
La hidráulica inca es una cultura ancestral basada en un principio que trasciende fronteras: desde las terrazas de Ifugao en Filipinas hasta las tanadas japonesas (en la foto). Estas estructuras permiten cultivar en terrenos con pendientes pronunciadas que de otro modo serían imposibles de utilizar para la agricultura. © Kanenori /pixabay
“Nuestros antepasados no ‘gestionaron recursos’, ellos ‘criaron’ el agua, el suelo, los cultivos, y adoptaron el bien común en cada una de sus obras. Tuvieron una fortaleza que ahora no tenemos: la cosmovisión, una forma de ver la vida que se reflejaba en el respeto a la naturaleza, el agua y el suelo”.
Con esta reflexión, Ronald Ancajima resume una idea que atraviesa todas las grandes cordilleras del planeta: las montañas albergan culturas que aprendieron a convivir con la fragilidad del agua y la dureza del territorio. Ancajima es uno de los más reconocidos especialistas en Planificación y Gestión de Recursos Hídricos, con quien dialogamos en una Liquid Talks sobre el enorme reto hídrico andino. El catedrático peruano lleva décadas recuperando la hidráulica inca, una cultura ancestral basada en un principio que trasciende fronteras: desde las terrazas de Ifugao en Filipinas hasta las tanadas japonesas, pasando por los bancales mediterráneos o los andenes andinos, los pueblos de montaña han constituido escuelas de agricultura y gestión del agua durante milenios.
En las grandes cordilleras del planeta, la vida sigue dependiendo de una ingeniería ancestral capaz de cultivar en pendientes imposibles. Allí viven entre 900 y 1.100 millones de personas que aún dependen de la agricultura y la ganadería para sostener su día a día.

La hidráulica inca es una cultura ancestral basada en un principio que trasciende fronteras: desde las terrazas de Ifugao en Filipinas hasta las tanadas japonesas (en la foto). Estas estructuras permiten cultivar en terrenos con pendientes pronunciadas que de otro modo serían imposibles de utilizar para la agricultura. © Kanenori /pixabay
La innovación que viene del pasado
El renovado interés por las laderas de montaña es parte de un movimiento global que busca recuperar técnicas agrícolas ancestrales capaces de regenerar suelos, retener agua y sostener la biodiversidad. En la Fundación hemos aprendido, proyecto tras proyecto, que no se trata de inventar soluciones nuevas: las soluciones ya existen. Lo urgente es rescatar su lógica, adaptarlas y demostrar su viabilidad.
En 2010 desarrollamos uno de nuestros primeros proyectos en la Reserva de Bosawas (Nicaragua), donde trabajamos con comunidades mayangna amenazadas por la degradación del suelo. Allí impulsamos prácticas que permitieran restablecer el ciclo natural del agua, apoyando dos disciplinas que, en los últimos quince años, han demostrado su eficacia: la agroforestería y el silvopastoreo.
Un año más tarde, la FAO lanzó el programa GIAHS (Globally Important Agricultural Heritage Systems), un punto de inflexión en la forma de abordar la recuperación de los sistemas agrícolas tradicionales. Ese reconocimiento internacional reforzó el camino que hemos seguido en proyectos posteriores: desde el apoyo a las comunidades aymara y uru del lago Titicaca (Perú y Bolivia) hasta el trabajo más reciente con pueblos indígenas de Chiapas (México).
Las técnicas agrícolas ancestrales han ido ganando protagonismo en las COP climáticas, y muy en especial en las de la biodiversidad: en la COP 16 de Cali, Carlos Garriga, director de la Fundación, destacó que “Necesitamos una economía basada en la naturaleza, una economía regenerativa que ayude verdaderamente a las comunidades que más lo necesitan, especialmente a las indígenas que son las que están, en muchos casos, al cuidado y preservación de la biodiversidad”.
La importancia de las laderas
El programa GIAHS ha demostrado que las infraestructuras agrícolas tradicionales funcionan como infraestructura natural: regulan el ciclo hídrico, frenan la erosión, crean microclimas y sostienen una enorme diversidad de cultivos.
En Asia, por ejemplo, las terrazas de arroz de Banaue han operado durante más de dos mil años como un sistema integrado de agua, suelo y bosque. En África oriental, los campos en terrazas de Konso permiten a las comunidades resistir sequías cada vez más severas. En Europa, los bancales de la cuenca mediterránea han sido decisivos para frenar la desertificación. En todos los casos, la FAO subraya un patrón común: cuando estas infraestructuras se abandonan, aumentan la erosión, la pérdida de suelos fértiles y la inseguridad hídrica. El desastre del mar Menor es un ejemplo cercano: la desaparición de los antiguos bancales de secano y de los cultivos en terraza —que ayudaban a retener el agua y amortiguar la violencia de las avenidas— fue uno de los factores que agravó la degradación del ecosistema.
Los informes del Banco Mundial sobre agricultura de montaña señalan que la restauración de terrazas y sistemas tradicionales de gestión del agua puede incrementar la productividad entre un 20% y un 60%, reducir la vulnerabilidad climática y fortalecer las economías rurales. En un planeta donde el 50% de la población depende directa o indirectamente de los ecosistemas de montaña para el agua, estos sistemas son fuentes de vida.

