Saneamiento en conflicto: las personas en el centro del debate

Ya son 100 millones los desplazados que la violencia y la crisis climática han generado en el mundo. El encuentro “Saneamiento en conflicto”, que organizamos con motivo del Día Mundial del Retrete, junto a World Vision, UNICEF y ACNUR, desveló aspectos poco conocidos de una crisis humanitaria que se multiplica y que, en muchos, casos olvidamos.

Vídeo

“Tuvimos que huir. Si nos quedábamos nos mataban. Vivimos escondidos en el bosque sin agua ni comida, con la tensión de que te perseguían para acabar contigo. El mero hecho de cavar un agujero para defecar era atemorizador. Al final generas un mecanismo de supervivencia que te hace seguir adelante”. Así describió Emmanuel Zangako su experiencia como refugiado sursudanés en varios países africanos, antes de fundar la Youth Support Volunteer Organization que actualmente dirige.

Emmanuel participó en conexión virtual desde la sede de la COP 27 en Sharm El Sheik, en el encuentro que organizamos con motivo del Día Mundial del Retrete. Estuvieron presentes, en el Roca Madrid Gallery: Javier Ruiz, CEO de World Vision España, José María Vera, director ejecutivo de UNICEF España, y Karmele Sáez, responsable del Departamento de Proyectos de ACNUR. Además de Emmanuel participaron en línea Sofía Arroyo, Project Officer de World Vision, desde Kiev, y Carmen Parra, directora de la Cátedra UNESCO en Paz, Solidaridad y Diálogo Intercultural, desde Barcelona. Carlos Garriga, director de la Fundación moderó el debate.

Las palabras de Emmanuel sintetizan el calvario de los que abandonan su país en busca de refugio, de los que cargan con el sufrimiento de la pérdida de seres queridos, de hogares y de futuro. A la incertidumbre ante la falta de agua, alimento y cobijo se añade la ansiedad de no poder asegurar la higiene de niños y bebés, y la indignidad de no poder lavarse la ropa y tener que defecar entre arbustos. Para Emanuel y su familia esta situación se repitió varias veces pues sufrió las consecuencias de los conflictos existentes en los países en los que se refugiaba, como la República Democrática del Congo o la República Centroafricana, de los que también se vio obligado a huir.

 

Imagen We Are Water

Ya son 100 millones los desplazados que la violencia y la crisis climática han generado en el mundo. © European Union/ Muhanad Yasin

Refugiados y desplazados: víctimas de varios vacíos legales

Esta última década, a los que huyen por los conflictos políticos y bélicos se les han añadido los desplazados climáticos. Carlos Garriga destacó su experiencia en la visita a varios campos de refugiados en Afganistan: “Me sorprendió que la mayoría habían migrado por la larga sequía que les había dejado sin agua para abrevar a sus cabras y cultivar la tierra, no huían de conflictos de violencia o guerra”.

Carmen Parra explicó que el derecho internacional no contempla el caso de los desplazados climáticos: “Un refugiado es una persona que tiene que huir de su país porque si no lo matan. Puede ser por razones políticas, religiosas, de raza, de orientación sexual… y tiene que demostrarlo. Pero no existe el clima como un motivo para solicitar acogida en base al Estatuto de Refugiados adoptado internacionalmente. Los refugiados climáticos no existen en el derecho internacional”.

Para la jurista, el principal problema reside en los campos de refugiados: “Los que allí viven están condenados al aislamiento y a subsistir de las ayudas. Hay campos que llevan ya décadas de existencia y en los que no hay ninguna esperanza. Hay generaciones completas que no han salido de allí. En Argelia, hay saharauis llevan más de 40 años en estos campos; lo mismo que muchos rohinyás en Bangladés. Su situación está gestionada por ACNUR, que los tiene identificados y les proporciona lo básico con ayudas de ONGs y de donaciones privadas. No tienen más. Es un problema que se multiplica y nos desborda”.

 

Una crisis abrumadora que no para de crecer

Estamos viviendo una crisis humanitaria global. ACNUR señala que la guerra de Ucrania y los conflictos en los que están inmersos otros 23 países han causado un incremento dramático del número de viajeros forzados en el mundo: son ya 100 millones las personas que han abandonado su hogar y más de la mitad son niños.

