Nuestra experiencia en cada uno de los 120 proyectos que hemos alcanzado en 2025 confirma algo esencial: la confianza en las comunidades, el liderazgo de las mujeres y el impulso de la educación no son principios abstractos, sino valores tangibles que mejoran de forma directa el acceso al agua y al saneamiento. Sin embargo, este ha sido un año incómodo para el optimismo internacional. La combinación de conflictos prolongados, tensiones geopolíticas, deuda récord, inflación persistente y eventos climáticos extremos, sumada a la reducción de la ayuda internacional,, ha puesto a prueba la capacidad de resistencia de las economías de los países de ingresos bajos y medios.
Aun así, en medio de este panorama incierto emergen señales de progreso. El nuevo informe informe inmersivo del Banco Mundial y los datos de la reciente actualización del JMP —el programa conjunto de monitoreo de la OMS y UNICEF— ofrecen un mensaje que merece atención: la resiliencia global ha sido mayor de lo previsto. Y detrás de esa resiliencia aparece un patrón claro: cuando se invierte en servicios esenciales, las sociedades responden.
Esta constatación, evidente en sectores como la energía, la agricultura o la salud, tiene una implicación directa para uno de los retos más urgentes del planeta: el agua. Como recordamos en la pasada World Water Week, si las inversiones masivas y coordinadas funcionan en otros servicios básicos, ¿por qué seguimos sin aplicarlas al recurso que sostiene a todos los demás?
La pregunta no es retórica. Y la respuesta, como muestran los datos más recientes, invita a un optimismo prudente, pero real.

Allí donde se invierte en servicios esenciales, las comunidades responden, se fortalecen y generan desarrollo. El desafío ahora es convertir esa evidencia en política pública. © Carlos Garriga
El agua es motor de empleo agrícola
Inversión, coordinación y voluntad política son los motores de estas mejoras. Es un contexto muy similar al de la inversión agrícola. El informe del Banco Mundial recuerda que el 40% del empleo en los países en desarrollo depende de la agricultura, pero solo el 10% de los pequeños agricultores accede a financiación. Para corregir esta brecha, la institución duplicará su inversión anual en el sector hasta 9.000 millones de dólares.
La agricultura es, en esencia, un sector hídrico. Sin agua no hay productividad, ni seguridad alimentaria, ni empleo rural. Cada dólar invertido en riego eficiente, gestión de cuencas o almacenamiento hídrico tiene un efecto multiplicador en la economía y en la estabilidad social.
Si el mundo está dispuesto a duplicar la inversión agrícola, también debería estarlo para financiar el recurso que la hace posible. La diferencia es que, en agua y saneamiento, ese impulso aún no ha llegado a la escala necesaria. ¿Por qué?
Los expertos de la Organización Meteorológica Mundial (WWA) y los portavoces del IPCC señalaron ya en la COP 26 de Glasgow que la atención al ciclo del agua había quedado eclipsada por el debate sobre las emisiones de gases de efecto invernadero. Subrayaron que era imprescindible aplicar ciencia, tecnología y educación a la gestión del agua para comprender y anticipar sus impactos.
En este sentido, como han señalado numerosos especialistas, la evidencia tangible del cambio climático ha contribuido a una toma de conciencia internacional sobre un hecho irrefutable: el agua está en la génesis de todos los problemas y, por consiguiente, también de todas las soluciones.
Frenar las emisiones de gases de efecto invernadero es crucial, pero preservar el ciclo del agua es imprescindible e incluso más urgente, dada la inmediatez con que se manifiestan las consecuencias de las sequías, las inundaciones y la degradación de los ecosistemas hídricos.

La agricultura es, en esencia, un sector hídrico. Sin agua no hay productividad, ni seguridad alimentaria, ni empleo rural. ©Annie Spratt/unplash
Salud: el agua, primera línea de defensa
Además de las inversiones en saneamiento e higiene comunitaria, el Banco Mundial se ha fijado un objetivo ambicioso: llevar atención primaria de calidad a 1.500 millones de personas en 2030. Hasta ahora se han alcanzado 375 millones, una evolución lenta pero constante.
Sin embargo, la salud empieza mucho antes de llegar a un centro sanitario. Empieza en el agua que se bebe y en las condiciones de saneamiento e higiene disponibles. La OMS vuelve a subrayar una evidencia estrechamente vinculada al cambio climático: el 50% de las enfermedades prevenibles en el mundo están relacionadas con el agua y el saneamiento.
Esta es quizá una de las conclusiones más rotundas que hemos confirmado en más de 15 años de trabajo contra la defecación al aire libre, en la mejora del saneamiento escolar y en el apoyo a la higiene, especialmente entre mujeres y niñas. Un ejemplo reciente que sintetiza estas lecciones es el proyecto piloto que hemos iniciado en Liberia junto a UNICEF, donde incorporamos enfoques basados en la demanda y en la participación del sector privado. El objetivo es ampliar la visión y la acción dentro del propio tejido socioeconómico, con la participación decisiva de las mujeres en todo el proceso.
Invertir en agua, saneamiento e higiene no solo mejora la salud: reduce costes sanitarios, aumenta la productividad y libera tiempo —especialmente de mujeres y niñas— para educación y empleo.

