La voz de los ríos. Memoria de los pueblos

Este documental da voz y recupera la memoria de los pueblos ribereños del alto Amazonas. Para ellos el agua es más que un elemento natural: da forma a la memoria de sus ancestros, es archivo vivo donde se inscribe la historia colectiva y su íntima convivencia con la naturaleza. El río más caudaloso del mundo está amenazado y su voz debe oírse en todo el planeta.

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El futuro de los Ticuna pasa por educar a los jóvenes en los valores de una cultura basada en la honestidad, el trabajo y la integración con la naturaleza. © We Are Water Foundation

“El río tiene voz”, dicen los abuelos Ticuna, y en esa afirmación late la forma de entender el mundo de una cultura que ha crecido escuchando el lenguaje del agua. Para ellos, el río no solo sostiene la vida: la explica.

Los Ticuna son uno de los pueblos más numerosos de los más de 400 que habitan en la Amazonía. Se autodenominan Magüta, “el pueblo del origen del mundo”, o Pogüta, “los que fueron pescados con vara”, en referencia al mito de Yo’i, el héroe cultural que les dio vida. Habitan en las riberas del alto Amazonas en una amplia región que se extiende entre Colombia, Perú y Brasil. 

La voz del río ha guiado a los Ticuna generación tras generación, acuñando un conocimiento ancestral que se remonta mucho antes del siglo XVII, cuando los portugueses documentaron por primera vez su existencia al mundo. Su cultura se ha transmitido por vía oral: los mayores guardan los mitos de origen, las señales del clima, los ciclos de pesca y caza, y el arte de “hacer la chagra”, la parcela de cultivo que es a la vez alimento, escuela y memoria del territorio.

Pero esa voz que ha guiado a sus ancestros en la pesca, la caza y el cultivo ya no es la misma: es incierta y confusa. El caudal del Río está alterado y sus aguas fluyen contaminadas. En sus riberas la deforestación avanza y con ella la pérdida de la biodiversidad que es la base de su sustento. Sus hijos ya no pueden gozar de la salud que el agua les daba a sus abuelos y toda la comunidad lucha por recuperar su vida junto al agua. 

Junto con World Vision hemos producido un documental que se adentra en la realidad presente de este pueblo, que vive momentos difíciles en su íntima relación con el río y se esfuerza por recuperar su cultura ancestral y transmitirla a sus hijos y al mundo.

Dirigido por Ignasi Rodríguez y Carlos Garriga, director de la Fundación, Amazonas: La memoria del agua pone el foco en las personas. Más allá de los paisajes espectaculares, retrata la vida cotidiana de las comunidades ribereñas y su relación íntima con el agua.

Las generaciones, un enorme contraste

El principal relator es Jorge Cayetano Santos, Aru Atüku (“Hoja de Cascabel”, en lengua ticuna) “Nuestros abuelos son esas bibliotecas vivas que nos están compartiendo lo que han vivido, lo que han sentido…”, comenta mientras recorre el río en su canoa.

Son las canoas que los Ticuna han adaptado al río, a la pesca y al transporte. La misma canoa desde la que Isidoro explica cuánto ha menguado la pesca, cuán contaminadas están las aguas y cómo el caudal menguante ha hecho aflorar islas y playas inexistentes cuando era joven. “Parece como si en 20 años nos vayamos a quedar todos encerrados”, dice, mirando un paisaje que cambia demasiado rápido.

Un caudal inestable

El caudal del Amazonas ya no sigue los ritmos que conocieron los abuelos Ticuna. El cambio climático ha roto la estabilidad del río: las sequías son más profundas y hacen aparecer islas y playas insólitas, mientras que las crecidas, cada vez más violentas, inundan las riberas como nunca antes lo habían hecho. Un reciente estudio confirma que el Amazonas está viviendo sequías históricas (2023 fue la peor registrada), al tiempo que las inundaciones extremas han aumentado un 26 % desde 1980. La cuenca está entrando en un régimen de oscilaciones extremas: bajantes y crecidas récord.

En las aldeas y pequeñas ciudades ribereñas, los problemas se multiplican. En Leticia, como vemos en el documental, ya pocos se sienten seguros en sus casas durante la época de lluvias: muchas familias han tenido que levantar paredes y elevar el nivel de los pisos para evitar que el agua entre. En la estación seca, la falta de saneamiento convierte los desagües en alcantarillas abiertas.

