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Ciudades: y de repente, el contagio

La situación de emergencia sanitaria plantea nuevos desafíos a la planificación urbana. Los criterios de sostenibilidad se amplían con los de salud, y el concepto de ciudad saludable cambia radicalmente si no se tiene en cuenta la pobreza extrema. La concienciación de que la salud individual es sinónimo de colectiva es una de las enseñanzas de la covid-19 que no debemos desaprovechar.

Parafraseando a Mario Benedetti, cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, la pandemia del coronavirus nos ha cambiado, de golpe, todas las preguntas. Esto queda especialmente de manifiesto en el campo de la arquitectura y el urbanismo. Ya no se trata sólo de optimizar recursos, reducir la contaminación y acabar con la pobreza de los tugurios; es preciso también responder ahora a una amenaza que creíamos anacrónica: el contagio.

El contagio masivo es inherente a una característica esencial de las ciudades: la densidad. La aglomeración en el espacio es la razón de ser de las urbes; es la que genera su riqueza económica y cultural. La proximidad entre individuos, la mal llamada en esta crisis “distancia social”, ya sea para habitar, trabajar o relacionarse, es una característica inherente a los sistemas de producción de bienes y servicios, sobre todo después de la Revolución Industrial. La densidad demográfica y el contagio son ahora factores prioritarios en las estrategias de lucha contra la covid-19 y cobra especial relevancia, ante los informes, refrendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS), que advierten de que las pandemias serán un factor inevitable en el futuro de la humanidad si ésta no crece de forma equilibrada con el entorno.

La crisis sanitaria irrumpe en un momento en el que arquitectos y urbanistas están inmersos en un profundo debate sobre como avanzar de forma eficiente hacia la sostenibilidad. El cuestionamiento del modelo urbano no es nuevo, es inherente a las ciudades desde que nacieron hace unos 8.500 años. Sin embargo, durante las últimas décadas, la explosión demográfica, los fenómenos migratorios y el cambio climático han planteado enormes retos, como el acceso universal a los recursos hídricos y energéticos, y especialmente al saneamiento, el factor más estrechamente relacionado con la salud humana y medioambiental.

La gobernanza, las decisiones económicas, los movimientos culturales, la formación de empresas… todo se gesta y desarrolla principalmente en las ciudades. Las pandemias también. En el siglo XIV, la peste negra que asoló Eurasia llevándose la vida de 25 millones de personas, se propagó principalmente en las ciudades, donde la proximidad física entre sus habitantes, la precaria higiene de la época, la falta casi absoluta de saneamiento y, por supuesto, la ausencia de conocimientos médicos provocó la tragedia.

En el siglo XVI, en el actual México, ocurrió con la viruela, una enfermedad desconocida entre los aztecas, que fue introducida por los españoles. Cuando uno de los soldados invasores enfermó, fue trasladado a un hogar de nativos en la ciudad de Cempoallan. Al poco tiempo los miembros de la familia enfermaron, y en diez días la ciudad perdió a la mayoría de sus habitantes. La viruela se propagó a otras ciudades y causó una terrible mortandad, lo que fue un factor decisivo en la derrota azteca frente a los conquistadores.

 

Datos para diseñar la nueva “normalidad”

La covid-19 añade con urgencia el concepto de “ciudad saludable” a los planes urbanísticos de la “ciudad sostenible”. La salud es un derecho ya existente en todas las hipótesis de sostenibilidad, pero la nueva pandemia introduce nuevos factores que no se tenían en cuenta. Las ciudades no sólo deben ser equilibradas, con capacidad para suministrar condiciones de vida dignas a sus habitantes sin deteriorar el medio ambiente, sino que además ahora deben garantizar resistencia frente al contagio y capacidad de reacción sanitaria ante una pandemia. La arquitectura y el urbanismo juegan un papel decisivo en la definición de la “nueva normalidad” a la que deberemos retornar según la insistencia de políticos y medios de comunicación.

Además de la salubridad, la pandemia ha incidido de lleno en otro factor que afecta tradicionalmente a los planteamientos de sostenibilidad de esta “nueva normalidad”: la movilidad urbana, los desplazamientos hogar-trabajo, y las interacciones entre la ciudad y las zonas rurales, ya sea por necesidad, trabajo u ocio.

La pandemia ha añadido nuevos factores a estos movimientos humanos. El miedo al contagio y a la pobreza son dos de ellos. Se calcula que fueron unos 20.000 los milaneses que hace dos semanas huyeron atemorizados de la ciudad cuando se anunció el decreto que iba a confinarlos. Algo parecido ocurrió en Madrid, Barcelona, París y Nueva York: miles de ciudadanos se trasladaron a segundas residencias, incrementando así las posibilidades de contagio. Sin embargo, entre los que se quedaron súbitamente sin trabajo debido al confinamiento, en las inmensas urbes rodeadas de tugurios de India, y otros países, el impulso de migrar a las zonas rurales no era tanto por evitar la infección, como por una mera supervivencia alimentaria. 

