No podemos olvidar el agua que no vemos

Aguas subterráneas: Hacer visible lo invisible”. El lema de este Día Mundial del Agua debe servir para que el mundo entienda la fragilidad de la fuente de vida que tenemos bajo tierra y que es urgente salvar. La gestión adecuada de la agricultura, el riego y la ganadería es el pilar fundamental para frenar el deterioro de las aguas subterráneas que amenaza la seguridad alimentaria y el equilibrio medioambiental del mundo.

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Las aguas subterráneas son las masas de agua que se encuentran bajo la superficie del suelo. También se las conoce generalmente como el agua de los acuíferos, o simplemente “acuíferos”. Son un eslabón invisible del ciclo hidrológico, por lo que buena parte de la población no es consciente de la importancia que tienen en nuestras vidas y en el futuro del planeta. No se puede entender la seguridad alimentaria, ni el equilibrio medioambiental, ni la mitigación y adaptación de la crisis climática sin la salud de las aguas que subyacen bajo nuestros pies. Algunos datos para entender su importancia: esta agua que no vemos constituye alrededor de la mitad de toda la potable, forma parte del 40% de la que se usa para regar los cultivos y del 30% de la que es necesaria para la industria.

 

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No se puede entender la seguridad alimentaria, ni el equilibrio medioambiental, ni la mitigación y adaptación de la crisis climática sin la salud de las aguas que subyacen bajo nuestros pies. © François/ Water Alternatives

La subsidencia, un síntoma “visible” para millones de ciudadanos

Aparte de los agricultores, cuyos pozos se secan y tienen que cavar cada vez a mayor profundidad, los grupos de población que últimamente son más conscientes de la disminución del volumen de agua de los acuíferos son las decenas de millones de habitantes de algunas ciudades que están sobre ellos, y que están experimentando el hundimiento del suelo por esta causa. Es el denominado fenómeno de subsidencia, y lo están sufriendo ciudades como Yakarta, Houston, Lagos y Ciudad de México, por citar los fenómenos más notables y conocidos.

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Los grupos de población que últimamente son más conscientes de la disminución del volumen de agua de los acuíferos son las decenas de millones de habitantes de algunas ciudades que están sobre ellos. © Lagos, Nigeria/ Photo Stefan Magdalinski

 

El caso de Yakarta es el más alarmante pues constituye el hundimiento más acelerado del mundo: la capital de Indonesia ha pasado de sumergirse un centímetro al año en algunas zonas a 20 centímetros en las zonas más afectadas, como el norte de la urbe. El fenómeno, debido fundamentalmente al exceso de extracción de agua subterránea, se añade a la subida del nivel del mar debido al cambio climático, por lo que, en la actualidad, cerca del 20% de la masa urbana se encuentra por debajo del nivel del mar, una cifra que se estima que se duplique en 2050. Esta es una de las razones por las que el gobierno indonesio se plantea la sustitución de la capitalidad de la ciudad, de unos 10 millones de habitantes, por una nueva ciudad en Borneo.

En peligro los ecosistemas y la seguridad alimentaria

Los principales peligros que acechan los acuíferos del mundo son la sobreexplotación y la contaminación; dos males que se han multiplicado las últimas décadas y que en su mayor parte se deben a la proliferación de la agricultura y ganadería intensivas y mal gestionadas.

La sobreexplotación de un acuífero se produce cuando las extracciones totales de agua superan a la recarga. Recientes estudios, como el de la Universidad de Wageningen, señalan que el 20% de los pozos de agua subterránea a nivel mundial podrían estar en riesgo de agotarse. Hace dos años, la Universidad de Freiburgestimó que para 2050 entre el 42% y el 79% de las cuencas hidrográficas que se nutren de agua subterránea en todo el mundo podrían sufrir puntos de inflexión ecológica, de persistir el problema.

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Los principales peligros que acechan los acuíferos del mundo son la sobreexplotación y la contaminación, y que en su mayor parte se deben a la proliferación de la agricultura y ganadería intensivas y mal gestionadas. © Water Alternatives

Las consecuencias de la falta de agua subterránea o de su contaminación han sido poco investigadas para los ecosistemas de agua dulce, ya que la mayor parte de los estudios se han centrado en la agricultura debido a la alarma por la seguridad alimentaria. Recientemente la preocupación se ha centrado también en la evidencia del deterioro del capital natural planetario causado por el agotamiento y contaminación de los acuíferos. El pasado abril, la evaluación más extensa jamás realizada de pozos de agua subterránea a nivel mundial, llevada a cabo por investigadores de la Universidad de California, descubrió que hasta uno de cada cinco acuíferos del mundo corría el riesgo de agotarse. Esto significa que millones de pozos en todo el mundo podrían secarse, lo que tendría consecuencias en cascada para la supervivencia de las personas y de los ecosistemas.

 

Además de la sobreexplotación, la contaminación

Por lo que respecta a la contaminación del agua subterránea también aquí interviene la agricultura y ganadería intensivas, prácticas mucho más frecuentes en los países ricos, aunque también en las economías emergentes.

El seguimiento de este tipo de contaminación es especialmente intenso en la Unión Europea (UE) donde, pese a que en los últimos años han habido mejoras en la calidad del agua, los nitratos siguen causando una contaminación del agua subterránea muy perjudicial tanto para la salud humana como para los ecosistemas, al causar anoxia (agotamiento del oxígeno) y eutrofización (exceso de nutrientes).