Karmele Sáez, señaló la conveniencia de abandonar la visión “eurocentrista” del problema y explica situaciones muy graves: “En ACNUR trabajamos en 137 países con conflictos, no sólo en Ucrania; en Uganda, por ejemplo, tenemos un millón y medio de refugiados. A veces los campos de acogida albergan a 300.000 personas, una barbaridad, y se hace muy difícil gestionar lo básico para la supervivencia, la salud y una vida digna. El problema es que cada vez hay más desplazados pero cada vez hay menos fondos”.

Imagen We Are Water

El encuentro “Saneamiento en conflicto” desveló aspectos poco conocidos de una crisis humanitaria que se multiplica.

De los pabellones a la tienda de campaña

En toda guerra, los flujos migratorios se generan inmediatamente y son imprevisibles. Las víctimas huyen inicialmente a los países vecinos, y es difícil calcular el impacto en las zonas de acogida. En los nueve meses posteriores a la invasión de Ucrania, más de 7,7 millones de personas abandonaron el país en busca de protección en Europa. Los países europeos fronterizos que acogieron el primer éxodo tienen economías avanzadas; disponen de recursos para trasladar a los desplazados a centros urbanos donde, en pabellones o polideportivos, pudieron asegurarles lo básico: agua, alimento, cobijo, kits de higiene, medicinas y saneamiento. Una minoría fueron acogidos en hogares, algunas de cuyas familias tuvieron que esforzarse para adecuar un rincón en sus casas y compartir recursos que en muchos casos ya faltaban. Pero la guerra siguió, y el propio pabellón y los hogares no fueron suficientes, por lo que fue preciso levantar campamentos en las fronteras.

Imagen We Are Water

La inmensa mayoría de los que huyen acaban en campos de acogida. El agua y el saneamiento serían lo primero que se tiene que proporcionar al pasar la frontera. © UNICEF

Gestionar el saneamiento en un campo de refugiados

La inmensa mayoría de los que huyen acaban en campos de acogida. En 2019, había unos 420 de estos asentamientos repartidos entre 126 países; en la actualidad la cifra supera los 500.

Para Karmele Sáez el agua y el saneamiento serían lo primero que se tiene que proporcionar al pasar la frontera: “Agua, letrinas, duchas y lavamanos son, junto con la educación en la salud, prioritarios para evitar enfermedades. Hay que cuantificarlo y planificarlo todo; por ejemplo, si el campamento permanecerá más de seis meses, hay que instalar letrinas de pozo, que son más duraderas”.

Javier Ruíz destacó la importancia de un planteamiento global: “Tenemos que responder de forma multisectorial. La cadena agua – saneamiento – higiene está interconectada: si tienes letrinas pero no tienes lavamanos se rompe la cadena; si no tienes agua también, lo mismo ocurre si las letrinas no aseguran la privacidad y todo ello impacta negativamente en la seguridad infantil”.

José María Vera lo confirmó y señaló la importancia de mantener el proceso educativo entre los refugiados: ”Hemos de ser conscientes de que la educación constituye un entorno protector, tiene que serlo. La interrupción del sistema educativo tiene consecuencias ulteriores: se rompe el espacio de seguridad en las familias ante las dificultades que puedan surgirles en el futuro”.

En los campos, las mujeres son las que se llevan la peor parte. Karmele Sáez lo explicó: “Los puntos de suministro de agua tienen que estar cercanos y sobre todo las letrinas que deben ser seguras. Las agresiones sexuales a las mujeres son constantes. De noche tenemos que instalar puntos de luz, aún así es difícil evitarlas”.

 

Ayudar a las comunidades locales

Todos estuvieron de acuerdo en la importancia de apoyar a las comunidades de acogida que también sufren las consecuencias. Javier Ruiz puso como ejemplo el proyecto que estamos desarrollando con World Vision en Rumanía y Moldavia, en el que facilitamos acceso al saneamiento y la higiene a 8.000 refugiados ucranianos: “Instalamos cabinas ecológicas, unas con inodoro y otras con duchas, que también pueden ser usadas por las comunidades locales. La importante es que son trasladables, lo que permite equipar los campamentos en función de la variación de los flujos migratorios”.

