Huella hídrica: el comercio invisible del agua

©Cayetano

La mayor parte del agua que consumimos no está en la factura, está oculta en cada objeto o alimento, en nuestros viajes y en nuestro trabajo. No es la que sale por la ducha, por el grifo del baño o la cocina, es la que se usa en la cadena de suministro de bienes y servicios. La huella hídrica nos proporciona esta información y nos indica que comerciamos con agua sin apenas saberlo. Contribuimos así a “trasvasar” millones de litros entre países y continentes. Es un factor decisivo en la ecuación de la sostenibilidad del planeta.

Imagen We Are Water

©World Bank
El agua de riego está registrada en la “huella hídrica azul”: como la del agua superficial y subterránea, como los ríos, lagos, embalses o acuíferos.

Es fácil imaginar que los productos agrícolas han consumido agua: la de la lluvia y humedad de la atmósfera, la del riego y la del subsuelo. Pero nos es más difícil imaginar que este gasto depende de dónde, cuándo y cómo se realizan los cultivos, y de quién compra y consume los productos. Es lo que nos desvela el estudio de la “huella hídrica”: todo proceso de producción o servicio prestado implica el gasto del agua, un factor casi desconocido hace algo más de una década y que proporciona una herramienta imprescindible para la evolución sostenible de la humanidad.

El concepto de la huella hídrica fue creado en 2002 por el holandés Arjen Ysbert Hoekstra, profesor de la Universidad de Twente. Por entonces, ecólogos, ambientalistas y geógrafos venían utilizando para sus cálculos el concepto del “agua virtual”, desarrollado en 1993 por el geógrafo británico, John Anthony Allan, tras estudiar la escasez de agua en Oriente Medio. Allen definió el agua virtual como el volumen total de agua utilizada de forma directa e indirecta para elaborar un determinado producto.

Hoekstra dio un paso más y con la huella hídrica consideró el cálculo de toda el agua utilizada en la cadena de suministro de un producto; esto incluye no sólo el agua incorporada al producto en sí mismo, sino la que se ha contaminado, la devuelta a otra cuenca o al mar e incluso la evaporada en todos los procesos. De este modo, la huella hídrica vincula tanto a los consumidores finales, como a las empresas productoras y los comerciantes.

El equipo de Hoekstra estableció que cada persona tenía una huella hídrica anual de 1.385 metros cúbicos, es decir, el volumen de media piscina olímpica cada uno, lo que equivale en nuestros días a una huella hídrica global de 7,45 billones de metros cúbicos anuales. Es el volumen de agua dulce que usa la humanidad para vivir.

Una nueva clasificación del agua dulce

Uno de los aportes más beneficiosos de la huella hídrica es la forma de calcularla, ya que permite una nueva visión de la distribución de los recursos hídricos en el mundo. Primero es preciso una clasificación del agua usada. Hoekstra definió la “huella hídrica verde” o “agua verde” como el volumen de agua proveniente de la lluvia, la que ha estado almacenada en el suelo como humedad y que se ha evaporado durante la producción; la “huella hídrica azul” como la del agua superficial y subterránea, como los ríos, lagos, embalses o acuíferos; y la “huella hídrica gris” como el volumen de agua contaminada en el proceso productivo. Ni una gota se escapa a este cálculo concienzudo que evoluciona día a día y que podéis ver representado en los mapas de debajo por países:

Imagen We Are Water

Huella hídrica azul, verde y gris, y nacional per capita. ©By Sampa [CC BY-SA 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0)], Data: Arjen Y. Hoekstra1 and Mesfin M. Mekonnen, Department of Water Engineering and Management, University of Twente (2012)

Esta nueva forma de ver las cosas se mostró con claridad en 2008, cuando el World Wildlife Fund: WWF publicó en la World Water Week de 2008 en Estocolmo, un estudio del consumo del agua en el Reino Unido basado en la huella hídrica. Sus conclusiones señalaron que, mientras el consumo medio de los británicos (su factura del agua) era de 150 litros diarios por persona, el consumo “real” era de 4.645 litros, más de 30 veces superior; dicho de otro modo, los bienes y servicios consumidos por los británicos requerían indirectamente muchísima más agua que la que utilizaban directamente en sus domicilios o empresas.

Este enfoque ha creado un cambio de paradigma en la gestión de los recursos hídricos y de la sostenibilidad general del planeta. Es otra forma de entender el “consumo de agua” que deja clara la diferencia entre el uso directo, que es el que queda reflejado en la factura de los domicilios y empresas, y el indirecto que es el que está contenido en todos los productos y servicios que consumimos, y que es enormemente mayor.

