Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarle el uso de la web mediante el análisis de sus preferencias de navegación. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtenermás información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies.

Desastres portada

Fenómenos naturales, desastres humanos

Evaluar los factores que definen los desastres causados por fenómenos violentos de la naturaleza es el primer paso para evitarlos. La comprensión de los conceptos de exposición y vulnerabilidad es la base de cualquier política de prevención y actuación. En todos los casos, el acceso al agua y el saneamiento siempre son ejes de cualquier acción de emergencia y factores clave de la resiliencia.

El 8 de noviembre de 2013, a las 4:30 horas, el súper tifón Haiyan irrumpió en las Bisayas Filipinas con vientos de 235 Km por hora, barrió estas islas y buena parte de la zona central del país. Los meteorólogos quedaron impresionados: en términos de descenso de la presión atmosférica, fue el ciclón más intenso registrado en tierra firme y el que mayor velocidad de viento había generado de forma sostenida en un minuto en toda la historia.

La devastación causada por el Haiyan obligó a reconsiderar los factores de riesgo, vulnerabilidad y resiliencia que son fundamentales para prever y paliar los desastres meteorológicos y permitir la recuperación de las zonas afectadas, en las que lo primero que se necesita recuperar es el acceso al agua y al saneamiento.

Cambio climático: menos ciclones pero más violentos

Dos años más tarde, en octubre de 2015, el huracán Patricia superó en las costas mexicanas el récord de velocidad sostenida del Haiyan, y quedó registrado por el National Hurricane Center (NHC) como el huracán más intenso del hemisferio occidental jamás registrado. Ambos fenómenos fueron mostrados por el Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC) como una clara consecuencia del cambio climático y como una confirmación de las predicciones de su Quinto Informe de Evaluación (AR5) que fue la base de trabajo de la COP 21, en diciembre de 2015 en París.

Según los modelos de previsión, durante las cuatro próximas décadas, el porcentaje de ciclones violentos se incrementará entre un 2 y un 11% a nivel global. Sin embargo, las mismas proyecciones indican que aunque serán más intensos también se darán en menor cantidad.

Fenómenos y desastres

La United Nations Office for Disaster Risk Reduction (UNISDR), hace una necesaria diferenciación entre los desastres y los fenómenos que los provocan. Para la UNISDR el término “desastre natural” es equívoco, pues los desastres son el resultado de la falta de prevención y planificación ante los fenómenos de la naturaleza. Los fenómenos sí que son naturales, pero los desastres se producen por la acción del hombre en su entorno. Por ejemplo, la inundación de una llanura aluvial por el desbordamiento de un río es un fenómeno natural; es la presencia de asentamientos humanos en la zona lo que crea la posibilidad de desastre.

Hay dos grandes grupos de fenómenos naturales que causan desastres: los de carácter geológico y los climáticos. Entre los primeros están los terremotos, los maremotos y las erupciones volcánicas; entre los segundos encontramos todos los fenómenos meteorológicos extremos (huracanes, tornados y tormentas), las sequías y la subida del nivel del mar a causa del derretimiento del hielo polar. Un origen mixto entre geológico y climático está en algunas avalanchas, que combinan el deshielo excesivo con corrimientos de tierras. Según el Banco Mundial, los desastres causados por los fenómenos climáticos han significado las dos terceras partes de las pérdidas globales económicas y humanas en los 44 últimos años y han provocado 3,5 millones de muertes en todo el mundo.

Exposición, vulnerabilidad y riesgo

Pese a que en muchas ocasiones los fenómenos especialmente violentos superan la capacidad de previsión, los errores humanos en la planificación de los asentamientos humanos suelen ser la principal causa de los desastres, especialmente los causados por fenómenos meteorológicos extremos. Como explica el arquitecto Eric Cesal director ejecutivo de Architecture for Humanity y especialista en desastres, "en la Tierra existen dos megafenómenos en aumento: el cambio climático y la urbanización. A medida que ambos converjan se crea la posibilidad y la inevitabilidad de que ocurran desastres mayores y más graves”.

