La injusticia de género siempre ha estado presente en el debate sobre el agua. Este año, en el pasado Día Mundial del Agua, Naciones Unidas lo recordó con el lema: “Donde fluye el agua, fluye la igualdad”. Es una evidencia abrumadora: las mujeres soportan la peor parte de los problemas de acceso al agua. Son, casi siempre, quienes deben recorrer largas distancias para conseguirla cuando escasea, y también quienes más sufren las consecuencias de no tenerla o de consumirla en mal estado: saneamiento insalubre, enfermedades, desnutrición y una cadena de vulnerabilidades que bloquea cualquier avance en la lucha contra la pobreza.
Para quienes llevamos décadas trabajando en comunidades vulnerables, esta afirmación es incuestionable: el agua es una condición previa para la salud, la educación, la seguridad y el desarrollo de las mujeres. Sin embargo, proponemos introducir en el debate una perspectiva adicional: ¿y si, además de reconocer que el agua impulsa la justicia de género, afirmamos que la justicia de género impulsa el agua?

Dejar de ver a las mujeres solo como víctimas de la falta de acceso al agua y pasar a contemplarlas como generadoras de soluciones nos abre los ojos a una realidad que ha permanecido en segundo plano. © annie-spratt /unplash
Nuestro testimonio de más de 15 años
Es un factor que, aunque cuenta con reconocimiento internacional, sigue poco divulgado. En todos nuestros proyectos hemos comprobado que la sostenibilidad depende de la participación activa de las mujeres en todas las fases: desde la planificación hasta la gestión cotidiana. Y, sobre todo, de que asuman un papel central en el liderazgo de los comités de agua, en la administración de las infraestructuras, en las relaciones institucionales y en la monitorización del suministro. Nuestra experiencia aporta confirmaciones constantes: allí donde las mujeres lideran, el acceso al agua mejora y no retrocede.
Un ejemplo significativo es nuestra intervención en cuatro aldeas del estado de Rajasthan, una de las zonas más secas de India. Tres años después, 120 mujeres mantienen en funcionamiento el suministro de agua potable para más de 780 familias con una eficiencia ejemplar. Fueron formadas en el sistema hub & spoke (centro y radios), que instalamos junto a World Vision: se extrae agua de la mejor fuente disponible mediante bombas solares y se distribuye a los puntos comunitarios. Las mujeres elaboraron un mapa social detallado con los hogares, las fuentes, los desagües y las zonas de anegamiento. Nadie conocía mejor que ellas las necesidades de cada familia ni los riesgos del territorio. Hoy se encargan de las bombas, de su mantenimiento e incluso de su reparación con herramientas especializadas. Constituyen el eje de la sostenibilidad del proyecto.
En contextos rurales muy distintos, como las comunidades africanas azotadas por la sequía y la falta de infraestructuras, el patrón se repite: el liderazgo femenino es la clave de la eficacia y la continuidad. Desde nuestras primeras intervenciones en Etiopía hasta los proyectos más recientes en Tanzania, el éxito ha dependido de la participación de las mujeres en la toma de decisiones. La misma evidencia la encontramos en América Latina, en comunidades agrícolas de Nicaragua, Honduras y Chiapas, entre muchas otras donde hemos trabajado.
También en situaciones de emergencia, su papel es determinante. En la distribución de tabletas potabilizadoras, en la organización de nuevas fuentes de agua, en el restablecimiento de la higiene tras un desastre natural… En todas las catástrofes en las que hemos colaborado – Indonesia, Mozambique, Guatemala, Nepal y Turquía – las mujeres han sido esenciales para la recuperación psicológica y para la reconstrucción del acceso al agua. Su liderazgo no es opcional: es imprescindible.
Los recursos sociales de las mujeres son evidentes. Su compromiso con el bien común estimula la cooperación, fortalece el trabajo en equipo y genera una mayor apropiación social de los acuerdos. Solo así se crea la base para que una comunidad crezca con la igualdad y el potencial necesarios para salir de la pobreza y construir resiliencia.

En todos nuestros proyectos hemos comprobado que la sostenibilidad depende de la participación activa de las mujeres en todas las fases: desde la planificación hasta la gestión cotidiana. © Carlos Garriga
Hacia un cambio de perspectiva global
Convertir el liderazgo femenino en un elemento estructural —y no puntual— es uno de los grandes retos de la resiliencia futura. Los datos globales son contundentes y señalan con claridad el camino. Las mujeres representan la mayor fuerza laboral agrícola en los países en desarrollo y producen una parte esencial de los alimentos del mundo. El último informe de la FAO aporta una conclusión decisiva: las raíces de la pobreza rural se encuentran en el desequilibrio entre lo que las mujeres hacen y lo que tienen. Si dispusieran de los mismos recursos productivos que los hombres, la producción agrícola en los países en desarrollo podría aumentar entre un 2,5 % y un 4 %, reduciendo el hambre mundial entre un 12 % y un 17 %. La igualdad, por tanto, no es solo justicia: es eficiencia.
Este principio empieza a trasladarse también a la gestión del agua. El camino es largo, pero la movilización institucional ya ha comenzado y los datos son cada vez más claros. Dos estudios recientes lo demuestran con especial fuerza. El informe Women in Water Utilities: Breaking Barriers, elaborado por el Banco Mundial, sintetiza mejor que ningún otro este giro conceptual. Su conclusión central va más allá del ámbito rural y entra de lleno en los sectores económicos: las entidades gestoras del agua y el saneamiento que incorporan a más mujeres en puestos técnicos y de liderazgo muestran mejores resultados operativos, mayor sostenibilidad a largo plazo y una mayor capacidad de adaptación climática. La falta de mujeres no es solo una injusticia: es un freno técnico. Como señala el informe, la justicia de género es más que un objetivo social, es un activo operativo.
También la UNESCO, en su Informe Mundial de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos (WWDR 2024), subraya que la escasa presencia femenina en las disciplinas STEM —ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas— es uno de los principales cuellos de botella para avanzar con innovación en la lucha contra las crisis hídricas. La ausencia de mujeres en organismos reguladores y espacios de gobernanza limita la diversidad cognitiva y reduce la capacidad de anticipación. El informe es claro: la igualdad de género es un componente estructural de la seguridad hídrica, no un complemento.

Los recursos sociales de las mujeres son evidentes. Su compromiso con el bien común estimula la cooperación, fortalece el trabajo en equipo y genera una mayor apropiación social de los acuerdos.© World Vision
Cuando la igualdad crece, el agua encuentra su camino
El lema del Día Mundial del Agua de este año nos recordó que el agua impulsa la igualdad. Pero la experiencia y la evidencia muestran también la otra cara de la ecuación: la igualdad impulsa el agua. Si queremos que el agua fluya, necesitamos que la igualdad crezca. El mundo del agua nos enseña que, para construir comunidades fuertes y resilientes, es imprescindible que las mujeres ocupen el lugar que les corresponde en la toma de decisiones. Allí donde ellas lideran, el agua avanza, las infraestructuras se sostienen y la comunidad gana capacidad de futuro.





