El río Tapias fluye por la península colombiana de La Guajira exhausto y contaminado por las sequías y los vertidos mineros. Para la comunidad afrodescendiente de Los Moreneros, heredera de una historia marcada por desplazamientos y resistencia, el río era el único lugar al que las mujeres podían acudir para llenar bidones de agua. Desde el pasado verano, esto ya no es así.

Las mujeres de Los Moreneros, en la península colombiana de La Guajira, saben que lo que recogían en sus bidones no era solo agua, sino riesgo y retraso. El agua contaminada del Río Tablas era un riesgo para su salud y la de sus hijos; retraso para la educación y para recuperar los cultivos de yuca y maíz dañados por la sequía; retraso para el desarrollo y el empoderamiento de una comunidad que, con una rica herencia cultural y una historia convulsa, se debate casi en el olvido.

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El río Tapias fluye por la península colombiana de La Guajira exhausto y contaminado por las sequías y los vertidos mineros. © Juank Medina

Pocos saben su historia: la epopeya de sus ancestros africanos víctimas del esclavismo; la de su lucha por la convivencia con los nativos wayúu; la del difícil encaje en una región estresada por el cambio climático y la presión migratoria.

En estas últimas décadas, la mala calidad del agua ha provocado enfermedades infantiles y pobreza. Pese a los esfuerzos gubernamentales por garantizar el acceso al agua y mitigar la crisis ambiental, la península de La Guajira sigue sin alcanzar la seguridad hídrica y enfrenta un futuro incierto ante los efectos combinados del cambio climático y un modelo de industrialización que no siempre ha tenido en cuenta a las comunidades locales.

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El pasado año entramos de lleno en la realidad de esta comunidad. Las instalaciones que debían garantizar agua suficiente y segura habían sido diseñadas décadas atrás para resistir sequías crecientes y contaminación. © World Vision

Instalaciones recuperadas del olvido

El pasado año entramos de lleno en la realidad de esta comunidad. Las instalaciones que debían garantizar agua suficiente y segura habían sido diseñadas décadas atrás para resistir sequías crecientes y contaminación, pero la falta de mantenimiento las había dejado obsoletas y, en la práctica, inutilizables.

En julio finalizamos un proyecto en Los Moreneros que ha supuesto un cambio crucial en la calidad de vida de la comunidad y una oportunidad real para dejar atrás las consecuencias del abandono: la reparación de las infraestructuras y, sobre todo, la capacitación para que puedan autogestionar su mantenimiento. 

La comunidad contaba con un pozo de unos ocho metros de profundidad, un tanque elevado de almacenamiento de unos 30.000 litros y una planta de tratamiento por ósmosis inversa que nunca llegó a utilizarse y que ya era inservible. Nadie tenía los conocimientos técnicos para poner en marcha o reparar el sistema.

Nuestra intervención, en colaboración con World Vision y con la ayuda de los fondos recaudados en las Walkathons for Water de 2025, ha permitido recuperar las viejas instalaciones: rehabilitamos el pozo, construimos dos tanques de hormigón de 10.000 litros cada uno y reiniciamos el sistema de ósmosis, ahora impulsado por nuevas placas fotovoltaicas.

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Las instalaciones recuperadas de ósmosis inversa para potabilizar el agua. © World Vision

En este vídeo, Carlos Garriga muestra los resultados de la intervención: 

Una comunidad formada y responsabilizada

El valor añadido del proyecto radica en su enfoque integral: además de garantizar acceso sostenible a agua segura, creamos espacios protectores que reconocen y preservan el contexto cultural de la comunidad. Es un modelo que hemos comprobado eficaz en los 40 países donde intervenimos: soluciones adaptadas a las familias y a su entorno, acompañadas de la capacitación necesaria para que la propia comunidad asuma la sostenibilidad del sistema. 

Ese compromiso es esencial para abandonar los hábitos nocivos de consumo de aguas superficiales. Como señala Carlos Garriga: “Lo más fácil en nuestros proyectos es la construcción de las infraestructuras; lo más difícil es el cambio de comportamiento y convencer a las comunidades de que, muchísimas veces, los cambios son para mejor.”