 

Un planeta cada vez más urbano

Tenemos que apresurarnos a diseñar nuevos modelos urbanísticos pues, según previsiones del Banco Mundial, en 2050, por lo menos dos de cada tres personas vivirán en ciudades, y estas serán cada vez mayores. Las últimas proyecciones apuntan a que, para fin de siglo, habitarán la Tierra 11.200 millones de seres humanos, de los que entre el 85 y el 90% vivirá en las ciudades, por lo que a efectos prácticos la humanidad se habrá convertido en una especie urbana.

Las ciudades son el centro del mundo, para bien y para mal, y lo serán cada vez con mayor fuerza, especialmente en Asia y África, continentes que a mediados de este siglo, habrán acaparado 86 de las 100 mayores ciudades del mundo, quedando en Europa y América sólo 14.

Los problemas actuales de de este planeta urbano ya son graves. Según la OMS, en 2015 sólo el 79 % de los habitantes de las ciudades del mundo (unos 3.160 millones) tenía acceso directo a agua potable en sus edificios. La peor parte se la llevan las ciudades del área subsahariana donde el 2 % de sus ciudadanos se provee de aguas superficiales de su entorno, es decir, la de ríos y lagos sin las mínimas garantías de salubridad.

En cuanto al saneamiento la situación es similar, ya que sólo el 82 % de la población urbana disponía del saneamiento adecuado en sus hogares. Del 18% restante, el 10% (400 millones) sólo podía acceder a instalaciones compartidas con sus vecinos, el 6% (240 millones) no tenía acceso a instalaciones adecuadas y un 2% (80 millones) practicaba la defecación al aire libre en calles y descampados.

 

¿Qué ciudades? ¿Qué ciudadanos?

Como es habitual, el mismo factor adquiere significados y tiene consecuencias muy distintas en función de la ciudad y el barrio en el que estemos. Si asociamos la prevención de contagio a cierto tipo de control de la proximidad física es evidente la asimetría existente en el mundo en cuanto a viviendas, infraestructuras de servicios y espacios públicos. Las posibilidades de mantener ese “distanciamiento social” son diametralmente opuestas entre una familia que viva en cualquier barrio residencial de una ciudad europea, y otra que lo haga en una chabola en el pútrido barriode pescadores de Makoko, o en los míseros tugurios de las colinas de Freetown. El concepto de ciudad saludable cambia radicalmente desde cualquier enfoque si no se tiene en cuenta la pobreza extrema.

Estudios realizados sobre la expansión de la covid-19 muestran también la importancia del nivel de bienestar económico como factor diferencial. Estudios realizados en las dos ciudades más importantes de España, Madrid y Barcelona, ambas entre los epicentros europeos de la pandemia, muestran una incidencia de la enfermedad menor en los barrios más ricos. La Agencia de Salud Pública de Barcelona (ASPB) ha detectado un 26 % menos de infecciones en las zonas más acomodadas que en las de renta más baja. En Madrid, un estudio de su Universidad Politécnica señala también diferencias destacables entre las zonas metropolitanas en función de la riqueza.

 

Un reto a la ciudad inteligente

No es nada nuevo, pero este desequilibrio puede empeorar si la amenaza de nuevas pandemias se hace realidad. En los países industrializados, garantizada la seguridad del ciclo integral del agua y la eficiencia del saneamiento, factores clave en el control de cualquier crisis sanitaria, se han desarrollado herramientas basadas en las tecnologías móviles y el big data que, combinados con algoritmos cada vez de mayor capacidad de análisis, prometen un alto nivel de eficiencia en el control de las pandemias. Las smart cities, las ciudades inteligentes que se están diseñando, serán el eje de estos desarrollos, por lo que evitar la brecha digital por falta de inversiones se hace aún más perentorio. La fe en el dios de la tecnología no anticipa soluciones sino que va siempre a la zaga de los problemas y los primeros en beneficiarse son siempre los que tienen capacidad económica para adquirirla.

La pandemia actual representa una nueva oportunidad para repensar la manera en que coexistimos en los entornos urbanos. Las personas, que son el alma y la razón de ser de los edificios y de las infraestructuras y espacios públicos, determinan la eficiencia final de cualquier planificación urbana o innovación tecnológica. La sociología moderna califica a los habitantes de las ciudades como más egocéntricos que los de las zonas rurales. Éstos y los que los gobiernan tienen ahora un nuevo compromiso con el que antes no contaban. El éxito o el fracaso de la reacción ante la pandemia, dependerá de nuestra capacidad de avanzar hacia la comprensión y concienciación de que la salud individual es la colectiva, y de que ésta es a su vez planetaria.