La salud empieza mucho antes de llegar a un centro sanitario. Empieza en el agua que se bebe y en las condiciones de saneamiento e higiene disponibles. © Emidio Monjane/WMO
El agua, razón de ser del turismo que cuida el territorio
El sector turístico global alcanzó 357 millones de empleos en 2024, y se proyectan 91 millones adicionales para 2035. Ningún destino turístico puede prosperar sin agua segura, sin saneamiento adecuado y sin ecosistemas saludables. En esta línea, el Banco Mundial destaca el avance constante del turismo sostenible y su capacidad para dinamizar economías locales y favorecer una distribución más equitativa de la riqueza.
Nuestra experiencia en iniciativas como Hagamos un Trato y las Walkathons confirma estas buenas noticias: el turismo sostenible tiene un papel valioso como agente de responsabilidad social que va más allá de las infraestructuras. Su impacto se amplifica cuando los valores de los huéspedes —la conciencia ambiental, la corresponsabilidad, el respeto por los recursos— se transmiten a las comunidades anfitrionas y se integran en su vida cotidiana.
Datos que confirman el avance
El agua no es solo un derecho humano: es un activo económico estratégico. Lo hemos señalado de forma recurrente: el agua es la infraestructura invisible que sostiene todas las demás. Y, sin embargo, pese a que su valor es cada vez más reconocido, sigue estando subfinanciada.
Los avances existen, pero los datos aún no son satisfactorios. El déficit de inversión en agua y saneamiento continúa siendo enorme, y las necesidades para cumplir el ODS 6 superan ampliamente los flujos actuales. Aun así, hay una novedad importante: las evidencias de que invertir funciona se acumulan.
La actualización 2024 del JMP, que ya hemos mencionado, aporta una perspectiva que sostiene el optimismo. Aunque el progreso es lento, la tendencia es positiva. Entre 2015 y 2024:
- El acceso global a agua potable gestionada de forma segura aumentó del 68% al 74%.
- 961 millones de personas ganaron acceso a servicios de agua potable gestionados de forma segura, con una parte significativa del avance concentrada en los últimos años.
- Se observa un descenso notable del uso de agua superficial: 106 millones de personas aún dependen de estas fuentes, pero son 61 millones menos que en ciclos anteriores.
- 1.200 millones de personas accedieron a saneamiento gestionado de forma segura entre 2015 y 2024, con progresos especialmente visibles en los dos últimos años.
- La cobertura global de saneamiento seguro subió del 48% al 58%.
- La defecación al aire libre se redujo de forma drástica: 354 millones de personas aún la practican, pero son 429 millones menos que en años anteriores. En áreas urbanas, está prácticamente erradicada.

El agua no es solo un derecho humano: es un activo económico estratégico. Lo hemos señalado de forma recurrente: el agua es la infraestructura invisible que sostiene todas las demás. © Carlos Garriga
Convertir la resiliencia en política pública
Avanzamos, y lo hacemos más rápido de lo que muchos modelos preveían hace una década. El informe del Banco Mundial no oculta los riesgos —deuda, desigualdad, aceleración climática, conflictos prolongados—, pero sí demuestra que hay margen para actuar.
En un contexto de incertidumbre sobre la cooperación internacional, los datos son claros: las inversiones bien dirigidas generan empleo, estabilidad y crecimiento. La cooperación público-privada funciona, y la innovación acelera procesos que antes parecían inamovibles.
La resiliencia no surge sola: se construye. Y se construye con políticas públicas que prioricen lo esencial, con alianzas amplias y con inversiones que miren más allá del corto plazo. Porque si queremos economías más fuertes y comunidades más seguras, la respuesta empieza por ahí: situar el agua en el corazón de la agenda pública.





