Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarle el uso de la web mediante el análisis de sus preferencias de navegación. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtenermás información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies.

baobabs familia

Cada árbol cuenta, aunque esté fuera del bosque

Han sido invisibles hasta ahora a las grandes estadísticas, pero los más cercanos a las personas. Los árboles dispersos han sido decisivos para la economía rural y vitales para la supervivencia en las zonas áridas. Ahora tenemos instrumentos para conocerlos mejor y corroborar su importancia en el equilibrio medioambiental, la lucha contra la desertificación y la gestión del suelo.

En 2015, la superficie de bosques estimada por la FAO era de unos 4.060 millones de hectáreas, el 31 % de la superficie de la Tierra, lo que equivale a casi un campo de fútbol por persona. El 45 % de esta superficie correspondía a las masas boscosas de las zonas tropicales: las grandes extensiones selváticas africanas, sudamericanas e indonesias principalmente. Las zonas áridas o secas, sin un manto vegetal uniforme y muy desigual, se estimaban ese año en el 40 % de la superficie de la Tierra.

En la opinión pública, la importancia de los árboles a nivel planetario ha sido absorbida tradicionalmente por los bosques. A éstos se les ha otorgado el protagonismo en la lucha contra el calentamiento global al constituir el principal sumidero de carbono, regular el clima y ser fundamentales en el ciclo del agua atmosférico. Es principalmente por ello que, en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo (CNUMAD), en 1992 en Río de Janeiro, los científicos, alarmados por el problema del exceso de CO2 en la atmósfera, plantearon como objetivo prioritario la preservación del bosque. Desde entonces, la sociedad internacional ha estado centrada las últimas décadas en la evolución de las grandes masas boscosas, sobre todo las tropicales, consideradas principalmente como un “pulmón” del planeta que estaba en peligro.

 

Evidentes pero poco conocidos

En 1995, este enfoque empezó a cambiar cuando una corriente cada vez más numerosa de geógrafos, economistas, urbanistas y climatólogos destacaron la importancia del árbol en sí mismo, situado en un contexto aislado de la masa boscosa. Nacieron los neologismoárbol fuera del bosque”, bosque disperso” o “árboles dispersos”, que poco a poco se hicieron más presentes para designar a un factor sumamente importante en la lucha contra la desertificación y la gestión del suelo, tanto agrícola como periurbano y urbano.

En 2002, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) publicó el estudioLos árboles fuera del bosque. Hacia una mejor consideración que había encargado a un grupo multidisciplinar de expertos. En él se definió y se sentaron las bases para una categorización de los árboles fuera del bosque en función de su interés para la agricultura, la gestión del territorio y la cultura; y se hizo hincapié en su importancia para la regulación del clima, la ordenación del territorio y la seguridad alimentaria, así como en la gestión del paisaje, un factor psicosocial normalmente olvidado en la evaluación del bienestar de las personas.

La alerta de la FAO fue la semilla que propició la investigación de este tipo de vegetación, de la que hasta entonces se había tenido escasa información, casi siempre de carácter local y con poca sistemática científica. Las observaciones satelitales que se realizaron a principios de este siglo aportaban imágenes con una resolución de apenas 30 metros. El sistema era mejor que los usados hasta entonces pero aún insuficiente. Con esa resolución, si dos o tres árboles existían en un diámetro de menos de 30 metros, se contabilizaban como uno, o ninguno; también durante la estación seca o en su fase caducifolia (sin hojas) muchos árboles se mostraban invisibles a las cámaras satelitales.

 

Una llave para el conocimiento de las tierras secas

A medida que el calentamiento global antropogénico se fue haciendo evidente, la importancia del estudio de la vegetación se extendió entre la comunidad científica. Especialmente, conocer el estado de los árboles en las zonas áridas de las regiones tropicales, que suelen ser zonas de transición entre el clima tropical húmedo y el desértico, se convirtió en una prioridad ante las amenazas del incremento de sequías y de fenómenos meteorológicos violentos. En muchas de estas zonas se suelen encontrar algunas de las regiones más pobres del mundo y las más vulnerables a las manifestaciones climáticas extremas.