En los países de la Comunidad Europea, entre 2016 y 2019, más del 14% de las aguas subterráneas siguió superando el límite de concentración de nitratos fijado para el agua potable. Y esta degradación subterránea se traslada al resto de las aguas. Según las observaciones, el agua declarada eutrófica en la UE abarca el 81 % de las aguas marinas, el 31 % de las aguas costeras, el 36 % de los ríos y el 32 % de los lagos.

Un ejemplo clásico, es el caso de las mega granjas porcinas: el estiércol producido por estos animales se recoge en tanques y luego se esparce por los campos vecinos a modo de fertilizante mezclado con agua (purines); cuando el suelo no puede absorber más, los excrementos se filtran al agua subterránea y la contaminan con nitratos.

 

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En España, otros ecosistemas están sufriendo situaciones similares, como el humedal de las Tablas de Daimiel, que ha visto menguar sus aguas superficiales a causa de la sobreexplotación de los acuíferos. © Santiago López Pastor.

Casos nefastos para aprender

Un ejemplo de las nefastas consecuencias de las malas prácticas agrícolas en las aguas subterráneas y en el medio marino es el tristemente famoso desastre del mar Menor, la albufera salada mayor de Europa, en la Región de Murcia, en el sudeste de España. Allí se han dado todos los componentes que convergen en la destrucción de los acuíferos y sus consecuencias en el ciclo del agua y el medio ambiente: mala gestión del territorio, adopción de la agricultura intensiva con alto uso de fertilizantes, irresponsabilidad hídrica, gobernanza ineficiente y subestimación de los informes científicos que durante años alertaron del peligro.

En España, otros ecosistemas están sufriendo situaciones similares, como el humedal de las Tablas de Daimiel, que ha visto menguar sus aguas superficiales a causa de la sobreexplotación de los acuíferos. En 2009, el humedal estaba tan seco que se desencadenaron incendios en la turba del subsuelo, y en la actualidad su contaminación por fosfatos y otros fertilizantes químicos es una de las más altas entre los ecosistemas europeos. También en España, país que acumula sanciones y advertencias medioambientales de la UE, el Parque Nacional de Doñana, un mosaico de ecosistemas que albergan una biodiversidad única en Europa, está en peligro por la sobreexplotación de sus acuíferos a causa de la agricultura intensiva.

Situaciones similares se dan en zonas agrícolas que sobreexplotan el agua subterránea. En Baja California (México), más del 37% de los acuíferos presenta un alto grado de extracción, siendo el más crítico el acuífero de Mexicali. En India los acuíferos de la cuenca superior del Ganges están perdiendo agua de forma alarmante; y en todo el país, un informe del Banco Mundial de 2016 aseguraba que la extracción de agua subterránea para usos agrícolas se había multiplicado por siete en los últimos 50 años. En la California estadounidense, las últimas sequías dejaron el pasado verano a la agricultura de sus valles sin agua subterránea para riego, y toda la industria agraria del estado se enfrenta a la incertidumbre de un futuro en el que el cambio climático no ayudará.   

 

¿Cómo salvar el agua subterránea?

Los problemas detectados llevan implícitas las soluciones. Los peligros de la sobreexplotación empeorarán con el incremento de las sequías que está provocando la crisis climática. Una medida universal es la adecuada gestión del territorio agrícola, evitando la agricultura intensiva allí donde no hay agua suficiente. Esta medida supone un notable esfuerzo de gobernanza, pues se enfrenta casi siempre a estructuras socioeconómicas antiguas en el tiempo y muy enraizadas. Por otra parte, es evidente que se debe aumentar la eficiencia en el riego, especialmente en los países económicamente más pobres que no disponen de la tecnología adecuada para monitorizar el estado de los acuíferos y el transporte del agua. Es preciso incentivar la adopción de los mejores sistemas de riego por goteo impulsados por energías renovables. Mientras, la contaminación por nutrientes debe combatirse con medidas legislativas severas que hagan respetar las regulaciones y por el fomento del retorno a la agricultura tradicional con soluciones basadas en la naturaleza.

La regeneración de los acuíferos pasa también por la adopción de soluciones distribuidas entre las comunidades. Algunas de ellas son ancestrales y olvidadas, como la construcción de pequeños embalses en India, país que históricamente atesora una civilización de profundo conocimiento del agua subterránea. Durante milenios, sus habitantes han desarrollado ingeniosas estructuras para utilizar y reponer eficientemente el agua en acuíferos poco profundos y distribuirla de un modo equilibrado y eficiente entre la población. El Gobierno actual está de acuerdo en que este conocimiento ancestral debe ser la base para que los acuíferos del país se conviertan en un recurso local fiable, especialmente cuando los monzones fallan, una circunstancia que empeora año tras año.

Nuestra experiencia en la construcción del embalses de Ganjikunta y Girigetla, y en los más recientes de Settipalli y D.K.Thanda4, proyectos en los que hemos colaborado la Fundación Vicente Ferrer, demuestra que el agua embalsada, al filtrarse, permite regenerar los acuíferos que proveen de agua a los pozos de la zona y mejorar la reforestación, algo imprescindible para frenar la agresiva erosión que sufre la región y que degrada la tierra hasta hacerla improductiva. Todo ello permite a los agricultores superar las épocas de sequía entre los monzones y diversificar sus cultivos.

El tema del Día Mundial del Agua 2022 – “Hacer visible lo invisible” – debe cumplir literalmente su propósito. Si todos los habitantes del mundo somos conscientes de la existencia del agua que tenemos bajo los pies, podremos avanzar en soluciones que no siempre son fáciles de adoptar, como las tendentes a regular la agricultura y la ganadería intensivas, pero imprescindibles para la seguridad alimentaria y el equilibrio medioambiental.