la población sólo tiene acceso al agua de charcas, lagos y ríos sin ningún tipo de control sanitario.

Maji ni Uhai (Water is Life) desquattertaylor (Tanzania), finalista del We Art Water Film Festival 3. Categoría de Micro-documental.

En Arusha, una ciudad situada al norte de Tanzania, Rubén, el protagonista de este corto, pertenece al afortunado 79 % de la población urbana tanzana que dispone de acceso básico al agua en su hogar.

A Rubén le basta con desplazarse 40 km para encontrarse con la dura realidad en la que viven más de la mitad de sus paisanos: la falta de acceso seguro al agua. Según el último informe del Joint Monitoring Programme (JMP) for Water Supply and Sanitation de la Organización mundial de la Salud (OMS) y UNICEF, en 2015, el 18 % de la población rural de Tanzania sólo tiene acceso al agua superficial. En 2000, la tasa se situaba en el 21 %; es decir, en 15 años la población rural tanzana que ha dejado de beber directamente de charcas y ríos  tan sólo ha disminuido tres puntos, un dato que demuestra la poca capacidad de progreso que tiene el país africano. El Banco Mundial sitúa Tanzania entre los 49 países “menos desarrollados” del mundo, y en el Índice de Desarrollo Humano el país está situado en el puesto 159 de 187.

Según UNICEF, en los países subsaharianos tan sólo el 24 % de la población tiene acceso a agua libre de toda contaminación. Las consecuencias palpables de consumir agua sucia son las enfermedades de transmisión hídrica como diarreas, malaria, cólera o lombrices intestinales. esto afecta especialmente a los niños menores de cinco años, y en Tanzania, hasta el 9% de estas muertes se producen por diarreas.

Los tanzanos, como la mayoría de los 159 millones de personas que se ven obligadas a beber agua superficial no tratada en el mundo, suelen “limpiar” el agua sucia filtrándola con telas. Sólo unos pocos tienen recursos para hervirla o utilizar pastillas potabilizadoras, que sólo se pueden conseguir en las ciudades.

Rubén descubre que para obtener agua potable sus vecinos de la zona rural tienen que recorrer unos dos kilómetros, y que el gobierno sólo les abre la fuente una vez a la semana. 

Con los restos de un cobertizo metálico y unas cuantas botellas de plástico, Rubén enseña a los campesinos como construir el colector de agua de lluvia que ha diseñado. Es un ejemplo de tecnología simple, sin coste y sostenible que puede salvar vidas y evitar muchas enfermedades. La inquietud y generosidad de un ser sensible y solidario como Rubén muestra la importancia de compartir el conocimiento, aunque sea desde la simpleza de cinco botellas de plástico y un pedazo de metal.