Regadío y biodiversidad. El equilibrio de las pequeñas comunidades

La presión demográfica y el estrés hídrico sitúan a la agricultura ante un desafío crucial: producir más alimentos sin agotar los ecosistemas que los hacen posibles. El riego transforma el territorio y puede fortalecer o debilitar la biodiversidad según cómo se gestione. La gobernanza del agua y el conocimiento local de las pequeñas comunidades son hoy claves para asegurar un equilibrio duradero.

Según la FAO, cada año la lluvia descarga sobre nuestro planeta algo más de 505.000 km³ de agua; de ellos, unos 107.000 caen sobre la tierra. De estos últimos depende la vida de 8.300 millones de personas. Aunque el crecimiento demográfico se ralentiza, existe consenso en que alcanzaremos los 9.700 millones en 2050. Sin embargo, seguirá cayendo prácticamente la misma cantidad de agua, en un momento en el que será necesario incrementar la producción agrícola entre un 50% y un 70% según regiones.

La presión sobre los sistemas alimentarios aumenta, y esa presión se traslada a los ecosistemas que regulan el clima, recargan los acuíferos y mantienen la fertilidad del suelo. La agricultura y el medioambiente definirán nuestro futuro inmediato.

 

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El riego transforma el territorio y puede fortalecer o debilitar la biodiversidad según cómo se gestione. © pexels-masudar

Más de 100.000 agricultores que no malgastan una gota

El reto es claro: producir más alimentos en menos superficie, con menos agua y sin agotar los recursos naturales que sostienen los ciclos ecológicos. Ese equilibrio ya lo practican los más de 100.000 agricultores con los que hemos trabajado para mejorar la gestión del agua y comprender su relación con el suelo, el entorno y los cultivos.

Proyecto tras proyecto, constatamos que las pequeñas comunidades rurales con estrés hídrico que adquieren capacidad de autogestión del agua utilizan cada recurso con responsabilidad y una eficiencia ejemplar. Sin embargo, este éxito local necesita escalarse a la comarca, la región y el país. La sostenibilidad hídrica exige políticas y estructuras capaces de multiplicar lo que ya funciona a nivel comunitario.

En India, en las vaguadas de Andhra Pradesh, en las colinas de Pratapgarh o en los campos de Dewas, o en las aldeas de Tanzania, las comunidades han logrado que el agua llegue a donde tiene que llegar, al tiempo que rehabilitaban el entorno. Han reducido su dependencia de las estaciones húmedas, han recuperado cuerpos de agua degradados y han recuperado suelos agotados. En Marungapuri, en el estado indio de Tamil Nadu, las mujeres han liderado la restauración de pozos y la organización de redes de distribución que garantizan agua para riego y consumo.

Estos agricultores no malgastan el agua porque conocen cada pozo, cada bomba de extracción y cada tramo de la red de suministro que han diseñado junto a su comunidad. El contacto directo con los problemas hídricos les permite regenerar fuentes de agua, proteger los acuíferos y regar de forma sostenible: cuando el agua se administra con conocimiento local, corresponsabilidad y estructuras comunitarias sólidas, la eficiencia deja de ser un objetivo técnico y se convierte en una forma de garantizar el futuro.

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En India, en las vaguadas de Andhra Pradesh, en las colinas de Pratapgarh o en los campos de Dewas, o en las aldeas de Tanzania, las comunidades han logrado que el agua llegue a donde tiene que llegar, al tiempo que rehabilitaban el entorno. ©FVF

Riego para el equilibrio mundial

Según la FAO, el riego duplica la productividad frente a la agricultura de secano, lo que permite alimentar a 1.400 millones de personas adicionales, reducir los precios y disminuir la vulnerabilidad frente a los impactos climáticos. Es, por tanto, un factor imprescindible para la estabilidad alimentaria y para el equilibrio planetario

El mundo industrializado lo sabe desde hace más de 50 años. En 1974, Henry Kissinger abrió la Cumbre Mundial de la Alimentación en Roma con un mensaje contundente: el hambre no era solo una tragedia humana, sino un factor de desestabilización global. El entonces secretario de Estado de EE. UU. citó las conclusiones de un estudio de la CIA —hoy desclasificado— que advertía que las sequías aumentaban y podían alterar el equilibrio internacional.

