Plásticos y agua, una relación imposible

© Vinash Kumar-_unsplash

El plástico es inherente a la forma de vivir de la mayor parte de la población, al tiempo que está provocando un desastroso deterioro medioambiental en el que el binomio basura-agua es a la vez causa y efecto. La industria que más ha cambiado nuestra forma de vivir se encuentra en una encrucijada en la que se decide el futuro de la sostenibilidad de la economía y el medio ambiente del planeta.

Imagen We Are Water

Los plásticos están provocando un desastroso deterioro medioambiental © Brian Yurasits -unsplash

En la década de 1970, había motivos para que los economistas afirmaran que la humanidad había entrado en la Edad del Plástico. Desde que, a principios de la década de 1950, los químicos Karl Ziegler y Giulio Natta desarrollaran respectivamente el polietileno y el polipropileno, el plástico ha acompañado nuestro desarrollo económico, tecnológico y social, transformando nuestras vidas al proporcionarnos productos de los que ahora difícilmente podemos prescindir. En una sola década, la trascendencia de sus estudios fue tal que ambos científicos recibieron el Premio Nobel de Química en 1963.

Por entonces, la producción de materiales plásticos ya se había extendido a todos los sectores industriales y no paraba de aumentar: en 1960 se había multiplicado por 16, alcanzando los 25 millones de toneladas. Tras crecer de forma vertiginosa año tras año, la producción de plástico superó en 2018 los 359 millones de toneladas, y en la actualidad, las previsiones apuntan a que alcanzará los 1.800 millones en 2050.

Este crecimiento ha conllevado serios problemas. Hace dos años, un estudio de la Universidad de Georgia (EEUU) aseguró que hasta 2015 se acumularon en la Tierra 8.300 millones de toneladas de plástico, de los que sólo un 9% han sido reciclados; es decir, 6.300 millones fueron residuos. De éstos, aproximadamente un 12% han sido incinerados, y el 79% restante, casi 5.000 millones, se han acumulado en el suelo y las aguas del planeta. Y casi su totalidad sigue ahí.

 

Un serio problema para el equilibrio de los mares

En la actualidad, los plásticos son la contaminación más visible en la Tierra. Están presentes en el suelo y en prácticamente todos los cauces de los ríos de las zonas habitadas, y se acumulan en el mar.

En el debate Residuos en Tierra. Residuos en el agua, organizado por Barcelona i la Mar y la Fundación We Are Water, la investigadora del Institut de Ciències del Mar (ICM-CSIC), Cristina Romera, resumió el drama: ”Unas 13 millones de toneladas de residuos sólidos llegan cada año al océano. Esel equivalente a un camión de basura cada minuto. El 80 % es plástico, y el 80 % de ese plástico viene de fuentes terrestres: ríos y aguas residuales principalmente”.

Es difícil calcular con exactitud el volumen de plásticos en las aguas de la Tierra. Según Romera, el 99% del plástico marino está perdido: “Sabemos lo que entra, pero no dónde está. No sabemos si está hundido o si se cuela por las redes al intentar atraparlo”.

Datos de la Fundación Ellen MacArthur apuntan a que, en un escenario normal, el mar pueda llegar a contener una tonelada de plástico por cada tres toneladas de pescado vivo en 2025. De seguir esta tendencia, para 2050, habrá en peso más plásticos que peces en el mar.

Los daños causados son considerables y pueden ser mucho peores. La agencia de calificación de riesgo Standard & Poors estimó que el deterioro provocado por el plástico en el capital natural había alcanzado cada año los 118.600 millones de euros. En este cálculo se incluyeron, además de la pérdida de biodiversidad, los daños al turismo costero y la pesca.

Imagen We Are Water

Los plásticos son la contaminación más visible en la Tierra © Alexander Schimmeck- unsplash

Microplásticos: los que no se ven

La presencia de plástico en micropartículas de menos de 5 mm, denominadas microplásticos, es la que se estima como potencialmente más peligrosa para los ecosistemas acuáticos y de la que se tiene menos información. Para entender la magnitud del problema es conveniente clasificarlos según su origen: los primarios y los secundarios.

