

En cada edición del We Art Water Film Festival descubrimos historias que explican, denuncian e iluminan caminos de solidaridad y resiliencia. © MD sajjad hossain
Muchos no hemos vivido qué significa estar rodeados de agua contaminada ni ver enfermar a los nuestros por no tener acceso al agua potable. Podemos imaginar lo que es vivir sin agua, sin saneamiento y sin higiene, pero más de 6.000 millones de personas en el mundo, según datos del JMP, con toda probabilidad no lo experimentamos en nuestra vida cotidiana; algunos nunca lo hemos sufrido.
En muchas regiones del mundo, millones de mujeres se preguntan cada día si se secarán los pozos a los que caminan durante horas para conseguir agua. ¿Cómo será la próxima caminata? Muchas comunidades indígenas son desplazadas por el extractivismo, y sus reivindicaciones permanecen ignoradas y ocultadas por intereses económicos sin control.
Las obras del We Art Water Film Festival han revelado muchas de estas historias invisibles: relatos dolorosos que no aparecen en los medios de comunicación y que rara vez llegan a ser trending topic, pese a su gravedad.
En cinco ediciones —ahora ya en la sexta—, los 156 cortos finalistas demuestran que tres minutos pueden bastar para denunciar, emocionar y abrir los ojos sobre nuestra compleja y conflictiva relación con el agua.

El río Mithi, en Mumbai, atraviesa barrios marginales como Dharavi —más de 216 hectáreas y considerado en 2012 el mayor tugurio de Asia. ©A.Savin
Ríos convertidos en cloacas
Los ríos, venas de la Tierra y esencia de nuestra vida, han sido el origen de muchas civilizaciones. Sin embargo, hoy son también el espejo de una crisis silenciosa. La contaminación fluvial es un problema ampliamente documentado, pero su verdadera magnitud sigue siendo desconocida para gran parte del mundo. Solo en la última edición del Festival, varios cortos han mostrado con crudeza cómo la vida en torno a muchos ríos se ha vuelto casi imposible.
Algunos de estos relatos revelan una verdad lacerante: los ríos que sostienen la vida de millones de personas languidecen en silencio. Y, aun así, sus historias rara vez ocupan titulares. Puedes ver los cortos en los enlaces:
- En las riberas del Burianga, en Daca (Bangladés), la vida apenas resiste. Más de 60.000 metros cúbicos de desechos tóxicos se vierten cada día en sus aguas. El río Turag, uno de sus principales afluentes, arrastra buena parte de esta contaminación: numerosas industrias instaladas en la capital y sus alrededores descargan allí sus residuos sin control, convirtiendo el cauce en un vertedero líquido que asfixia a las comunidades que dependen de él.
- El río Mithi, en Mumbai, atraviesa barrios marginales como Dharavi —más de 216 hectáreas y considerado en 2012 el mayor tugurio de Asia—. Los vertidos ilegales han transformado sus 18 kilómetros de recorrido en una cloaca abierta que amenaza la salud de cientos de miles de personas.
- En la ciudad india de Hyderabad, la cuenca del río Musi recibe 645 millones de litros de aguas residuales al día. Las comunidades más pobres que viven en sus orillas conviven con un agua que enferma, mientras agricultores y ganaderos se ven obligados a trabajar con un recurso contaminado que compromete sus cultivos y su ganado.
- El río Tanjaro, en el Kurdistán iraquí, muestra otra cara de la devastación: la destrucción y el saqueo de sus instalaciones de tratamiento de agua tras la Guerra del Golfo dejaron el ecosistema sin defensa alguna frente a los vertidos y la degradación.
- Y la realidad, muchas veces ocultada, de los vertidos mineros aparece con fuerza en el caso del río Sonora, en el noroeste de México. En 2014, se vertieron 40 millones de litros de residuos tóxicos al río. 22.000 personas no fueron alertadas hasta 24 horas después. La fauna, la flora y la salud de los habitantes quedaron devastadas; muchos perdieron sus cosechas y buena parte de su ganado.
Aguas superficiales: cuando la única opción es beber riesgo
El acceso al agua segura sigue siendo un desafío crítico: según los datos del JMP, 106 millones de personas en el mundo aún dependen de aguas superficiales para sobrevivir. Arroyos, charcas, ríos o lagos se convierten en su única fuente, pese a que estas aguas están expuestas a contaminación fecal, residuos agrícolas, animales y vertidos sin control. Cada año, cuatro millones de personas —niños y adultos— mueren por beber agua sin ningún tipo de control sanitario. Son cifras que rara vez aparecen en los titulares, pero que definen la vida diaria de comunidades enteras.
Algunos cortos del Festival explican con crudeza porqué rara vez alcanzan la mirada pública.
- En Nigeria, la única fuente de agua de una aldea se secó hace años. Desde entonces, sus habitantes, mayoritariamente las mujeres, deben caminar hasta un arroyo cercano. Su historia refleja la de millones de mujeres y niñas que recorren kilómetros cada día, cargando peso y riesgo, para acceder a aguas superficiales, sin ninguna garantía sanitaria.
- En amplias zonas rurales de África, como en Tanzania, se nos muestra con crudeza otro aspecto de esta realidad: los niños comparten el agua de una charca con los animales, una charca en la que ellos mismos suelen defecar. La escena, tan cotidiana como devastadora, resume la fragilidad de quienes no tienen otra opción.
- También es una lacra que se extiende a muchas ciudades. En las calles de Yaoundé, la capital de Camerún, muchas mujeres recorren largas distancias para recoger agua de fuentes lejanas que no son seguras. La potabilizan hirviéndola y la almacenan en botellas recuperadas de la calle, que previamente esterilizan. Después, sus familias la venden por las atestadas calles de la capital, en un esfuerzo cotidiano por sobrevivir en un contexto donde el acceso al agua segura sigue siendo un privilegio.

