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Temporales, ¿Cómo adaptarse?

Los últimos fenómenos meteorológicos violentos vividos en el Mediterráneo occidental obligan a una revisión de los factores que definen el riesgo de personas y bienes. El incremento de la exposición y la vulnerabilidad es un factor antropogénico que se tiene que controlar ante el previsible aumento de temporales que señala la ciencia. Más allá de la lucha por la mitigación de los efectos del cambio climático, tenemos que renovar esfuerzos adaptativos a una realidad que ha venido para quedarse.

Inundaciones, vientos huracanados, oleaje gigantesco… Los fenómenos meteorológicos violentos han sido los protagonistas los últimos meses en muchas zonas del mundo y especialmente en Europa han sorprendido por su especial violencia, inusual extensión y rareza estacional. Según la Agencia Estatal de Meteorología española (AEMET), a partir de 2019 la frecuencia e intensidad de fenómenos adversos extraordinarios se ha disparado en el Mediterráneo occidental, donde tres temporales en tan sólo nueve meses han sido clasificados como “históricos”.

 

El Mediterráneo, un mar en ebullición

Del 18 al 22 de abril de 2019, en el sureste de la península ibérica, llovió en cinco días el doble de la media de toda una primavera. En septiembre del mismo año pasado se desencadenó una DANA (gota fría) que ocasionó las mayores precipitaciones de los últimos 50 años en la Región de Murcia, con siete muertos y el desastre medioambiental del mar Menor, uno de los más graves de Europa. En este mismo episodio, la comarca alicantina de la Vega Baja registró la mayor precipitación acumulada en el promedio de la comarca desde que se tienen registros (1879). En muchas localidades de la zona se dieron récords absolutos de precipitación en 24 horas con mucha diferencia respecto a los datos observados en los últimos 50 años.

El tercer episodio fue el pasado enero el temporal Gloria que sorprendió a los meteorólogos por su génesis inusual. Fue una borrasca de origen atlántico que se trasladó hacia el Mediterráneo y que no se creó por un proceso de ciclogénesis explosiva; tampoco fue especialmente profunda desde el punto de vista barométrico, ya que la presión atmosférica no bajó mucho: se situó del orden de los 1010 - 1006 milibares (mbar), cuando lo normal en las borrascas atlánticas potentes una presión de 970 - 990 mbar.

La virulencia del Gloria vino dada por la presencia de un anticiclón anómalo sobre Gran Bretaña que alcanzó una presión atmosférica en su centro superior a 1050 mbar, el valor más alto registrado por el servicio meteorológico británico desde 1957. La forma, alargada en sentido este - oeste, y la extensión de este anticiclón, creó con el Gloria un enorme gradiente de presión ocasionando vientos del este extremadamente fuertes (temporal de levante) que llegaron a tierra cargados de humedad subtropical. El anticiclón por su parte se encargó de inyectar aire frío continental que al chocar con el aire húmedo causó un temporal invernal muy duro, con oleaje enorme, lluvias intensas y persistentes, vientos fuertes, abundantes nevadas en zonas de montaña, mínimas extremas y numeroso aparato eléctrico en prácticamente todo el este de la península Ibérica.

El día 21 se registraron registros históricos de lluvia asociados a un mes de enero: en el aeropuerto de Barcelona se acumularon 27 mm (litros por metro cuadrado) más que el anterior récord de hace casi 75 años; en Tortosa se recogió el doble del anterior récord de hacía casi 90 años; y en Daroca, en Aragón, se acumulaba prácticamente el doble de precipitación que la máxima caída hace casi 70 años. También ese día fue el de mayor número de descargas eléctricas en enero en la Comunidad Valenciana desde que empezó a funcionar la red de descargas, en la década de 1990: 3.035 rayos caídos en un día.

Un temporal marítimo excepcional

 Pero fue el temporal marítimo el que más ha impresionado por su intensidad y la magnitud de los daños causados, con imágenes impactantes que han inundado las redes sociales y los medios de comunicación. En la costa este de Mallorca se midió una ola histórica de 14,2 metros y, a tenor de los registros de la boya de medición de Valencia, se estima que la altura de las olas superó los 13 metros en esta zona, valores también de récord.

Según el Ministerio para la Transformación Ecológica y el Reto Demográficoespañol se estima que el temporal, que causó 13 muertos, originó 54 millones de euros en daños en playas e infraestructuras a lo largo de los más de 2.000 kilómetros de litoral desde Murcia hasta Girona, incluyendo las islas Baleares.