La distribución de la huella hídrica varía mucho según los países y nos proporciona una excelente base de datos de partida para mapear el comercio oculto del agua. Entre los países “importadores de agua”, como Reino Unido, destacan Alemania, con el 69 % de su huella hídrica de proveniencia externa, y Japón, uno de los que más, con el 77 %. Entre los países que menos agua importan se encuentran India y Congo, con el 3 %. Algunos países mediterráneos, tienen proporciones más equilibradas: España tiene el 43 % de huella hídrica externa, Francia, el 47 % y Grecia el 46 %. Podéis navegar por la huella hídrica mundial en el mapa interactivo de la Water Footprint Network.

Imagen We Are Water

©François Bianco
Para producir 1 kilo de café torrefacto se emplean unos 18.900 litros de agua, por lo que cada taza de café tiene una huella hídrica de unos 130 litros.

La agricultura, la mayor huella hídrica

Como que la agricultura es el sector que más agua consume (entre el 70 y el 90 %, dependiendo del país), los alimentos y productos de origen vegetal, como los textiles, son los que mayor huella hídrica presentan. Casi el 92% de la huella hídrica planetaria pertenece a la producción de alimentos. Entre ellos, el café y la carne de bovino son los que más agua consumen. Según datos de la Red de la Huella Hídrica (la Water Footprint Network), para producir 1 kilo de café torrefacto se emplean unos 18.900 litros de agua, por lo que cada taza de café tiene una huella hídrica de unos 130 litros; es decir, al beber una taza de café, estamos en realidad “bebiendo” 130 litros más. Una cantidad de agua similar es la que está implícita en una manzana de 160 gramos o en un plátano de 150 gramos.

Un filete de ternera de 100 gramos “contiene” 1.500 litros de agua, pues hay que tener en cuenta que, tras los tres años de promedio en todo el mundo que han sido necesarios para que el animal crezca y pueda producir 200 kg de carne deshuesada, han sido precisos más de tres millones de litros de agua: hay que contabilizar la que ha bebido, el forraje que ha comido y los servicios que ha necesitado (transporte, veterinaria, etc.) en su vida. Para el cálculo de la huella hídrica de los alimentos, la Fundación We Are Water lanzó la aplicación para móviles We Eat Water, que es muy útil al incorporar también muchas recetas culinarias de todo el mundo.

La concienciación sobre la huella hídrica de los alimentos ha llegado también a la alta cocina. En este vídeo, Josep Roca, del Celler de Can Roca, en una entrevista de la Fundación We Are Water, lo expone con claridad:

Vídeo

El algodón, el gran protagonista

Pero no sólo lo que comemos tiene una alta huella hídrica, los tejidos con los que nos vestimos a veces la superan. 16.600 litros de agua son la huella hídrica de un par de zapatos de cuero, pero lo que más contribuye a disparar el gasto de agua son las prendas de algodón.

Imagen We Are Water

© Mike Beauregard
Para producir todo el algodón que se fabrica en el mundo cada año hacen falta 222 mil millones de metros cúbicos.

Imagen We Are Water

©Marco Verch
Para fabricar unos vaqueros el agua requerida pude llegar a 10.000 litros.

Para producir todo el algodón que se fabrica en el mundo cada año hacen falta 222 mil millones de metros cúbicos; esto equivale al 3,5% del consumo mundial de agua para la agricultura. Esto es debido a que cada kilogramo de tejido de algodón requiere por término medio 10.000 litros de agua. Por lo que para fabricar una camiseta de 250 gramos hacen falta unos 2.500 litros de agua; en el caso de unos vaqueros el agua requerida pude llegar a 10.000 litros.

La Red de la Huella Hídrica señala que el 45% proviene del agua de riego (huella hídrica azul) y el 41% es agua de lluvia (huella hídrica verde) consumida o evaporada por la planta de algodón durante el periodo de cultivo. El 14% restante es agua en la que se disuelven los fertilizantes y los productos químicos industriales (huella hídrica gris).

En este sentido, la fabricación de prendas de algodón ilustra de forma muy clara el concepto de huella hídrica gris, que es el que más negativamente incide a nivel medioambiental. En la fase de cultivo, los pesticidas, insecticidas y fertilizantes son los primeros contaminantes; en el transporte también se contamina, aunque preferentemente a nivel de gases atmosféricos; en la fase de fabricación de los tejidos se contamina con tintes y otros productos químicos; y finalmente el producto acabado se vuelve a transportar. El cálculo de la huella hídrica sigue todo este proceso y concluye que la industria del algodón contamina 50 mil millones de metros cúbicos de agua cada año.

Un ejemplo de los efectos devastadores del cultivo descontrolado del algodón es la desecación y contaminación del mar de Aral, plasmadas en el documental Aral, el mar perdido que la cineasta Isabel Coixet realizó para la Fundación We Are Water. Lo ocurrido allí justifica la preocupación mundial que causa la proliferación de cultivos agrícolas intensivos en zonas de alto estrés hídrico.