En efecto, no importa el país, la región o el continente. El abandono histórico genera recelo, resistencia y, a veces, desconfianza ante ayudas que llegan de forma inesperada. Los hábitos insalubres se combaten con conocimiento y formación, pero eso no basta; es necesario empoderar a las personas para que gestionen su propio sistema, creando un tejido social estable y participativo en torno a los comités de agua, que son el puente entre la comunidad, las autoridades locales y las instituciones que brindan apoyo.

Nuestra experiencia demuestra que de este modo, de forma progresiva, la comunidad —y especialmente las mujeres, clave en los cambios de comportamiento familiar— alcanza la plena sostenibilidad de las instalaciones.

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Escolares de Los Moreneros que se han beneficiado de las nuevas instalaciones. © World Vision. 

Resiliencia frente al cambio climático

El Tapias ya no es un río: es un indicador. Un termómetro de la crisis hídrica que asfixia a La Guajira y que, en los últimos años, se ha vuelto más severa y prolongada. La península caribeña es la región más seca de Colombia: un 41 % de su territorio es matorral desértico y apenas un 1 % corresponde a bosque húmedo. Las lluvias son escasas y cada vez más irregulares, y los ríos, cuando no desaparecen, se reducen a hilos de agua incapaces de sostener la vida.

La situación para comunidades como Los Moreneros se volvió dramática cuando las alteraciones de los fenómenos de El Niño y La Niña empezaron a intensificarse. Según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia (IDEAM), cada episodio reciente de El Niño ha reducido las lluvias entre un 30 % y un 60 %, dejando ríos como el Tapias en niveles críticos y profundizando la crisis hídrica estructural del departamento. La institución advierte que La Guajira será una de las regiones más afectadas del país —y del Caribe— por el cambio climático.

A esta escasez se suma un deterioro ambiental creciente. La Universidad Nacional de Colombia, describe un escenario alarmante debido a la contaminación derivada de la minería de carbón a cielo abierto y la privatización de las mejores aguas para uso industrial. En este contexto, depender del Tapias significaba para Los Moreneros no solo caminar largas distancias, sino exponerse a un agua cada vez más contaminada y menos disponible.

Las nuevas instalaciones del proyecto están diseñadas precisamente para garantizar resiliencia frente a este escenario cambiante: asegurar agua segura incluso cuando el clima no lo permite, y reducir la vulnerabilidad de una comunidad que vive en la primera línea de la crisis climática.

Conocer la historia, para integrar el respeto

El agua del Tapias sostiene la vida en Los Moreneros, pero también revela una herida más profunda: la de una comunidad que ha debido adaptarse durante siglos a condiciones adversas. Sus raíces se hunden en la diáspora africana que llegó al Caribe colombiano entre los siglos XVI y XIX, cuando miles de personas fueron traídas desde África occidental y centro‑occidental por redes esclavistas controladas primero por Portugal y luego por España. Cartagena de Indias fue el gran puerto de entrada; La Guajira, un territorio de redistribución, contrabando y frontera.

En ese paisaje complejo, marcado por tensiones entre el Estado colonial y los pueblos wayúu, surgieron pequeños asentamientos afrodescendientes que buscaban autonomía y tierra. La dispersión de sus habitantes dio origen a comunidades como Los Moreneros, que desde entonces han coexistido con los wayúu en un equilibrio frágil, siempre condicionado por la escasez de agua y la ausencia estatal.

Comprender a Los Moreneros exige mirar más allá de la urgencia del agua. Su presente está marcado por la sequía, pero su identidad se forjó mucho antes, en un recorrido que atraviesa océanos, fronteras y silencios. Para trabajar con esta comunidad —y para acompañarla en la gestión de su propio futuro— es imprescindible reconocer la historia que la sostiene y las huellas de un territorio que ha sido frontera, refugio y olvido.

Solo desde ese conocimiento profundo es posible integrar el respeto en cada intervención. Porque el agua no llega a un vacío: llega a una comunidad con una herencia cultural rica, una resiliencia admirable y una historia que merece ser contada.

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Comprender a Los Moreneros exige mirar más allá de la urgencia del agua. Su presente está marcado por la sequía, pero su identidad se forjó mucho antes, en un recorrido que atraviesa océanos, fronteras y silencios. © pexels-jibarofoto