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children in burkina faso

Desnutrición infantil, el insoportable reverso de la pandemia

La covid -19 ha hecho saltar por los aires todos los programas de lucha contra la desnutrición infantil en el mundo. La situación de extrema vulnerabilidad en la que han quedado millones de niños de las regiones más pobres es una emergencia colateral a la del virus que ya se ha convertido en una terrible crisis humanitaria. La dificultad de acceso al agua segura, higiene y saneamiento siempre acompaña a la infancia abandonada y desnutrida. La reacción internacional ya ha comenzado y los proyectos de ayuda se multiplican. Entre todos lo tenemos que lograr.

Malí es un ejemplo. La covid-19 ha estallado en el país africano cuando éste se debatía en una enconada lucha contra la desnutrición. Ya unos meses antes de la pandemia, la situación alimentaria de la población era crítica; según las previsiones de Unicef, un 10% de los malienses sufría desnutrición aguda y 160.000 niños estaban en riesgo de sufrirla.

La ONG Acción contra el Hambre había logrado un éxito importante: trasladar a los agentes de salud comunitarios el tratamiento contra este mal endémico en las zonas más pobres del país asoladas por las sequías y la falta de acceso seguro al agua y al saneamiento. Hasta entonces los pequeños desnutridos eran tratados por el poco eficaz sistema sanitario maliense, lo que implicaba que sus madres debían desplazarse a los centros de salud perdiendo horas de trabajo con caminatas poco saludables para los niños afectados.

El éxito del nuevo método se basa en la distribución entre los responsables de cada comunidad de bolsitas de Plumpy’Nut, un alimento terapéutico a base de pasta de cacahuete mezclada con vitaminas y otros micronutrientes. El año pasado este alimento fue incluido por el Gobierno del país en su Lista de Medicamentos Esenciales.

 

La cruel consecuencia del confinamiento

La pandemia ha dificultado mucho el trabajo de estos responsables sanitarios comunitarios, que dependen de las capacitaciones grupales, de las visitas a domicilio y de las interacciones personales. Debido a la falta de equipos de protección personal y el temor al contagio, la labor de estos trabajadores ambulantes se ha visto truncada, y las familias más pobres corren el riesgo de quedarse sin el Plumpy’Nut y sin la esencial educación en comportamientos saludables para prevenir las enfermedades endémicas, incluyendo ahora la covid-19.

Malí posee 15,83 millones de habitantes, de los cuales más de la mitad viven por debajo del umbral de la pobreza, según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). En respuesta a la emergencia sanitaria, la Fundación We Are Water va a colaborar con Acción contra el Hambre en un proyecto de ayuda en la región de Kayes, un enclave geográfico que es uno de los focos migratorios malienses más importantes, paradójicamente pese a poseer importantes minas de oro. En el borde sur del Sahel, Kayes sintetiza los problemas a que se enfrenta Malí y buena parte de los países del “cinturón del hambre” africano: altos índices de violencia, sequías y muy pocos recursos sanitarios.

El bloqueo de la ayuda y el abandono debido al confinamiento agravan la precaria situación de los centros de salud para hacer frente a la pandemia. La mayoría de hogares no disponen de suministro de agua ni de jabón y carecen de educación higiénica para luchar contra el contagio. El proyecto se centra en facilitar el acceso al lavado de manos y en ayudar a coordinar los planes de acción gubernamentales y otras intervenciones humanitarias que se ven desbordadas. Es una situación en la que se encuentran la mayor parte de los países más pobres y que puede desencadenar una catástrofe humanitaria mayor que los efectos directos de la pandemia.

 

La insoportable desnutrición infantil

Según UNICEF, la desnutrición es la causa de la mitad de las muertes de niños menores de cinco años. Antes de la pandemia, 8.000 niños morían diariamente en el mundo por esta causa, entendida como una combinación de falta de alimentos y enfermedades infecciosas. Ante cualquier enfermedad, un niño en estado de desnutrición aguda incrementa nueve veces sus probabilidades de morir respecto a los pequeños bien nutridos. Y enfermedades no faltan en las regiones con población desnutrida. La falta de acceso al agua potable y al saneamiento son males que acompañan casi siempre a la inseguridad alimentaria y son la causa de diarrea, cólera, fiebre tifoidea, poliomielitis, meningitis, hepatitis y esquistosomiasis, por citar las enfermedades más conocidas.

