Ansiedad climática. El agua, frontera crítica

El acceso seguro al agua y al saneamiento se ha convertido en una de las primeras líneas de defensa frente a los impactos del cambio climático. Allí donde el agua escasea o se vuelve impredecible, aumenta la vulnerabilidad física, pero también la emocional: la incertidumbre hídrica alimenta la ansiedad climática, erosiona la resiliencia de las comunidades y condiciona su capacidad de adaptación. Infraestructuras seguras, gestionadas por las propias comunidades, son el antídoto más eficaz.

En los últimos años, el sur del estado de Rajastán ha recibido menos lluvia de la habitual, y la población afronta con creciente ansiedad el inicio de cada estación húmeda. Cuando en diciembre de 2022 finalizamos las instalaciones de acceso al agua en cuantro aldeas del distrito de Pratapgarh, las más de 1.500 mujeres y niñas de las 780 familias beneficiadas ganaron algo tan tangible como valioso: dos horas diarias de su tiempo al no tener que desplazarse fuera de la aldea para buscar agua. Pero los aldeanos obtuvieron también un beneficio menos visible: aliviar la angustia de encontrarse de repente con los pozos secos, como ocurrió durante la dura sequía del monzón de 2020, el menos lluvioso de los últimos cinco años.

Con la intervención, las comunidades pasaron a controlar su propio recurso hídrico. El sistema hub & spoke (centro y radios), que instalamos junto a World Vision, utiliza tanques de 5.000 litros alimentados por bombas solares para extraer agua subterránea. Este modelo no solo garantiza el acceso, sino también la seguridad en el último tramo: que el agua llegue potable desde el punto de extracción hasta la fuente comunitaria, un problema que antes se repetía con frecuencia. Las mujeres de la comunidad gestionan el mantenimiento de las instalaciones, y los comités de agua creados —en colaboración con el personal del Departamento de Ingeniería de Salud Pública (PHED), la entidad gubernamental responsable del suministro de agua potable y saneamiento en la región— han adquirido la capacidad técnica necesaria para administrar el agua subterránea.

Imagen We Are Water

Allí donde el agua escasea o se vuelve impredecible, aumenta la vulnerabilidad física, pero también la emocional. © IOM/TransLieu/Taxta

Además, las comunidades han sido formadas para preservar el agua freática mediante la restauración del manto vegetal. Su comprensión del ciclo del agua les permite ahora detectar señales tempranas de estrés hídrico y regular la extracción de forma responsable.

Imagen We Are Water

Cuando en diciembre de 2022 finalizamos las instalaciones de acceso al agua en cuantro aldeas del distrito de Pratapgarh, las más de 1.500 mujeres y niñas de las 780 familias beneficiadas ganaron algo tan tangible como valioso.

Salud mental: la carga cada vez más visible del cambio climático

El alivio que experimentaron las comunidades de Pratapgarh es un beneficio psicológico difícil de medir, pero profundamente real. La seguridad de saber que el agua llegará cada día reduce una tensión que se acumula durante años de incertidumbre. Esta dimensión emocional suele quedar fuera de los indicadores técnicos, aunque el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) advierte que, para 2030, el coste adicional de los trastornos mentales vinculados a peligros climáticos, contaminación del aire y falta de espacios verdes alcanzará 47 millones de dólares anuales.

Los efectos psicológicos del cambio climático descritos por el PNUD —angustia, ansiedad, sensación de vulnerabilidad y la carga emocional asociada a la escasez de agua— encuentran un respaldo claro en la investigación reciente en Psicología Social. El estudio  Eco-anxiety or simply eco-worry? (2025), publicado en Frontiers in Psychology, distingue entre eco-worry, una preocupación persistente pero funcional, y eco-anxiety, un estado emocional más intenso y desbordante. La investigación muestra que la eco-worry es mucho más común y está estrechamente vinculada a la percepción de amenazas ambientales concretas. En contextos donde el clima se vuelve impredecible y en comunidades que dependen directamente del agua, esta preocupación se intensifica y puede transformarse en ansiedad climática propiamente dicha.