Ninguna otra civilización desarrolló una ingeniería agrícola tan extensa y sofisticada como la del Tahuantinsuyo, el imperio andino de los incas. En la foto, terrazas circulares concéntricas de la cultura inca que probablemente funcionaron como centros de experimentación para adaptar cultivos a distintos microclimas. © Philipp Weigell
Los Andes: la cordillera que perfeccionó la agricultura vertical
En este mapa global de saberes ancestrales, los Andes ocupan un lugar excepcional. Ninguna otra civilización desarrolló una ingeniería agrícola tan extensa y sofisticada como la del Tahuantinsuyo, el imperio andino de los incas. Según la clasificación ecológica de Holdridge, el planeta cuenta con 117 zonas de vida y Perú alberga 84 de ellas, una diversidad extraordinaria que explica la riqueza agrícola del mundo andino: un mosaico ecológico que los incas transformaron en un sistema productivo vertical, articulado en andenes (bancales) capaces de sostener a una población que se contaba en millones.
Ronald Ancajima insiste en que los andenes no eran simples terrazas: constituían un sistema hidráulico integral. Captaban el agua de lluvia en las cumbres, la infiltraban en cochas, la distribuían por gravedad a través de canales y la aplicaban en terrazas que estabilizaban suelos, creaban microclimas y permitían cultivar desde tubérculos hasta frutales. Hoy, más de 340.000 hectáreas de estos andenes están inventariadas.
Sin embargo, la paradoja andina persiste: los herederos de esta ingeniería viven hoy en condiciones de pobreza y marginación estatal. La agricultura familiar —que abastece entre el 60% y el 70% de los alimentos frescos del país— opera con escasa infraestructura hídrica, limitada mecanización y poco acceso a mercados. La mayor parte de los andenes se encuentra entre los 3.000 y 4.000 metros de altitud, precisamente donde los índices de vulnerabilidad social son más altos.
Un potencial dormido
Los valles interandinos, desde Apurímac hasta Cusco y Ayacucho, concentran una riqueza agrícola y cultural extraordinaria. Son territorios donde conviven suelos fértiles, agua de alta calidad, biodiversidad nativa y una memoria agrícola que ha resistido siglos de abandono. Hace cinco años destacamos que eran “valles para el mundo”. Hoy, esa afirmación adquiere un nuevo sentido: en un planeta que busca soluciones basadas en la naturaleza, los Andes peruanos albergan una de las tecnologías hídricas más avanzadas jamás creadas.
La FAO ha señalado que los granos andinos —quinua, kiwicha, cañihua, tarwi— tienen un potencial nutricional y comercial excepcional. El Banco Mundial insiste en que mejorar la infraestructura hídrica y la conectividad en la sierra es una de las inversiones con mayor retorno social.
Caraybamba: un modelo posible desde la sabiduría inca
En este contexto global y andino, Ronald Ancajima propone en los más de 1.100 hectáreas de andenes de Caraybamba (Apurímac) un modelo que combina restauración de andenes, afianzamiento hídrico, mecanización ligera y turismo vivencial.
El proyecto (ver figura 1) integra: la cosecha de agua, la rehabilitación de canales tradicionales (orccoyas), la mecanización adaptada con motocultores inspirados en las terrazas japonesas y la salvaguarda del germoplasma de las semillas nativas. Su propuesta de valor posee una visión de alcance socioeconómico: incentivar el turismo vivencial sostenible en base a poner en valor el paisaje productivo y coordinar una gobernanza comunitaria con yachachiqs —líderes campesinos que combinan saber ancestral y capacitación técnica— quienes son clave para garantizar que la innovación se arraigue en la comunidad y se mantenga en el tiempo.

[Captura imagen]:
Figura 1. Estructura del sistema de andenes inspirados en la agricultura e hidráulica inca. Se basa en el afianzamiento hídrico, el riego por gravedad, la recuperación orgánica y la protección del patrimonio genético agrícola ancestral. © Ronald Ancajima
La sabiduría ancestral como tecnología del futuro
Caraybamba no es un proyecto aislado: es un modelo replicable para la sierra peruana, con clara proyección global en un mundo que busca soluciones basadas en la naturaleza. Frente a crisis simultáneas —climática, hídrica, alimentaria y de biodiversidad—, las montañas recuerdan que muchas respuestas ya existían en las culturas que aprendieron a vivir en equilibrio con su territorio.
Recuperar estas prácticas es una estrategia de seguridad hídrica, soberanía alimentaria y conservación de la biodiversidad. También es un acto de justicia hacia las comunidades que han sostenido estos paisajes durante siglos y que hoy ofrecen claves esenciales para afrontar la crisis global.





