Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarle el uso de la web mediante el análisis de sus preferencias de navegación. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtenermás información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies.

Nómadas en la estepa, sedentarios en la ciudad

Los últimos pastores sobreviven en Mongolia víctimas de la globalización y el cambio climático. La mayoría ha migrado a la capital llevando consigo sus yurtas, tiendas de lona en las que viven sin agua corriente, electricidad ni saneamiento. Water Trolley, el corto de Toguldur Chuluunbaatar, finalista de la categoría de micro-documental del We Art Water Film Festival 5, nos muestra la lucha diaria de un niño para abastecer de agua a su familia en uno de los barrios marginales de Ulán Bator.

Mongolia es uno de los países del mundo más desequilibrados demográficamente. Su población, que apenas sobrepasaba en 2018 los 3,2 millones de habitantes, dispone de una extensión de más de 1,5 millones de kilómetros cuadrados (más del doble de la de Francia). Sin embargo, un 45% de los mongoles se concentra en la capital, Ulán Bator, que ha experimentado un crecimiento desmedido las últimas décadas.

 

De la estepa a los “distritos ger”

Esto no era así antes de la década de 1990, cuando más de la mitad de la población vivía en las estepas. Eran nómadas que se desplazaban acarreando sus yurtas,robustas tiendas de campaña con techo en forma de cúpula de gruesa lona blanca, que en Mongolia se denominan ger. Son unos habitáculos fáciles de transportar y, sobre todo, óptimos para soportar el clima extremo mongol: inviernos terriblemente fríos - en los que la temperatura puede llegar a descender hasta los -30ºC -, tórridos veranos y violentos vendavales.

Las ger han guarecido a los mongoles en las estepas durante milenios. Son un símbolo cultural de Mongolia, cuya población de origen rural conserva el espíritu de los legendarios pastores nómadas, pese a que su forma de vida está en franca decadencia. Al migrar a la ciudad, han ido estableciendo sus tiendas en los descampados adyacentes al casco urbano, creando extensos asentamientos. En 2017, de los 1,44 millones de habitantes de Ulán Bator, 950.000 (el 66 %) habitaban en yurtas. Semana a semana, los asentamientos han ido creciendo. En 2017, según datos del gobierno municipal, se estimaba que llegaban anualmente unas 40.000 personas a los “distritos ger” de la ciudad.

En la actualidad, las suaves colinas que se extienden por el norte y el este de la capital están salpicadas de las cúpulas blancas de las yurtas. Son barrios marginales sin apenas suministro de electricidad y sin alcantarillado, en los que es preciso ir a buscar el agua en las pocas fuentes comunitarias que ha instalado el gobierno de la ciudad.

Oficialmente, unos 500.000 menores viven en Ulán Bator, pero no hay datos precisos sobre cuántos habitan en las ger. Munkhbat, el protagonista del corto Water Trolley, es uno de ellos.

Water Trolley, de Toguldur Chuluunbaatar, finalista de la categoría de micro-documental del We Art Water Film Festival 5.

 

Sin agua corriente y con un aire invernal irrespirable

10 veces a la semana, Munkhbat acarrea 50 litros de agua para su familia. Su trabajo es mucho más complicado en el gélido invierno, cuando el agua de algunas tuberías de congela y el hielo o la nieve (en enero la temperatura media es de -17°C) dificultan el transporte. En la crudeza del invierno, a los problemas del barrio se suma el de la calefacción. Los habitantes de las ger arrojan sobre sus rudimentarias estufas carbón, caucho e incluso plásticos. Las emisiones tóxicas afectan gravemente su salud y son la principal causa de que Ulán Bator esté catalogada por la OMS como una de las ciudades con el aire más contaminado e insalubre del planeta.

Según UNICEF, la contaminación del aire en Ulán Bator es la causa de que incidencia de enfermedades respiratorias en los residentes de la ciudad se haya multiplicado por 2,7 en los últimos 10 años. En menores de cinco años, la neumonía, asociada en muchos casos también al mal estado del agua, se ha convertido en la segunda principal causa de mortalidad, y los niños que viven en las yurtas, donde la contaminación es mayor, tienen una capacidad pulmonar un 40 % menor que la de los que habitan en áreas rurales.

 

La “muerte blanca” del clima

 El cambio climático ha azotado duramente a los pastores esteparios, con episodios climáticos extremos. El más temido es la “muerte blanca”, dzud en mongol, una catástrofe que acontece cuando a un verano seco y caluroso le sucede un invierno extremadamente gélido. Sin pasto durante el verano, los yaks no acumulan la grasa necesaria para protegerse del frío, y los pastores no han podido recolectar suficiente forraje para alimentarlos. El resultado es la muerte masiva de animales y la ruina de los pastores. 

 

El último dzudtodavía permanece en la memoria de los mongoles. En 2010, se desencadenó uno de los más duros episodios que mató a unos 10 millones de bovinos y ovinos. 770.000 ganaderos se vieron afectados, de los cuales 165.000 perdieron más de la mitad de sus rebaños. La catástrofe causó una de las más numerosas migraciones a la ciudad de los últimos años. En el invierno de 2017, otro episodio causó la pérdida de más de un millón de cabezas de ganado, y en 2018 se repitió el fenómeno, aunque no fue tan intenso como los anteriores.

Las previsiones del IPPC y el Banco Mundial sitúan a Mongolia como uno de los países más vulnerables al cambio climático. El descenso de la pluviosidad hace que cada año los viajes en búsqueda de pastos tengan que ser más largos. Desde 1940, la temperatura media de Mongolia ha subido 2,4 ºC. Más de dos terceras partes de la tierra ha sido afectada por la desertificación y el desierto de Gobi ha avanzado 150 kilómetros hacia el norte.

 

Lucha contra la globalización

La mayoría de nómadas que han acabado migrando a la ciudad es reacia a dejar atrás su forma de vida milenaria. El apego a la ger es muy profundo entre los migrantes rurales y uno de los principales motivos del fracaso de los diversos planes gubernamentales para proporcionarles viviendas en el casco urbano.

Por otra parte, el regreso a las estepas es ya muy difícil. El pastoreo nómada ha venido sufriendo las consecuencias de la globalización económica que ha afectado a la lana, la carne y los productos lácteos de los yaks, su principal fuente de ingresos. La producción de lana es muy baja (300 gramos por animal al año) y, pese al éxodo de pastores, la cantidad de ganado se ha triplicado desde la década de 1990 y los precios en el mercado cárnico se han estancado.

Los esfuerzos ahora se focalizan en salvar a los pastores nómadas que aún quedan en las estepas. Convencidos de que su estilo de vida merece ser preservado para las generaciones futuras se han organizado en cooperativas para comercializar sus productos con el emblema de la sostenibilidad y calidad, especialmente la de la lana de yak. Estas cooperativas establecen seguros contra los dzudy se coordinan para hacer un llamamiento a los jóvenes para que no abandonen las estepas. El futuro de Mongolia depende de ellos.