Un segundo paso importante se dio en 2014, cuando la FAO impulsó el proyecto Evaluación Global de las Tierras Secas para conocer mejor la extensión de los árboles dispersos en las zonas amenazadas de desertificación y sentar las bases para una mejor monitorización de su estado. El proyecto, en el que participaron más de 200 investigadores entre científicos y estudiantes, se basó en el poder de detección de las cámaras del satélite WorldView-3, que alcanzaban una resolución de 25 cm (!), y en el uso de la herramienta Collect Earth, que permite la recopilación de datos a través de Google Earth o Bing Maps.El estudio se presentó en mayo de 2017 en Roma y su artículoThe extent of forest in dryland biomes mereció la portada de la revista Science de aquel mes.

 

Más árboles de los que se creía

Tras evaluar los datos satelitales, se comprobó que las zonas áridas contaban con 1.327 millones de hectáreas de arbolado, lo que supuso un aumento de entre un 40 y un 47 % de la cobertura forestal que, antes del estudio, se estimaba para las zonas áridas, por lo que se elevó un 9% la superficie global de bosques existentes en el planeta. La superficie de esta masa boscosa dispersa en las zonas áridas equivale a la de la Amazonía, por lo que juega un papel de suma importancia en la fijación global del CO2.

También el descubrimiento de este activo bioma reafirma la importancia de los árboles fuera del bosque para el estudio de la evolución del clima y la desertificación, y para poder planificar mejor la gestión del suelo agrícola en las zonas más conflictivas por su pobreza endémica, como son las zonas secas africanas, asiáticas y latinoamericanas.

 

Salvar a los “guardianes del agua”

Un ejemplo podría ser el estudio de la salud de ciertos árboles clave en estas zonas como es, por citar al más conocido, el baobab africano (Adansonia digitata) cuyos ejemplares más antiguos recientemente están sufriendo una alarmante mortandad, como alerta un reciente estudio dirigido por el botánico Adrian Patrut de la Universidad Babes-Bolyai, en Rumanía.

Los baobabs son muy longevos (800-1.000 años, llegando algunos ejemplares a 2.000 o más) y fundamentales para los ecosistemas de donde crecen; sus frutos proporcionan alimento, valiosos micronutrientes y medicinas naturales a las personas y los animales que, como los elefantes, esparcen sus semillas contribuyendo así a su reproducción.

Sin embargo, para los humanos, la característica más valiosa del baobab es su capacidad para retener agua. El árbol puede almacenarla en sus raíces y en su tronco fibroso durante la estación lluviosa. Según Patrut, los baobabs más altos pueden llegar a los 30 metros y almacenar más de 130.000 litros de agua para sobrevivir durante la estación seca. Esa agua ha sido desde tiempos inmemoriales un tesoro para los indígenas, lo que explica que muchos denominen al baobab “guardián del agua” o “árbol de la vida”.

El estudio del investigador rumano constata la disminución de los baobabs y, aunque no aclara el porqué, plantea la hipótesis de que la alteración climática que estamos experimentando sea la causa, ya que la vida y evolución del árbol está estrechamente ligada al agua y la evapotranspiración. 

 El seguimiento satelital de los árboles dispersos puede ser una valiosa ayuda para evaluar la tasa de disminución de los baobabs, sus zonas de mayor incidencia y diagnosticar la causa de la disminución de la población del árbol.

Como los baobabs, otros árboles dispersos de las zonas secas son embajadores del agua en la aridez y por ello extremadamente valiosos. En Brasil, destacan las raíces de la palmera Burutí que reparten agua por la superficie de la tierra sedienta. Los animales y las personas de la sabana, cuando tienen sed, se orientan por el perfil inconfundible de esta palmera.

En las sábanas africanas, las acacias, el árbol de baya chacal (diospyros mespiliformus) y el árbol candelabro (euphorbia ingens), por ejemplo, son fundamentales para el equilibrio de los ecosistemas y de los pueblos que habitan entre ellos. También muchas veces no se valoran suficientemente las encinas, pinos, alcornoques y sabinas en la cuenca mediterránea, ni los tilos, plataneros y almeces que dan sombra y oxígeno en muchas ciudades de los cinturones subtropicales, secundan carreteras, retienen la tierra y drenan el agua.

El ODS 15 hace un llamamiento para proteger, restaurar y promover el uso sostenible de los ecosistemas terrestres, es decir, fomentar la vida en la tierra”. Cada árbol cuenta, y los que están fuera del bosque lo hacen de un modo especial.