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Celebración por el agua, celebración por la vida

En Ruanda, una de las economías emergentes de África, la mitad de la población carece de acceso al agua. En aldeas como la de Rugaramura, los cortes de suministro duran semanas y sus habitantes tienen que ir a por agua fuera de la población. “Amazi”, uno de los cortos finalistas del We Art Water Film Festival 4, recrea una actitud que es la base de la recuperación del pueblo ruandés: la alegría, la emoción compartida que mejor integra a una comunidad para afrontar el futuro con confianza.

Amazi (Agua), de Njata (Ruanda), finalista del We Art Water Film Festival 4.

Ruanda fue triste noticia internacional cuando en abril de 1994, estalló una sobrecogedora guerra civil a causa de los odios tribales entre las etnias hutu y tutsi. En pocos meses se desencadenó un genocidio que causaría el asesinato de entre 800.000 y un millón de personas, la mayoría de la etnia tutsi. El país quedó devastado y se produjo una migración masiva de más de tres millones de fugitivos. Dos millones buscaron refugio en las naciones vecinas; y otro millón quedó desplazado dentro del propio país.

El 8 de noviembre de 1994, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó el estatuto del Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR) que contribuyó definitivamente a pacificar el país, que inició una lenta pero constante recuperación socioeconómica. 25 años después, Ruanda es el país más seguro del continente y se le considera una de las economías emergentes más destacadas de África. Sin embargo, su desarrollo se ve lastrado por una notable tasa de desigualdad (el 45% de la riqueza del país está concentrada en el 5% de la población.) y por graves problemas de acceso al agua que afectan a la mayor parte de sus poblaciones, incluso a las grandes capitales. En la actualidad, casi seis millones de los 12 millones de habitantes de Ruanda carecen de acceso a agua potable.

Es una situación contradictoria que Ruanda debe superar. Amazi, el corto de Njata, muestra lo que es una realidad cotidiana: los cortes de suministro obligan a la población a abastecerse de bidones con los que acarrear agua desde las fuentes cercanas, labor que mayoritariamente realizan las mujeres. Con unos ingresos medios familiares, que en las zonas rurales apenas alcanzan los 200 dólares mensuales, muchas familias se han visto obligadas a comprar un bidón de 20 litros por cada miembro, que se venden a un precio de unos 40 céntimos de dólar, para cubrir sus necesidades higiénicas y alimentarias.

La celebración por la consecución de agua, que muestra el corto de ficción de Njata, refleja una actitud que permite a los ruandeses ser resilientes y afrontar el futuro con esperanza. El Gobierno, con la ayuda de varias ONGs, se ha propuesto que, en 2022, el agua llegue a todos los rincones del país. Entonces Ruanda podrá despegar definitivamente de la pobreza.