La dependencia de los camiones aljibe para el suministro de agua potable es total, y es el principal factor que evita que la diarrea —ya endémica, sobre todo entre la población infantil— se convierta en una emergencia aún mayor.

En una sociedad fluvial, el río es la principal vía de conexión. Los Ticuna navegan en sus canoas no solo para pescar, sino para transportar sus cosechas, hacer la compra y para llevar a sus hijos a la escuela. Muchas veces, durante la estación seca, esto ya no es así: algunos tramos del río no son navegables, una circunstancia que también han reportado los pueblos indígenas del medio Amazonas, en Brasil, quienes llaman al río Solimões, una deformación portuguesa del nombre de un antiguo pueblo indígena del tarritorio, los Soriman, hoy desaparecidos.

Las estaciones se difuminan y organizar la vida cotidiana resulta cada vez más difícil. Las comunidades no tienen ya calendarios de trabajo fijos y tienen que improvisar cada vez con mayor frecuencia.

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A causa del cambio climático, la cuenca del Amazonas está viviendo sequías cada vez más intensas e inundaciones extremas. © We Are Water Foundation 

Las quebradas, el eje de la vida

Aunque los Ticuna puedan disponer de agua potable suministrada, su vida gravita en torno a las quebradas, los pequeños arroyos que proliferan en el territorio. Allí lavan la ropa, se bañan y juegan los niños. Las mujeres recogen esa agua y, tras hervirla, la usan para cocinar. Forman parte de los más de 106 millones de personas que en 2024, según el JMP, dependen de aguas superficiales para su abastecimiento diario.

Antaño, la regularidad de las lluvias permitía saber cuándo el agua era cristalina y segura. Hoy, esa certeza se ha perdido. A la alteración climática se suman presiones humanas que rompen el equilibrio del bosque: la deforestación masiva modifica el ciclo hidrológico; la minería ilegal contamina flujos y acuíferos con mercurio; y la expansión urbana sin saneamiento adecuado convierte cada quebrada en un riesgo sanitario.

La paradoja es evidente: según el Banco Mundial, la Amazonía es la mayor reserva de agua dulce del planeta, pero solo una de cada tres comunidades indígenas tiene acceso seguro al agua. Es uno de los ejemplos de lo que las ONG y los relatores de la ONU suelen denominar “injusticia hídrica estructural”: una desigualdad persistente en el acceso al agua que no proviene de fallos puntuales, sino de factores sistémicos —políticos, económicos, territoriales o ambientales— que se reproducen en el tiempo y afectan de forma desproporcionada a ciertos pueblos o comunidades.

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El profundo conocimiento de la naturaleza es la base de la cultura Ticuna, cuyo legado no debe desaparecer © We Are Water Foundation

Una cultura excepcional que debe orientarnos

Teófilo Pandoro, maestro de la escuela Antonio Ricante, lleva a cabo una labor crucial: educar a los jóvenes en los valores de una cultura basada en la honestidad, el trabajo y la integración con la naturaleza. Es la esperanza de futuro de la Amazonía: “Que los niños sean prósperos, que sean profesionales capaces de liderar un programa, un pueblo, una comunidad, una sociedad extensa… capaces de desenvolverse en diversas problemáticas comunitarias y conectarlas a nivel nacional”.

En este sentido, la pasada COP30 cambió la narrativa climática global: los pueblos indígenas se han convertido en protagonistas justos y necesarios. Su reclamo, tantas veces ignorado, resonó con fuerza en los debates de Belém, donde se acreditaron más de 900 representantes indígenas. Allí aportamos el testimonio directo de las consecuencias que el cambio climático y la acción humana están causando en los Ticuna, tal como muestra el documental.

De su cultura —como de la de todos los pueblos que habitan en contacto directo con la naturaleza— emana un mensaje clave que debemos comprender: los ríos no son fronteras políticas ni líneas en un mapa dividido; su agua configura un territorio continuo donde la vida humana y la biodiversidad forman un mismo tejido. El mensaje de los indígenas es clarificador y nos obliga. Cuidar el agua es cuidar la vida, la de nuestro planeta, la de todos.