En los años noventa, economistas ecológicos como Herman Daly y Robert Costanza introdujeron un concepto decisivo: los servicios ecosistémicos debían considerarse la base insustituible de toda actividad económica. La regulación hídrica, la fertilidad del suelo, la polinización y el control biológico se reconocieron como pilares invisibles de la agricultura.

Al mismo tiempo, frente a la evidencia de que sin ecosistemas funcionales no hay agricultura sostenible, la agricultura industrializada prometía que la tecnología bastaría para garantizar la seguridad alimentaria. La tensión entre ambas visiones marcaría las décadas siguientes.

A principios de este siglo, el IPCC confirmó científicamente la alerta climática y la ecología explicó con la relación entre prácticas agrícolas y salud de los ecosistemas. La expansión del riego se convirtió en una respuesta lógica a la variabilidad climática, pero también abrió un nuevo frente: la sobreexplotación de los acuíferos. 

En amplias zonas de los países emergentes se ha dado la “paradoja de la eficiencia”: los avances en tecnologías como la detección de agua subterránea y los sistemas de riego más eficientes, unido a los incentivos a la producción, han llevado en muchos casos a un aumento del consumo de agua, en lugar de reducirlo. Un claro ejemplo es el fenómeno detectado en 2009 en la cuenca del Ganges, donde la extracción de agua subterránea para usos agrícolas se había multiplicado por siete desde 1960.

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Según la FAO, el riego duplica la productividad frente a la agricultura de secano, lo que permite alimentar a 1.400 millones de personas adicionales, reducir los precios y disminuir la vulnerabilidad frente a los impactos climáticos. © street-thailand-nature/Freepick

La gestión del estrés hídrico

Desde 2015, el estrés hídrico se ha consolidado como una de las grandes amenazas del siglo XXI. Según el Atlas de riesgos hídricos del Instituto de Recursos Mundiales (WRI), una cuarta parte de la población mundial, unos 2.000 millones de personas, vive en la actualidad en una situación en la que la demanda de agua supera de forma sistemática a la oferta. 

Las sequías prolongadas y la degradación de suelos empujan a millones de personas a abandonar las zonas rurales. Estas migraciones hacia las ciudades generan nuevos focos de pobreza y reducen la productividad agrícola en regiones que ya sufren escasez de alimentos. África Subsahariana, Centroamérica y el Sudeste Asiático son ejemplos claros de esta dinámica. 

Al mismo tiempo, la pérdida de polinizadores, la erosión del suelo y la fragmentación de hábitats afectan directamente a la productividad agrícola. La biodiversidad no es un lujo ecológico, sino un componente esencial de la seguridad alimentaria y de la resiliencia frente al cambio climático.

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El desarrollo de sistemas de riego por goteo, la aspersión inteligente, la captación de agua de lluvia y el almacenamiento comunitario permiten producir más con menos agua.

Soluciones a tres niveles: tecnología, gobernanza y conocimiento

La innovación ofrece herramientas decisivas para reducir el consumo de agua y aumentar la resiliencia agrícola. El desarrollo de sistemas de riego por goteo, la aspersión inteligente, la captación de agua de lluvia y el almacenamiento comunitario permiten producir más con menos agua.

Sin embargo, estas soluciones solo funcionan plenamente cuando existen instituciones sólidas y reglas claras. Es imprescindible establecer límites de extracción basados en la recarga real de los acuíferos, aplicar tarifas coherentes y justas, y controlar la contaminación por fertilizantes y pesticidas que deterioran los ecosistemas circundantes.

El tercer nivel es el conocimiento. La experiencia demuestra que la participación de los pequeños agricultores es clave: son quienes mejor conocen el territorio y quienes pueden transformarlo cuando cuentan con apoyo. La formación en prácticas agrícolas regenerativas, el acceso a información climática y la instalación de tecnologías sencillas —como los sistemas de distribución hub & spoke o las unidades de ósmosis inversa— permiten gestionar el agua sin agotar los recursos.

La seguridad alimentaria depende de la salud de los ecosistemas. El riego es indispensable para combatir el hambre y la pobreza, pero solo es eficiente si respeta los límites del agua y de la biodiversidad. Las pequeñas comunidades, las que gestionan el agua con conocimiento y responsabilidad compartida, lo saben bien.

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La seguridad alimentaria depende de la salud de los ecosistemas. © Dipayan Bose/WMO