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El polvo del desierto alimenta la selva

182.000 millones de toneladas de polvo sahariano cruzan cada año el Atlántico impulsadas por los vientos alisios. Se depositan en las selvas americanas aportando nutrientes que han sido fundamentales en su formación y mantenimiento. El polvo en suspensión es decisivo en la evolución del manto vegetal de la Tierra, y un factor de creciente importancia en el estudio del cambio climático.

Los grandes desiertos condicionan en gran medida las características climáticas los territorios cercanos. Aparte de las advecciones (transporte por el aire) de calor y sequedad, el desierto aporta polvo en suspensión proveniente de su superficie. Recientes estudios científicos destacan la importancia de estas partículas en la atmósfera para estudiar el equilibrio medioambiental y prever la evolución del cambio climático. 

La suspensión de partículas sólidas no acuosas en la atmósfera o arrancadas del suelo por el viento es un fenómeno catalogado en meteorología como un “litometeoro”. Además del polvo en suspensión - que en algunas zonas como las Islas Canarias, muy expuestas al fenómeno, se denomina “calima”, son litometeoros muy conocidos el smog (hollín y polvo urbano en suspensión) y las tormentas de arena provenientes del desierto.

El polvo del desierto en suspensión muchas veces no se aprecia a simple vista, ya que las partículas son unas 100 veces más pequeñas que el grosor de un cabello, pero generalmente es muy visible cuando se acumula por el color anaranjado o cobrizo del cielo, o porque reduce notablemente la visibilidad.

A nivel satelital se ha avanzado mucho en la detección del polvo en suspensión y son muchos los servicios de meteorología que incorporan esta información en sus sitios web (en este enlace podéis ver uno de ellos, obtenido mediante el satélite europeo Copernicus).

 

Tormentas de arena, los litometeoros más visibles

Es preciso distinguir las advecciones de polvo en suspensión de las tormentas de arena, como las que se generan súbitamente en el Sáhara, el desierto de Gobi o en los desiertos árabes y australianos. La tormenta más famosa es el simún, un temporal de viento recalentado que arrastra la arena de los países del Sahara oriental, Palestina, Siria, Jordania y de la península arábiga. En estos episodios la temperatura se sitúa normalmente por encima de los 52 ºC con una humedad bajísima, por debajo del 10 %.

Estas tormentas, que están catalogadas como fenómenos violentos, no causan excesivos daños en el desierto y entre una población avezada en ellos, pero son nefastas cuando alcanzan zonas semiáridas cultivadas, como ocurre en  Madagascar con las irrupciones del temido viento rojo” - el tiomena - que azota los cultivos y los pastos del sur.

 

De la “lluvia de sangre” al óxido de hierro

El transporte de polvo en suspensión es un fenómeno tradicional en muchas zonas de la Tierra, aunque ahora, algunos estudios sugieren que con el cambio climático se están incrementando. Además de la mencionada calima canaria, en India son periódicas las que provoca el desierto de Rajasthan; en China, las que provienen del desierto de Gobi; en Japón, el polvo que se genera en Siberia recibe el nombre de kosa; y en Europa, especialmente en el sur, son habituales las advecciones de polvo sahariano.

Cuando esta masa de aire cargada de polvo coincide con un episodio de lluvias, las partículas sólidas se incorporan a las gotas de agua y se producen las llamadas lluvias de barro o fango. En la antigüedad se las solía llamar “lluvias de sangre” y algunas culturas se las asociaba a funestas predicciones de guerras, pandemias o desastres naturales. Con la llegada de la ciencia química se descubrió que los tonos rojos de la lluvia se debían a altas concentraciones de partículas de óxido de hierro y que en función de la disminución de su presencia se volvían más amarillentos.

En la actualidad, las lluvias de fango son una molestia doméstica para los países industrializados: ensucian la ropa, los automóviles y el mobiliario urbano, además de causar problemas respiratorios a algunas personas, y por ello son impopulares. Pero recientemente varios estudios satelitales han señalado que estas masas de polvo que mueve la circulación general atmosférica han jugado un papel determinante en la distribución de nutrientes que son esenciales para el desarrollo de la vegetación en la Tierra.

 

Un viaje fascinante a través del Atlántico

Han sido definitivos los datos recogidos por la NASA mediante su satélite CALIPSO (Cloud-Aerosol Lidar and Infrared Pathfinder Satellite Observations) dedicado a realizar observaciones de alta resolución de los aerosoles (partículas suspendidas) de la atmósfera superior mediante un telescopio equipado con emisor láser (Lidar) y un radiómetro infrarrojo. Su principal objetivo es proporcionar una nueva visión sobre el papel estas partículas juegan en el clima de la Tierra y la calidad del aire. CALIPSO fue lanzado el 28 de abril del 2006 y ha estado enviando datos hasta 2013. La NASA combina estos datos con los obtenidos por otros satélites mediante el modelo Goddard Earth Observing System (GEOS) que va arrojando información de extraordinario valor para los científicos.

Aunque las advecciones de polvo por el aire eran fenómenos ya conocidos desde hacía décadas, los resultados del análisis de los datos del CALIPSO han sorprendido por la cuantía del transporte. Se estima que, cada año, nada menos que unas 182.000 millones toneladas de polvo del Sahara cruzan el océano Atlántico impulsadas por los vientos alisios hasta Centroamérica y Sudamérica. De esta cantidad, un promedio de 27,7 millones de toneladas lo hacen sobre la cuenca del Amazonas.

El viaje” es considerable. Desde la costa del Sahara Occidental hay unos 7.500 km hasta Costa Rica y de unos 4.500 y 7.000 hasta la Amazonía. Allí el polvo es arrastrado por la lluvia o simplemente se deposita en la tierra, el agua dulce y el mar que reciben un importe aporte de minerales y nitrógeno, que actúan como fertilizantes naturales. En el caso de la selva amazónica, estudios de la Universidad de Maryland estiman que de los 27,7 millones de toneladas de polvo depositado, el 0,08 % corresponde al fósforo, un importante fertilizante, lo que equivale a 22.000 toneladas. Se calcula que esta cantidad de fósforo es aproximadamente la misma que la selva amazónica pierde por las inundaciones cada año.

 

Un factor de estudio para la salud, el clima y el mar

Pero no todo son beneficios. Aparte de ensuciar, el polvo en suspensión muchas veces transporta contaminantes y microorganismos que pueden provocar alergias y crisis asmáticas en muchas personas, sobre todo en aquellas que ya sufrían problemas respiratorios crónicos. En EEUU, la Agencia de Protección Ambiental hace un seguimiento en tierra del contenido de polvo en el aire, pero muchos países del Caribe y Sudamérica no disponen de recursos para ello.

Pese a que la fertilización que causa el polvo también ha favorecido la vida marina, el transporte de contaminantes también preocupa a los oceanógrafos. En la actualidad se estudian los posibles efectos de hongos en los corales, y de minerales como el cobre, que es tóxico para algunas bacterias que conforman la base de la pirámide ecológica marina.

Por otro lado, los meteorólogos están estudiando la influencia del polvo en suspensión en el desarrollo de huracanes, ya que las partículas sólidas absorben parte de la energía solar y ésta calienta menos el océano afectando a la evaporación. También interesa su relación con la formación de nubes de tormenta y la descarga de granizo más grande y más destructivo.

Todavía sabemos muy poco sobre el polvo de los desiertos de la Tierra. En los próximos años esperamos avances sustanciales que los científicos creen que aportarán importantes conocimientos para afrontar la actual crisis climática y medioambiental. El polvo del desierto también cuenta en la ecuación de la sostenibilidad.