Existen unos factores clave para comprender y gestionar una situación con la que tendremos que convivir en la Tierra, y que son la base del éxito de las estrategias de prevención de los países más afectados.

Los primeros son los conceptos de exposición y vulnerabilidad ante el peligro de un fenómeno que acaban de configurar el factor de riesgo. En muchos casos exposición y vulnerabilidad se expresan erróneamente como sinónimos. Ambos factores son antropogénicos, es decir, provocados por el hombre, pero su significado es muy distinto.

Se puede definir la exposición como la presencia de personas, hogares, edificios, instalaciones de servicios o cualquier bien económico, social o cultural en zonas donde pueden desencadenarse los fenómenos violentos. La vulnerabilidad es la predisposición a que todo ello sea dañado. Por ejemplo, una casa en Filipinas está expuesta a un tifón, pero es vulnerable si está construida deficientemente. De hecho, Filipinas es el segundo país más expuesto al peligro de la meteorología violenta, con 22 tifones anuales de media.

Como es fácil entender, la vulnerabilidad tiene una relación directa con la pobreza: las instalaciones deficientes de agua y saneamiento, las chabolas y el hacinamiento de los tugurios son factores que incrementan la vulnerabilidad frente a los fenómenos.

El riesgo de desastre combina exposición y vulnerabilidad. El IPCC lo define como la probabilidad de que una comunidad sufra alteraciones graves en su funcionamiento normal y daños humanos, económicos o ambientales a causa de eventos físicos peligrosos que se dan en condiciones sociales vulnerables. Siguiendo con el ejemplo filipino, por su situación, geografía física y niveles de pobreza, el archipiélago es una zona de alto riesgo de desastre meteorológico.

Agua y saneamiento, ejes de la resiliencia

Estos daños requieren una respuesta inmediata de emergencia para satisfacer las necesidades humanas críticas. Esta ayuda debe estar desde el inicio concebida para desarrollar planes inmediatos de recuperación y hacer que la comunidad afectada consiga la resiliencia. En todos los casos procurar el acceso al agua y restituir el saneamiento es el principal punto de partida.

En los proyectos de la Fundación We Are Water podemos ver ejemplos de estos procedimientos. Tras el tifón Haiyan, una de las acciones de ayuda de emergencia consistió en algo tan imprescindible como distribuir bidones y pastillas potabilizadoras para recoger agua y poderla beber; en la ayuda para la recuperación fue fundamental la rehabilitación de los sistemas de acceso y saneamiento para que la población dejase de proveerse de agua contaminada. Tras el terremoto que asoló Nepal, la distribución de bidones fue también prioritaria para conseguir que las familias pudieran proveerse de 4 litros de agua por persona y día, la mínima cantidad necesaria para beber y preparar alimentos, como el envío de material para reconstruir las instalaciones de saneamiento.

La prevención aporta beneficios

Conseguir respuestas rápidas en las emergencias es fundamental, pero es imprescindible invertir en prevención. En los 44 últimos años, los desastres causados por las condiciones climáticas han provocado 3,5 millones de muertes y han costado al mundo más de 2 billones de dólares. En 2016 los desastres debidos a la meteorología más costosos ocurrieron en Asia y América: las inundaciones que afectaron a China a mediados de año dejaron daños por 20.000 millones de dólares; y el huracán Matthew produjo pérdidas por 10.000 millones de dólares, según datos de la firma reaseguradora Munich RE.

Un estudio de las Naciones Unidas para Latinoamérica, concluye que cada dólar invertido en la reducción de riesgos de desastres supone un ahorro de 9,50 dólares al eliminar las pérdidas recurrentes provocadas por los fenómenos meteorológicos violentos. De forma similar, la Unión Europea calcula que cada euro gastado en protección contra inundaciones en Europa comporta seis euros de ahorro. La prevención salva vidas y es rentable. Pero para prevenir es preciso concienciar a todos los estamentos de la sociedad de los peligros, formar a la población en protocolos de actuación, planificar las instalaciones y los asentamientos en zonas expuestas, e invertir en investigación científica de predicción y tecnologías de alerta. El futuro del clima nos obliga a estar bien despiertos.