Los primarios son los que llegan al agua ya como micropartículas. En su mayor parte están generados por la actividad doméstica y urbana. Romera señaló a las fibras textiles provenientes de las coladas como las más numerosas en este tipo de contaminación: “Representan el 35 % de las micropartículas encontradas. Hemos de tener en cuenta que una sola prenda de fibra sintética puede liberar 2.000 microplásticos en un lavado”. En segundo lugar aparecen en el agua las micropartículas resultantes de la fricción del caucho de las ruedas con el asfalto, con el 28 %; en tercer lugar, con el 24 %, está el polvo de los edificios; con el 7 % las pinturas urbanas; las pinturas de las carenas de los barcos desprenden un 7 % de partículas; y el 2 % restante provienen de productos higiénicos y cosméticos. Son residuos arrastrados por las alcantarillas y la lluvia que acaban en el mar.

Los microplásticos secundarios son los que derivan de la degradación de los plásticos abandonados en la naturaleza. Llegan al agua vertidos directamente o después de permanecer determinado tiempo en las riberas de ríos y orillas de los mares. El principal agente de degradación del plástico es la luz solar que tiende a desmenuzarlo. La investigadora española señala notables diferencias en la velocidad de degradación en función del medio: “En las playas los plásticos se degradan más debido a la luz solar y la presencia de oxígeno. En el mar, este proceso se enlentece al bajar la temperatura y haber menos oxígeno y luz solar. En las profundidades prácticamente el plástico no se degrada”.

 

Imagen We Are Water

A la lista de los plásticos de un solo uso, como botellas, tapones, envoltorios o pajitas, se han añadido las mascarillas anti-coronavirus, toneladas de las cuales acaban negligentemen,te en la naturaleza. © Unidobrian Yurasits -unsplash

Acabar con los microplásticos secundarios implica acabar con los vertidos de colillas de cigarrillos y plásticos de un solo uso, como botellas, tapones, envoltorios, bolsas de supermercado, pajitas, etc.. Según las investigaciones de Romera, el 50 % de los plásticos encontrados pertenecen a este grupo de “usar y tirar”, y su vida útil tan corta, frecuentemente de pocos segundos, contrasta con el tiempo en que tardan en degradarse, a veces siglos. En estos últimos meses se han añadido a esta lista las mascarillas anti-coronavirus, toneladas de las cuales acaban negligentemente en la naturaleza.

Luchar contra los microplásticos presentes ya en el agua es muy difícil en la actualidad “No sabemos ni hasta qué tamaño mínimo llega el plástico una vez que se va fragmentando en trocitos ni dónde está. Limpiar el mar es casi imposible”, afirma Romera.

El daño que provocan los microplásticos es actualmente difícil de evaluar. La oceanógrafa señala que se han detectado fibras de origen textil en la sal de mesa, el pescado y el agua potable. No se sabe a ciencia cierta su perjuicio para la salud humana, aunque sí se ha constatado que están alterando la cadena alimenticia de algunos peces que los ingieren  y constituyen vectores de otros tipos de contaminación, como la de los aditivos presentes en casi todos los productos plásticos y otros contaminantes químicos que las partículas recogen en su degradación.

 

Una amenaza para el ciclo del carbono

Imagen We Are Water

El océano es un gran pulmón de la Tierra © Milos Prelevic-unsplash

Junto con los bosques, los océanos son el otro gran pulmón de la Tierra: absorben el 25 % del dióxido de carbono (CO2) y liberan el 50 % del oxígeno (O2), además son un enorme sumidero de carbono: se calcula que contienen 700 gigatoneladas (700.000 millones de toneladas) de carbono orgánico disuelto (DOC, por sus siglas en inglés: Dissolved Organic Carbon), casi la misma que hay en la atmósfera en forma de CO2 (700 gigatoneladas). El ciclo natural del carbono relaciona ambos sumideros de los que depende la evolución del clima: cualquier alteración del carbono del océano repercute en el de la atmósfera y viceversa.

El DOC está principalmente producido por el fitoplacton que consume el CO2 atmosférico para hacer su fotosíntesis. Este carbono queda así “fijado” en el océano por las células del fitoplacton y sus desechos, y no regresa a la atmósfera. Pero una parte de él es consumido por las bacterias que constituyen la base de la cadena trófica marina. Los animales de esta cadena, al respirar, devuelven parte de este CO2  a la atmósfera, pero el resto seguirá formando parte de este gigantesco sumidero de carbono que es el mar.