El acceso al agua segura sigue siendo un desafío crítico: según los datos del JMP, 106 millones de personas en el mundo aún dependen de aguas superficiales para sobrevivir.
Pueblos indígenas: voces que no deben resistir en silencio
Los pueblos indígenas necesitan tener visibilidad sobre el acoso, la presión y, en muchos casos, la agresión que sufren. Los microdocumentales del Festival penetran en una de las realidades más ocultas —y más ocultadas— de nuestro planeta y revelan estas historias con una claridad que pocas veces alcanza la mirada pública. Son testimonios que muestran cómo la defensa del agua es, para muchos pueblos indígenas, la defensa de su propia existencia.
- En la península colombiana de La Guajira, el pueblo wayú ha forjado su cultura en un territorio extremo, moldeado por la sequía, el viento y la escasez. Su relación con el agua es vital y ancestral, pero hoy está amenazada por la explotación indiscriminada y la falta de acceso a recursos básicos.
- En Mongolia, los últimos pastores nómadas sobreviven atrapados entre la globalización y el cambio climático. Muchos han migrado a Ulán Bator llevando consigo sus yurtas, tiendas de lona en las que viven sin agua corriente, electricidad ni saneamiento. Su desplazamiento forzado refleja la fragilidad de culturas milenarias que se ven empujadas a abandonar su modo de vida.
- Para los pueblos muiscas y sutagaos, el páramo de Sumapaz, en Colombia, era un lugar sagrado mucho antes de la llegada de los colonizadores. Allí, la relación espiritual con el agua y con la tierra ha sobrevivido a siglos de presión externa. Hoy, una nueva generación de guardianes del agua trabaja para recuperar la cultura ancestral, convencida de que ese legado puede ser la acción más poderosa para proteger el territorio y asegurar su futuro.

En Mongolia, los últimos pastores nómadas sobreviven atrapados entre la globalización y el cambio climático. ©Arthousestudio
Un mensaje de esperanza: cuando la solidaridad abre camino
Los mensajes de los autores atesoran también esperanza. En medio de un futuro incierto, muchos cortos generan confianza en nuestra capacidad colectiva para restituir y cuidar.
En las regiones del norte de Myanmar, sometidas a una variabilidad climática cada vez más extrema, cuando el agua escasea, grupos de vecinos se organizan para suministrarla con camiones cisterna. Muchas veces la donan de manera gratuita a residencias de ancianos, hospitales y barrios donde nadie puede pagarla. Anteponen la solidaridad a sus propias ganancias —que necesitan para mantener a sus familias— y muestran que la unión puede ser más poderosa que la adversidad.
Los cortos del Festival, recuerdan que incluso en los contextos más frágiles existe una fuerza capaz de transformar la realidad: la voluntad de cuidar lo común. Allí donde el agua falta, la humanidad puede abrirse paso.
¡Esperamos tu participación!





