Sabemos más de microclimas de lo que creemos. Todos hemos sentido ese aire más cálido y denso al entrar en una ciudad. O el frescor repentino al cruzar un bosque umbrío, cuando la temperatura desciende de golpe, el ruido se amortigua y la humedad nos envuelve. Quienes viven en regiones desérticas conocen bien esa frontera sensible que marca la entrada a un oasis: el momento exacto en que el aire abrasador se suaviza, el viento cambia y la vida reaparece.
Bosques nublados, oasis, islas oceánicas, valles umbríos… todos ellos mantienen una relación particular con el ciclo del agua. ©bob-brewer-unsplash
Matices que diferencian
Técnicamente, un microclima es un entorno local con características térmicas, hídricas y atmosféricas distintas a las del área que lo rodea. Puede ser tan pequeño como un jardín urbano o tan extenso como un oasis en el desierto.
Lo definen factores como la orientación del terreno, la altitud, la vegetación, la cercanía al agua o incluso los materiales de construcción. Esa diferencia —unos pocos grados, un poco más de humedad, unos segundos más de sombra— puede marcar el límite entre la vida o la imposibilidad de vivir para muchas especies animales y vegetales.
Hoy, desde el punto de vista humano, podemos clasificar los microclimas en dos grandes grupos:
- Los antropogénicos, generados por la actividad humana. Suelen ser perjudiciales para la biosfera. El ejemplo más claro son las “islas de calor” que se forman en las grandes ciudades y centros industriales.
- Los naturales, que han existido durante milenios y forman parte del equilibrio ecológico del planeta. Se desarrollan en oasis, bosques, valles umbríos, atolones oceánicos, lagos, glaciares alpinos…
Los científicos alertan: los microclimas naturales están en retroceso, mientras que los urbanos e industriales no dejan de expandirse.
Ciudades y oasis: microclimas a la inversa
El microclima urbano es el que mayor importancia tiene para el futuro de la población mundial, ya que más del 70 % de los habitantes del planeta vivirá en ciudades en pocas décadas.
Ya hemos abordado en otros artículos el fenómeno de las islas de calor: ciudades densas, pavimentadas y altamente edificadas que retienen el calor como hornos. Las urbes de gran tamaño y alta densidad tienden a formar burbujas térmicas mucho más intensas que aquellas más pequeñas o con mayor cobertura verde.
Los últimos estudios lo confirman: las temperaturas en el centro de París o Londres suelen ser entre 2 y 3 °C más altas que en su periferia rural. En Los Ángeles, considerada una de las islas de calor más intensas del planeta, el centro puede superar en más de 5 °C a las zonas menos urbanizadas.
Estos microclimas urbanos no son homogéneos: dentro de ellos hay otros microclimas, como muñecas rusas térmicas, donde la sombra de un árbol o la brisa en un parque pueden suponer la diferencia entre el malestar y el alivio.
Cada vez más ciudades, como Barcelona, están identificando y señalizando refugios climáticos urbanos: sombrillas en zonas peatonales, escuelas y centros cívicos con cobertura verde, y jardines señalizados que ofrecen una pausa frente a las olas de calor.
La lucha contra la isla de calor urbana pasa por la máxima recuperación del suelo natural: suelo, paisaje, saneamiento y lluvia forman parte de un ecosistema urbano en cuyo centro está el agua.
En el extremo opuesto, los oasis —que tratamos más a fondo en otro artículo— son quizá el microclima beneficioso más emblemático en la cultura popular. En medio de regiones desérticas dominadas por el calor y la sequía, emergen como sistemas naturales y humanos extremadamente delicados: suelos fértiles, fuentes de agua subterránea, vegetación que proporciona sombra, humedad y alimento. El cambio climático —junto con la sobreexplotación de acuíferos y la expansión urbana— está amenazando su persistencia. Algunos oasis históricos ya están desapareciendo.