El mar arrancó millones de toneladas de arena, algunas playas retrocedieron hasta 35 metros, otras simplemente desaparecieron; y olas de más de ocho metros arrasaron muchos paseos marítimos, rompieron muros, alcanzaron casas y locales, e inundaron calles. Las violentas escorrentías llenaron ríos, rieras y torrentes de todo tipo de residuos y vegetación que, una vez vertidos al mar, el oleaje y el viento se encargaron de devolver. Algunos de los residuos que cubrieron las playas eran envases alimentarios de marcas que no se fabricaban desde décadas, lo que es un síntoma que la gran cantidad de contaminación dispersa que existe en las cuencas hidrológicas o en vertederos olvidados que la escorrentía desenterró.

El delta del Ebro mostró una de las imágenes más desoladoras al verse inundado casi en su totalidad por el agua del mar. El temporal hizo prácticamente desaparecer 3.000 hectáreas de arrozales, destrozó mejilloneras y piscifactorías, borró playas del mapa y dio un duro golpe a la biodiversidad del humedal, un enclave único en Europa con más de 340 especies de aves que tienen su hábitat en él.

Un modelo de costa en crisis. ¿Una costa adaptada?

Si la catástrofe del mar Menor del pasado septiembre ha obligado a revisar la gestión agrícola e hídrica, y la gobernanza general del territorio ante las avenidas provocadas por las gotas frías, el Gloria añade el factor marítimo a los riesgos de los fenómenos extremos.

La ecuación Riesgo = Fenómeno peligroso + Exposición + Vulnerabilidad arroja nuevos valores en el litoral mediterráneo español y las conclusiones son muy útiles para establecer las acciones más eficaces ante un tipo de fenómenos que la ciencia  prevé aumentarán a corto y medio plazo. Un mar más caliente, cuyo nivel tiende a subir, coincide con el escenario previsto por el IPCC en su Quinto Informe de Evaluación (AR5), por lo que el factor fenómeno peligroso probablemente aumentará. Esto incrementa consecuentemente la exposición de personas y bienes, al ampliarse el área de incidencia de los fenómenos, y también, por la misma lógica, su vulnerabilidad al recibir estos un impacto para el que no había previsión ni preparación.

Para luchar contra la virulencia de los fenómenos hay que seguir redoblando los esfuerzos de mitigación del cambio climático. Pero para reducir la exposición y la vulnerabilidad hay que plantearse ya modelos de adaptación.

En el caso de la costa mediterránea el reto es de considerable magnitud y complejidad. El desastre del delta del Ebro estaba en parte anunciado por los científicos y los propios agricultores al haberse detectado una interrupción del aporte de sedimentos desde que, entre 1950 y 1970, se construyeran 70 presas en la cuenca del río, para riego, suministro urbano de agua, generar electricidad y controlar las avenidas. Antes de 1950, el agua arrastraba hasta el delta entre 20 y 30 millones de toneladas anuales de sedimentos; su falta agrava también el problema de subsidencia (hundimiento) natural, agravado por el aumento del nivel del mar de los últimos años, y de salinización. 

Los expertos del programa europeo Life Ebro-Admiclim aseguran que sería necesario el aporte de entre uno y dos millones de toneladas de sedimentos adicionales para recuperar el estado natural del humedal; sedimentos que, según este programa piloto, se podrían conseguir provocando avenidas controladas con suficiente fuerza para arrastrar materiales sólidos y abrir las compuertas inferiores de las presas. 

 

Soluciones basadas en la naturaleza

En el caso de la línea urbanizada de la costa el problema implica a los modelos de desarrollo turístico y urbanístico, y a la gestión de residuos. Muchos municipios se encuentren ante la disyuntiva de cómo reconstruir lo dañado. En España, el desastre añade elementos a la polémica Ley de Costas promulgada en 1988 pero es evidente que las soluciones deben basarse preferentemente en las naturales, aunque no hay una solución general y cada caso debe ser estudiado en particular.

En muchos casos las aportaciones de arena, una práctica habitual en la “construcción” de playas, ya no son útiles ni sostenibles. Colocar barreras de rocas sumergidas para frenar el oleaje, levantar dunas de arena como diques de contención en las playas y emplear materiales blandos y naturales en el diseño de los paseos separados del mar son medidas imprescindibles. Pero el problema de la exposición de áreas urbanizadas e infraestructuras que hasta ahora se creían alejadas de la amenaza del oleaje representa un problema de solución más incierta.

Por otra parte, la contaminación del mar por la avenida de residuos sólidos y químicos es otro de los aspectos medioambientales graves de este tipo de episodios. El agua dulce de los ríos se convierte así en un vector de contaminación que daña gravemente la fauna marina y el territorio costero, causando incalculables daños en el capital natural. La exposición Mares de Plástico. Del problema a la solución, que se puede visitar en el Roca Barcelona Gallery hasta abril, muestra la magnitud de la agresión medioambiental que provocan los residuos que recibe el mar y que contribuyen a aumentar la exposición y vulnerabilidad de cualquier zona del mundo.