Esta última década se han hecho notables progresos en la lucha contra la mortalidad infantil; sin embargo, la desnutrición aguda grave sigue poniendo en peligro la vida de 17 millones de niños en el mundo. En 2019, antes de que estallara la actual pandemia, el Programa Mundial de Alimentos ya preveía que 2020 iba a ser un año de graves crisis alimentarias en muchos lugares del mundo. Ahora, con el coronavirus el riesgo ha aumentado y adquiere visos dramáticos.

 

Sin escuela no hay comida

El cierre de escuelas por el confinamiento es uno de los factores desencadenantes de la hambruna infantil. Para muchos niños la escuela es más que un lugar donde aprender; es la manera de contar con cierta seguridad física, beneficiarse de servicios sanitarios, practicar la higiene y utilizar instalaciones de saneamiento inexistentes en sus hogares.Pero la escuela es para muchos, sobre todo, nutrición: muchos pequeños ingieren allí su única comida diaria.

Unicef estima que 370 millones de niños están en riesgo de desnutrición por el cierre de escuelas a causa de la pandemia. Estas comidas son especialmente importantes para las niñas, ya que éste es, en muchos casos, un incentivo suficiente para que sus padres, que no pueden alimentarlas, las envíen a la escuela, librándolas de cargas domésticas y del matrimonio temprano.

 

Los niños de la calle sin sustento

UNICEF y las ONG que trabajan con la infancia también advierten que la pandemia amenaza con una crisis humanitaria sin precedentes para los menores que se dedican a la mendicidad y a la recolección de basuras. Con el confinamiento en las ciudades no hay limosnas ni venta ambulante, y muchos han perdido la precaria ayuda gubernamental o no gubernamental que recibían a causa de que no están censados ,y ni sus familias que los han enviado a mendigar conocen su paradero. Se calcula que son más de 150 millones los menores en el mundo que no tienen hogar y que habitan en los mercados donde trapichean, o en chabolas improvisadas en tugurios. Su exposición y vulnerabilidad a la desnutrición se ha multiplicado y viven en condiciones totalmente insalubres, padecen de sarna y otras enfermedades y no tienen acceso a agua potable ni a un saneamiento seguro.

Las noticias de esta dramática situación infantil se han multiplicado con la pandemia. En Senegal, 50.000 niños mendigos de las escuelas coránicas se han quedado en la calle. En Ghana se teme por la suerte de unos 100.000 pequeños sin hogar. En Nigeria, donde el año pasado había unos 10,5 millones de niños sin escolarizar y más 360.000 estaban en riesgo de sufrir desnutrición aguda, preocupa seriamente el destino de los vendedores ambulantes de agua, fruta, dulces y baratijas que proliferan por las ciudades del país y que se han quedado sin sustento para ellos y para sus familias. La Unión Africana lo califica como el “sector informal”, que está también muy extendido en países como Sudáfrica, Ruanda o Zimbabue.

La OMS y el Programa Mundial de Alimentos advierten que el pasado junio la desnutrición había aumentado notablemente en Yemen, la República Democrática del Congo y Afganistán, países que alcanzan un tercio del total de personas en situación de hambre extrema, con Venezuela como el cuarto país del mundo más afectado por la crisis alimentaria.

En India el abandono en el que viven algunas comunidades se agrava con la pandemia. Un ejemplo es la situación de grupos tribales primitivos, como los chenchus del área de Dornala en Andhra Pradesh, que viven desde hace décadas con un alto riesgo de desnutrición, falta de acceso al agua y malas condiciones sanitarias, y que motivaron uno de los proyectos de ayuda de la Fundación en colaboración con la Fundación Vicente Ferrer. Allí, la falta de información sobre la pandemia está perjudicando principalmente a las mujeres que tienen que ir a por agua y que se han visto rechazadas por miedo al contagio.

Las noticias del desamparo infantil en los países pobres han saltado a los medios de comunicación internacionales, aunque no con la debida notoriedad. El mundo se enfrenta a un desastre humanitario que precisa la concienciación de todos y la inmediata presión a la clase política y empresarial para una acción inmediata. Esta reacción ya ha empezado y se desarrolla con urgencia. Proyectos de colaboración como los que ha programado la Fundación We Are Water abren una puerta de esperanza que entre todos debemos agrandar.