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La eficiencia, más importante que la lluvia

¿Cuándo se sabe que un país es eficiente en el uso del agua? ¿Lo es su agricultura, industria o suministro urbano? La consecución del ODS 6 para 2030 nos obliga a contestar estas preguntas. ONU Agua ha desarrollado indicadores para ayudar a gestionar la eficiencia del agua y también a comprenderla.

Según AQUASTAT, cada año, la lluvia descarga sobre nuestro planeta algo más de  505.000 km3 de agua; de ellos, unos 398.000 caen sobre el mar, y unos 107.000 sobre la tierra. De estos últimos depende la vida de 7.800 millones de personas.

¿Qué ocurre con esa agua que cae sobre el suelo? Un 56 % se emite a la atmósfera por la evapotranspiración de las plantas que la han absorbido; un 5 % cae sobre los cultivos de secano regándolos de forma natural. El 39 % restante, unos 42.000 km3, se convierten en escorrentía superficial, que acaba en os y lagos,o se filtra bajo tierra hacia los acuíferos; esta cantidad de agua es la que se define como “recursos renovables”: es un agua “utilizable” que la naturaleza repone periódicamente mediante la lluvia.

El ODS número 6 pretende que, para 2030, la humanidad tenga pleno y justo acceso a esos 42.000 km3; las amenazas para lograrlo son considerables.

En primer lugar está el crecimiento demográfico, que incrementará la necesidad cuantitativa de agua para la vida de las personas. Con toda probabilidad seremos más de 8.500 millones en 2030 y muchas de las zonas que experimentarán un mayor incremento de la población están ya sometidas a una alta tasa de estrés hídrico, como la mayor parte de las regiones subtropicales, donde la crisis climática seguirá incrementando las sequías y los fenómenos meteorológicos violentos.

La otra amenaza para el ODS 6 es inherente al desarrollo en sí. La economía debe seguir prosperando para lograr erradicar la pobreza (ODS 1), el hambre (ODS 2), garantizar el acceso a la salud (ODS 3) y prácticamente la mayor parte de los ODS. Este progreso debe procurar ser lo menos dependiente del uso del agua, esto significa avanzar en el uso eficiente del agua. Es la meta 6.4 del ODS 6: lograr aumentar considerablemente el uso eficiente de los recursos hídricos en todos los sectores y asegurar la sostenibilidad de la extracción y el abastecimiento de agua dulce para hacer frente a la escasez, y reducir considerablemente el número de personas que sufren falta de agua. Es evidente que la relativización del término “considerablemente” será importante para evaluar el éxito del cumplimento de la Agenda 2030, especialmente después del daño y de la incertidumbre a la que ha abocado a la humanidad la covid-19.

Según la UNESCO, el uso del agua en el mundo ha aumentado seis veces durante el último siglo y está aumentando a razón de un 1% anual. Es pues perentorio obtener datos que permitan analizar la eficiencia en todos los sectores, especialmente en el de la agricultura que consume un 69 % del agua del mundo, frente a la industria, alrededor de un 19 %, y el suministro doméstico, un 12 %.

 

¿Cómo medir la eficiencia en el uso del agua?

La eficiencia en el uso del agua en general se podría definir como "hacer más y mejor con menos agua”. Desde un enfoque más económico, significa obtener más valor con los recursos hídricos disponibles, reduciendo el consumo, su contaminación y el impacto ambiental que su uso tiene para la producción de bienes y servicios en cada etapa de la cadena de valor. Dicho de otro modo, la mejora de la eficiencia en el uso del agua significa aumentar la “productividad” del agua.

ONU Agua creó en 2015 dos herramientas para avanzar en el uso eficiente del agua: los indicadores 6.4.1 y 6.4.2. Este último, el 6.4.2, evalúa el estrés hídrico y es el más fácil de entender: es la proporción de la extracción de agua dulce en relación a los recursos disponibles. Es fundamentalmente un indicador ambiental que permite realizar un seguimiento de la disponibilidad física de agua. Es decir, ¿Cuánta agua puedo usar?

El indicador 6.4.1 es más complejo y es clave para el progreso adecuado de la economía: ofrece una forma de evaluar el cambio en el uso eficiente del agua con el paso del tiempo; dicho de otro modo, posibilita que los países evalúen en qué medida su crecimiento económico depende del uso de los recursos hídricos. Es decir, ¿Cómo estoy evolucionando en el uso del agua?