El gran comercio oculto del agua

Las cifras anteriores son promedios globales que pueden variar mucho según el clima, el régimen de lluvias o la tecnología disponible, entre otros factores. Se requieren estudios específicos para conocer con exactitud la huella hídrica de cada producto. No será igual la huella hídrica del algodón cultivado en Egipto, que la del cultivado en EEUU; ni la de las hortalizas cultivadas de forma orgánica que las cultivadas con fertilizantes, por ejemplo. Volviendo al caso del algodón, según la Red de la Huella Hídrica, los tejidos provenientes de EEUU implican 8.100 litros por cada kilogramo, mientras que los de India 22.500 y los Uzbekistán 9.200.

Imagen We Are Water

©Marco Verch
No será igual la huella hídrica de las hortalizas cultivadas de forma orgánica que las cultivadas con fertilizantes.

Así pues, el cálculo de la huella hídrica nos indica también que el gasto de agua depende del país en el que se producen los bienes y, por consiguiente de la balanza comercial (importaciones y exportaciones) internacional.

En este sentido, el estudio presentado por la WWF en Estocolmo mostraba otro dato significativo y sorprendente: sólo un 38 % del volumen de agua de la huella hídrica de Reino Unido era “agua británica”, el resto provenía de países extranjeros. El informe identificaba que buena parte de esta agua provenía de la agricultura de países con notable estrés hídrico, como España, Marruecos, Egipto, Sudáfrica, Israel, Pakistán y Uzbekistán, que pese a disponer de poca agua, actúan así como “exportadores” de ella. La huella hídrica desveló así el “trasvase oculto de agua” entre países, un factor que en poco tiempo se ha convertido en fundamental para analizar el equilibrio económico y la sostenibilidad medioambiental.

La huella hídrica proporciona de este modo información sobre los flujos comerciales en términos de agua. Según Hoekstra, el 16% del agua consumida en el mundo viaja de forma virtual de unos países a otros a través de los productos. Por consiguiente, en cada país se puede considerar dos tipos de huella hídrica: la interna y la externa. La huella hídrica interna es la que contabiliza el uso interno de agua para producir los bienes y servicios consumidos por sus habitantes; la huella hídrica externa contabiliza el agua de bienes y servicios importados, es decir, el agua utilizada por otros países para producirlos.

Imagen We Are Water

Balance del comercio “invisible” de agua entre países y principales flujos de actividad, en el periodo entre 1996 y 2005. (Sólo se muestran los flujos superiores a 15 Gm3 por año) © Arjen Y. Hoekstra and Mesfin M. Mekonnen Department of Water Engineering and Management, University of Twente.

Herramientas para la sostenibilidad planetaria

La transferencia de agua a largas distancias es un indicador que se presenta como una alternativa muy útil para mejorar la eficiencia en la gestión delos recursos hídricos a escala global. Algunos países pueden preservar sus recursos hídricos internos “ahorrando agua” al importar productos con mucha agua virtual en lugar de producirlos en su territorio, lo que supondría un incremento de su estrés hídrico. Sin embargo, aún falta desarrollar más el cálculo de la huella hídrica para que esta transferencia de agua oculta no sea contraproducente para los países con escasos recursos hídricos y para el medio ambiente, pues hay que tener en cuenta la contaminación de los transportes y evitar el uso abusivo de otros recursos que perjudicarían la eficacia del ahorro de agua.

La huella hídrica aún no se ha implementado plenamente entre gobiernos y empresas y deberá hacerlo como herramienta necesaria para el desarrollo de la economía circular. En 2016 se aprobó la norma ISO 14046, pero como señaló el propio Hoekstra en una entrevista en iAgua, esta no prescribe ningún método concreto para evaluar la huella hídrica que pueda ser útil a empresas y gobiernos, y es preciso que todas las organizaciones declaren objetivos concretos de reducción de la huella hídrica para su cadena de suministro en las zonas más necesitadas y ejecuten planes de actuación para lograr estos objetivos.

Lo que pone en evidencia la huella hídrica es que los problemas hídricos del planeta no se van a generar en el futuro por la falta de volumen de agua, sino por su falta de regulación. Lograr que esta sea eficiente y justa es un reto que nos afecta a todos. No sólo las empresas y gobiernos deben adoptar las prácticas adecuadas a lo largo de la cadena de suministro, sino que cada uno de nosotros podemos reducir costes innecesarios de agua siendo conscientes de nuestros hábitos de consumo, ver cuáles aumentan la huella hídrica y procurar reducirla. Muchas cadenas comerciales son internacionales, y es importante saber que relación tienen estas empresas con el uso de agua en otro país. Saberlo y difundirlo es el paso necesario que deberemos dar en el futuro para crear una nueva cultura del consumo de agua.