La ansiedad climática empieza con el agua

Cuando el agua escasea o se vuelve impredecible, cuando los fenómenos extremos dejan de seguir patrones reconocibles, también se erosiona la estabilidad emocional de las comunidades y, con ella, su capacidad de adaptación al cambio climático. En efecto, la ansiedad climática empieza en el agua. El estrés hídrico y la escasez no son solo problemas materiales: son recordatorios constantes de vulnerabilidad. Lo vemos en nuestros proyectos: cuando un pozo se seca, cuando un río deja de fluir o cuando una tormenta destruye las infraestructuras de saneamiento, las personas experimentan:

  • Incertidumbre crónica: no saber si mañana habrá agua para beber, cocinar o cultivar.
  • Pérdida de control: la sensación de que el clima dicta la vida cotidiana.
  • Miedo anticipatorio: la expectativa de futuros desastres, sequías o inundaciones.

Este estrés sostenido alimenta lo que suele describirse como angustia climática, especialmente entre jóvenes que perciben un futuro cada vez más inestable.

A ello se suma que los conflictos por el agua, cuando surgen, suelen estar asociados a episodios de violencia y guerras que dejan trauma social y comunitario. Las cicatrices psicológicas —la ruptura del tejido social, la desconfianza, el miedo a la violencia— afectan la salud mental tanto como la falta de agua en sí misma.

La pérdida del hábitat es otro de los detonantes más potentes de ansiedad climática. Los desplazados climáticos aumentan, y las Naciones Unidas advierten que los 7,7 millones de personas desplazadas internamente por amenazas meteorológicas en 2023 podrían convertirse en 216 millones en 2050. Detrás de cada desplazamiento hay pérdida de hogar, pérdida de identidad territorial, ruptura de redes familiares y comunitarias, ruina económica y el dolor profundo por la degradación del entorno.

Imagen We Are Water

Cuando el agua escasea o se vuelve impredecible, cuando los fenómenos extremos dejan de seguir patrones reconocibles, también se erosiona la estabilidad emocional de las comunidades. © Bangladesh Red Crescent

El coste psicológico de vivir con agua contaminada

En los sistemas de salud precarios de las comunidades con menos recursos, la falta de agua compromete la higiene, la prevención de infecciones y la atención materno‑infantil. Cuando las fuentes de agua se contaminan por inundaciones, incendios o una mala gestión de residuos, las comunidades viven con un miedo constante a enfermar. Los informes señalan que esta situación genera hipervigilancia, estrés parental —especialmente entre mujeres responsables del cuidado—, sensación de abandono institucional y una creciente pérdida de confianza en los sistemas de salud y en la gobernanza local.

Este estrés no afecta solo a las familias: también impacta al personal médico. El informe del PNUD recuerda que uno de cada tres centros de salud carece de recursos para gestionar sus desechos, lo que agrava la contaminación del agua y, con ello, la ansiedad de las comunidades. Es una realidad que conocemos de primera mano y que estamos combatiendo en proyectos como la provisión de sistemas de agua y saneamiento seguros en centros de salud de Sierra Leona, Senegal y Chengalpattu (India). En estos lugares hemos logrado que los centros de salud sean más resilientes al clima, garantizando acceso continuo a agua segura y saneamiento incluso durante tormentas, inundaciones o sequías.

Tras los desastres, el control de las infraestructuras

La presión psicológica que soportan quienes viven en un estado continuo de vulnerabilidad, y el alivio que supone contar con infraestructuras capaces de resistir a desastres naturales, quedó reflejada en el documental que realizamos tras nuestra intervención en el  sistema de agua del río Ceniza, destruido por la erupción del Volcán de Fuego en Guatemala.

Aunque en este caso la causa no era exclusivamente climática, la anticipación de la pérdida de recursos esenciales, como el agua, junto con la incertidumbre y la sensación de falta de control, multiplica la ansiedad de las comunidades. Sin embargo, allí donde el agua vuelve, renace la esperanza. Y cuando la comunidad se empodera para gestionar su propio suministro, la tranquilidad deja de ser un lujo y se convierte en un activo poderoso para el desarrollo, capaz de transformar la relación de las personas con su territorio y con su futuro.

Imagen We Are Water

Quienes viven en un estado continuo de vulnerabilidad soportan presión psicológica. El alivio supone contar con infraestructuras capaces de resistir desastres naturales. © European Union (D. Membreño)