En el extremo opuesto, los oasis —que tratamos más a fondo en otro artículo— son quizá el microclima beneficioso más emblemático en la cultura popular. © sandra-gabriel-unplash
Otros microclimas menos conocidos, pero cruciales
Existen microclimas menos visibles pero esenciales para el equilibrio planetario. Podemos destacar dos de creciente importancia en los estudios climáticos:
- Las islas oceánicas. Reguladas por vientos y corrientes, albergan una biodiversidad endémica ú Cambios en los patrones oceánicos, el ascenso del nivel del mar y la acidificación están desestabilizando estos microclimas insulares, con consecuencias irreversibles para sus ecosistemas.
- Los bosques nublados. Los de los Andes, África Oriental o Centroamérica, capturan la niebla y regulan el ciclo del agua. En las montañas tropicales, atrapan humedad y moderan la temperatura como auténticas esponjas climáticas. Son vitales para la biodiversidad y el suministro hídrico de grandes regiones. El aumento de temperatura y el desplazamiento de las capas de niebla hacia mayores altitudes los ponen en peligro.
Cambios en los patrones oceánicos, el ascenso del nivel del mar y la acidificación están desestabilizando estos microclimas insulares, con consecuencias irreversibles para sus ecosistemas. © pexels-francesco-ungaro
Biodiversidad y agua
Las áreas con un clima diferenciado juegan un papel clave en el equilibrio de la biosfera y en la dinámica del ciclo del agua. Hay dos de sus efectos que hoy son especialmente relevantes:
- Albergan especies muy especializadas. El caso más conocido es el de las especies migratorias, que precisan de condiciones muy específicas en las zonas donde recalan en sus viajes. Cuando esas condiciones desaparecen, las especies no siempre pueden adaptarse o migrar: se produce competencia, desplazamiento o extinción local. Afecta a polinizadores, insectos del suelo, aves y hongos clave para el equilibrio ecoló
- Regulan el ciclo hí La recarga de los acuíferos depende en buena medida de las condiciones climáticas que estos generan en su entorno. Cuando un acuífero se destruye, el microclima que mantenía suele deteriorarse y no se recupera.
El cambio climático desdibuja los microclimas
En su último informe (AR6), el IPCC advierte que el cambio climático no solo altera los grandes sistemas atmosféricos, sino que también está erosionando los microclimas y les resta su especificidad.
En los entornos urbanos, las olas de calor más intensas y prolongadas están desbordando la capacidad de los parques y jardines para mitigar el calor, mientras que la expansión del cemento borra las variaciones térmicas locales que ofrecían alivio a los habitantes más vulnerables.
A la vez, el IPCC alerta de que la biodiversidad pierde sus refugios climáticos. Como hemos mencionado, la fragmentación de los ecosistemas y el ascenso de las temperaturas están igualando condiciones que antes eran únicas, y muchas especies adaptadas a nichos muy específicos —como las que dependen de la sombra húmeda de un bosque nublado o del frescor de un cañón— se ven amenazadas de extinción.
El AR6 es claro: si superamos el umbral de +1,5 °C, muchos microclimas dejarán de funcionar como amortiguadores. Y con ellos, perderemos no solo biodiversidad, sino también soluciones naturales para enfriar, filtrar y sostener la vida.
Actuar en lo local para impactar en los global
Lo global impacta en lo local, y viceversa. Los ecólogos y climatólogos sostienen que restaurar y proteger microclimas es una estrategia local poderosa frente al cambio climático.
Hay casos de éxito — reverdecimiento urbano, la reforestación cercana a los cultivos o la agricultura regenerativa— que demuestran que salvar los microclimas es posible y beneficioso para sistemas de mayor escala.
Los microclimas nos enseñan que el cambio climático no solo se mide en grados globales, sino en desequilibrios locales. Comprenderlos, protegerlos y regenerarlos no es solo una cuestión ambiental: es una forma concreta de defender la biodiversidad, la salud y la habitabilidad del planeta.
Hay casos de éxito — reverdecimiento urbano, la reforestación cercana a los cultivos o la agricultura regenerativa— que demuestran que salvar los microclimas es posible y beneficioso para sistemas de mayor escala. © chuttersnap-unplash