En todo caso, es necesario formar a la comunidad local, como señaló Karmele Sáez: “Son las estructuras comunitarias locales las que identifican las necesidades, y es preciso reforzarlas. Las agencias externas no somos del país, son los locales son los que se quedan”.

 

Ayuda para los desplazados internos

En Ucrania hay, además, otros 6,9 millones de desplazados internos, personas que han abandonado sus hogares y que ahora viven en otros puntos más alejados de los bombardeos y de la violencia de los invasores. Las infraestructuras de agua han sufrido daños, muchos de ellos premeditados, y muchas ciudades han sufrido la destrucción de sus centros educativos. Allí también es urgente llevar agua y saneamiento.

Sofía Arroyo, desde Kiev, explicó esta situación: “Los desplazados han ido de este a oeste del país. Se han habilitado gimnasios, colegios y edificios públicos, pero no dan abasto para la higiene. Escasea el agua y hay cortes eléctricos. Las escuelas no tienen agua, tampoco los refugios y no todas las casas. Repartimos agua y generadores como podemos. Llevamos meses trabajando en lo que denominamos “invernización” para poder sobrevivir al invierno en ciernes”.

 

¿Cómo hacer que la ayuda humanitaria sea efectiva?

Para José María Vera la humanidad tiene la capacidad de movilización humanitaria, como se ha demostrado en le caso de Ucrania, pero es preciso fomentar y confiar en las comunidades locales: “La respuesta de Europa ha sido rápida y efectiva, y tenemos la capacidad para esto y más. Por otra parte tenemos que confiar en las capacidades que se están generando en los propios países que sufren los conflictos. Ya sea en el ámbito municipal o comunitario, las propias personas del país son las que ayudan a los suyos. Es un recurso que ha ido creciendo y que debemos apoyar, luego también, por supuesto, la tecnología y la innovación”.

Javier Ruiz destacó la importancia de trabajar a todos los niveles, desde la alta política, a las comunidades locales y a cada persona que aporta ayuda, y señaló las peculiaridades de cada conflicto a la hora de planificar la ayuda: “En el caso de Ucrania hay mucha dispersión de los refugiados por toda Europa. La acogida es diversa: casas particulares, centros deportivos, escuelas… También se está dando un alto porcentaje de ucranianos que regresan a su país”.

Imagen We Are Water

En Ucrania hay, además de refugiados, otros 6,9 millones de desplazados internos, personas que han abandonado sus hogares. © UN Women/Serhii Korovainyi

Combatir el olvido

Karmele Sáez señaló la situación de olvido de algunos campos de refugiados como los citados por Carmen Parra, y señaló que la solución pasa por la integración en las comunidades de acogida: “No han de ser devueltos en contra de su voluntad, pero para los países que los acogen es muy duro, ya que tienen sus propias deficiencias y la presión que reciben es enorme. En Líbano, por ejemplo, uno de cada tres habitantes es sirio. Pese a ello, muchos están haciendo una buena labor, más que muchos países europeos”.

¿Qué es lo que falla? ¿Qué futuro afrontamos ante esa crisis? Para José María Vera el peso de los intereses geopolíticos es muy fuerte y la fragilidad del apoyo al sistema multilateral es cada vez mayor y esto fomenta el olvido: “¿Quién se acuerda de conflictos como el de la República Centroafricana? ¿Y de la hambruna en el cuerno de África, donde estamos en en una situación de desnutrición sin precedentes en las últimas décadas? ¿Y del Sahel?”

A este respecto, Javier Ruiz alertó: “En World Vision estamos trabajado en 72 emergencias en 52 países. No podemos olvidar los otros conflictos. No hay desplazados de primera y de segunda”.

Emmanuel Zangako sintetizó desde su experiencia como refugiado: “Para poder apoyar a las comunidades que migran y a las que acogen hay que comprender lo que es un conflicto que hace huir a las personas. Yo no me quería quedar allí, necesitaba vivir en un lugar seguro, tener acceso a la educación y a una vida con futuro. Hay que poner a las personas en el centro del debate”.