Sin embargo, el plástico en el mar puede alterar este proceso. El equipo de investigación del CSIC, liderado por Romera, demostró en un estudio que las aproximadamente 250.000 toneladas de plástico que se estima hay flotando en el mar, liberan cada año 23.600 toneladas de carbono orgánico que se disuelve en el océano. Este carbono orgánico adicional podría alterar las redes alimentarias y el ciclo natural del carbono al ser consumido por bacterias que lo degradan. Esto es importante para evaluar el retorno de CO2  a la atmósfera que es uno de los gases de efecto invernadero.

Imagen We Are Water

Aproximadamente, hay unas 250.000 toneladas de plástico flotando en el mar, que liberan cada año 23.600 toneladas de carbono orgánico y que se disuelve en el océano. Estudio del equipo de investigación del CSIC, liderado por Cristina Romera. © Naja Bertolt- unsplash

La solución es compleja

El desarrollo de los plásticos biodegradables se postula como una solución para algunos productos como los de un solo uso. Sin embargo, no constituyen una solución global al problema ya que el proceso de biodegradación no suele darse espontáneamente en la naturaleza. Por otra parte, el plástico biodegradable producido a partir de productos vegetales (patatas, paja, etc.) está limitado por la disponibilidad de terreno y agua, su producción también tiene un impacto medioambiental y tiene un reciclaje complicado al no poderse mezclar con el plástico convencional.

El plástico, en sus múltiples variantes, está por todas partes, y muchas veces no hay conciencia social de que gracias a él hemos podido evolucionar tecnológicamente, vivir de forma más segura y salubre, y mejorar nuestra calidad de vida. Del desarrollo de materiales plásticos más ligeros, con mejores propiedades mecánicas y eléctricas, más resistentes al calor, a la luz y a los agentes químicos depende la práctica totalidad de los retos tecnológicos de la humanidad y el crecimiento de todos los sectores industriales.

El arranque de la agricultura en las zonas más pobres también depende en parte del plástico. Según la FAO, la pérdida de alimentos en Europa es de tan sólo un 3 % gracias al uso de las soluciones de envasado que en su mayor parte permite el plástico; mientras que, en los países en vías de desarrollo, donde el uso de envases plásticos no está generalizado, estas pérdidas pueden alcanzar el 40 %.

Imagen We Are Water

La economía de los plásticos está altamente fragmentada. La falta de estándares a lo largo de la cadena de valor ha permitido la proliferación de materiales, formatos, etiquetado, esquemas de recolección, modelos de clasificación y sistemas para reprocesar © Colin Watts-unsplash

La legislación ha comenzado ya a restringir el uso de plásticos de usar y tirar, especialmente en Europa, pero el problema no comenzará a solucionarse a escala mundial hasta que los grandes productores como China, el resto de los países asiáticos y EEUU hagan lo mismo. Romera destaca que los principales productores son los que menos reciclan e incineran los residuos plásticos: “Se recicla una pequeña parte que no llega al 30 % y el 24 % se incinera. En Europa se recicla un 30%, en China el 25 % y en EEUU sólo el 9%. En la incineración también los que más producen son los que menos incineran: Europa, el 40 %, China, el 30% y EEUU, el 16 %”.

La economía de los plásticos está altamente fragmentada. La falta de estándares a lo largo de la cadena de valor ha permitido la proliferación de materiales, formatos, etiquetado, esquemas de recolección, modelos de clasificación y sistemas de para reprocesar, que generan descoordinación, impiden el desarrollo de mercados de reciclaje efectivos y dificultan la comprensión del público creando confusión.

En este contexto, la evolución hacia la economía circular se presenta como el único camino para acabar con esta progresiva y nefasta contaminación de las aguas. No sólo  en la industria del plástico, sino en todas. Es el único modelo que permitirá acabar con la contaminación planetaria y alcanzar todos los ODS. Pero para ello hace falta un notable esfuerzo de concienciación global, gobernanza, comunicación. Más allá de la adopción de la economía circular, los usuarios del plástico tenemos que ser conscientes del peligro de lo que llevamos entre manos al consumirlo y actuar con responsabilidad. Con la ayuda de la ciencia, seguro que lo conseguiremos.