Este indicador se basa en el cálculo del coeficiente WUE (Water Use Efficiency, uso eficiente del agua) que se expresa en dólares de EEUU (USD) por metro cúbico (m3) de agua utilizada. Por ejemplo, la media en el mundo es de 15 USD/m3; esto quiere decir que cada metro cúbico de agua usada aporta un valor añadido de 15 dólares para la economía mundial. Cuanto mayor sea la cifra, mayor es la eficiencia en el uso del agua.

El indicador expresa así hasta qué punto el crecimiento económico de un país depende de la explotación de sus recursos hídricos. Aumenta cuando el valor añadido del conjunto de la economía crece relativamente más que el correspondiente uso de agua; cuando una economía crece así, significa que el agua ya no es un factor que la pueda limitar. En el caso contrario, cuando un país ve que su consumo de agua aumenta relativamente más que su economía es que está usando el agua de forma ineficiente; de este modo su desarrollo económico puede llegar a bloquearse.

En 2018, 75 países presentaban un índice menor de 10 USD/m3; y 10 países estaban por debajo de 1 USD/m3. Las regiones que presentaban valores más bajos eran el Asia Meridional (2 USD/m3), el África Subsahariana (7 USD/m3); entre las zonas de valores más altos se encuentran Oceanía (50 USD/m3), Europa (38 USD/m3) y EEUU (38 USD/m3).

El indicador 6.4.1, usado conjuntamente con el 6.4.2, proporciona a los gobiernos la posibilidad de planificar con mayor efectividad su crecimiento económico en función del agua disponible y tener una idea más precisa de la evolución del capital natural del recurso en su zona. Si se disponen de los datos suficientes, es una forma de saber con notable exactitud en avance hacia la meta 6.4.

 

¿Qué genera ineficiencia?

Hay pues todavía un largo trecho por recorrer y el éxito depende fundamentalmente de la obtención adecuada de datos de cada país. De la evaluación de este indicador a escala mundial se encarga la FAO, que ha establecido con ONU Agua un sistema de monitoreo integrado para evaluar el avance del ODS 6.

En general, las pérdidas de agua desde su extracción a los puntos de consumo, el malgasto, tanto agrícola como doméstico o industrial, el uso de tecnologías inadecuadas y la contaminación constituyen los generadores de ineficiencia. Las pérdidas en los procesos de extracción y suministro, englobadas generalmente en el concepto de Agua No Registrada (ANR) supera en todo el mundo el 40% del agua potable; esto significa unos los 45 millones de m3 diarios, el equivalente a 45.000 piscinas olímpicas, una cantidad que podría abastecer las necesidades de 200 millones de personas. 

En algunos países africanos y asiáticos, la tasa de ANR llega a superar el 60% y suelen ser los que presentan los valores más bajos de WUE. La alta inversión necesaria para lograr reducir esta ANR debe lograrse con una gobernanza que posibilite la colaboración, la creación de alianzas y el desarrollo de capacidades. Es uno de los grandes retos de la Smart Reaction en arquitectura y urbanismo, que es especialmente urgente en las grandes urbes en pleno desarrollo.

En agricultura, el riego constituye un 70% de las extracciones mundiales de agua y proporciona hasta el 40% de las calorías alimentarias disponibles en el planeta. Lograr la máxima eficiencia en el riego y la reducción del consumo de agua para la agricultura son dos objetivos urgentes; como también aumentar la productividad de forma que se pueda obtener más cosecha o más valor por el volumen de agua aplicado en el cultivo.

Pese a que cuantitativamente el agua parece que no va a faltar, la desigualdad en su disponibilidad según países y regiones climáticas puede aumentar. La meta 6.4 nos dará una medida de si podremos afrontar las sequías previstas sin aumentar el hambre y disponiendo de agua en las ciudades. Sus indicadores pueden constituir también unas buenas herramientas para introducir el concepto de eficacia en el uso del agua en los sistemas educativos. Ambos refrendan desde la perspectiva científica y con datos inteligibles la importancia de la buena gestión del agua, lo que debe constituir el establecimiento de un lenguaje común que sirva de base para la concienciación internacional de que la eficiencia es más importante que la lluvia.