Crisis climática. ¿Crisis de comunicación?

El cambio climático se ha manifestado con especial intensidad en zonas y grupos de población hasta ahora alejados de los impactos más severos. Paradójicamente, en estas mismas comunidades la preocupación climática pierde espacio frente a otras urgencias vitales. El clima no ha dejado de importar. Pero ¿qué está fallando?

Francia, Bélgica, Alemania, Gran Bretaña… El verano boreal está siendo excepcional en países que hasta hace poco se consideraban relativamente alejados de los impactos más severos del calentamiento global. Sequías más largas, olas de calor más agresivas, incendios forestales en aumento e inundaciones más frecuentes confirman las previsiones del último informe del IPCC (AR6), publicado en agosto de 2021. La ciencia anticipó que los eventos extremos se intensificarían y se desplazarían hacia latitudes donde la población no estaba acostumbrada a convivir con ellos. Eso es exactamente lo que ha ocurrido.

Imagen We Are Water

El cambio climático se ha manifestado con especial intensidad en zonas y grupos de población hasta ahora alejados de los impactos más severos. © pexels-ben-collins

¿Ha dejado la gente de confiar en la ciencia?

Este año, los fenómenos se han repetido y con mayor intensidad, sometiendo a un jaque adaptativo impensable a comunidades del centro y norte de Europa. 

Esta nueva crisis, que confirma de nuevo las previsiones del IPCC, ha coincidido con la publicación de los últimos datos científicos, que son contundentes y provienen de artículos revisados por pares (evaluados críticamente por expertos que no forman parte del editorial): la crisis climática avanza a una velocidad inédita en la historia. La concentración de CO₂ alcanzó 426 ppm en 2025, un nivel sin precedentes en 800.000 años de registros paleoclimáticos. Durante todo ese periodo, la atmósfera nunca superó los 300 ppm hasta la llegada del siglo XX. La evidencia es inequívoca y confirma que el calentamiento global es rápido, reciente y de origen humano.

A mismo tiempo, este julio, la revista Nature ha publicado un artículo de Helen Pearson, periodista científica y editora ejecutiva de la revista, que plantea una pregunta incómoda: “¿Ha dejado la gente de confiar en la ciencia?”

La autora analiza un fenómeno inquietante: mientras la evidencia científica sobre el calentamiento global es más sólida que nunca, la atención pública hacia la crisis climática parece debilitarse. El texto señala que, aunque la comunidad científica ha alcanzado un consenso sin precedentes en reclamar con mayor firmeza la urgencia de actuar, este mensaje no se traduce en una movilización social equivalente.

Según Pearson, varios indicadores internacionales muestran que la ciudadanía reconoce el problema, pero lo relega frente a otras amenazas percibidas como más inmediatas. En encuestas realizadas en Europa y Norteamérica —hay que señalar que anteriores a las olas de calor del pasado julio—, la proporción de personas que sitúan el clima entre sus tres principales preocupaciones ha caído de forma sostenida en los últimos tres años. En Francia y Alemania, el clima pierde posiciones frente a la inflación, la vivienda y la seguridad. En Reino Unido, el porcentaje de ciudadanos que siguen las noticias climáticas “con mucha atención” desciende de manera notable. En Estados Unidos, el grupo más sensibilizado —los llamados alarmed— se reduce por primera vez en una década, mientras crece el segmento que reconoce el problema pero no lo prioriza.

La paradoja, también en España

En España, tras la alarmante sequía de los últimos años, diversas encuestas muestran una paradoja muy similar a la observada en otros países europeos y norteamericanos: la preocupación intensa por el cambio climático disminuye justo cuando los impactos se vuelven más visibles y más frecuentes. Los datos más recientes —correspondientes a 2025 y, conviene señalarlo, anteriores a la crisis climática de julio de 2026— confirman esta tendencia.

El estudio anual El consumo sostenible y los productos certificados arroja unos datos significativos. En 2019, dos de cada tres personas (67%) consideraban el cambio climático un gran problema y afirmaban que les preocupaba mucho. En la última medición, esta proporción se sitúa en cuatro de cada diez (42%), una reducción de 25 puntos en la preocupación más intensa.

El descenso es especialmente abrupto entre los jóvenes. El grupo de 16 a 24 años, que en 2019 era el más sensibilizado, muestra ahora —en 2025— la caída más pronunciada:

  • los hombres pasan del 68% al 27%,
  • las mujeres, del 74% al 35%.

Es un giro inesperado en la franja generacional que vivirá los impactos más severos del calentamiento global.

Sin embargo, los estudios coinciden en que el conocimiento y la preocupación no han desaparecido. El climatólogo español Javier Martín‑Vide —con quien compartimos mesa de debate en el Roca Barcelona Gallery durante la  WaLS Conference del pasado octubre— coincide con la opinión mayoritaria entre los sociólogos y psicólogos sociales: la preocupación climática sigue ahí, pero ha sido desbordada por problemas más acuciantes. 

Entre los jóvenes españoles, la vivienda, la sanidad y el empleo ocupan el primer plano y desplazan al clima a posiciones secundarias. En el conjunto de la población, las guerras, la inestabilidad política y la inflación refuerzan esta tendencia y saturan la agenda emocional y mediática. Son problemas que se perciben como tangibles e inminentes y que, por tanto, acaparan la atención pública. La crisis climática, aunque reconocida, queda relegada frente a urgencias vitales que afectan de manera directa a la vida cotidiana.

Imagen We Are Water

En España, tras la alarmante sequía de los últimos años, diversas encuestas muestran una paradoja muy similar a la observada en otros países europeos y norteamericanos: la preocupación intensa por el cambio climático disminuye.

Factores psicológicos

Ya explicamos en 2021 que hay consenso entre psicólogos y sociólogos en que la pérdida de atención pública hacia la crisis climática no responde a una falta de información ni a un rechazo de la ciencia, sino a una combinación de factores sociales que condicionan la forma en que la ciudadanía procesa las amenazas globales. Ya en 2013, el investigador Pablo Ángel Meira documentó cómo la preocupación climática en España descendía de forma abrupta durante la crisis económica, desplazada por problemas percibidos como más inmediatos. Otros trabajos posteriores, como el estudio Resistencias psicológicas en la percepción del cambio climático, de Cristina Huertas y José Antonio Corraliza, han descrito con rigor los mecanismos que frenan la concienciación y explican por qué la evidencia científica no se traduce en acción social.

Los problemas clave son:

  • Saturación informativa. El clima se percibe como un ruido constante. La repetición de alertas, informes y titulares genera una sensación de sobrecarga que reduce la capacidad de atención sostenida.
  • Desconexión emocional. Los mensajes científicos no siempre logran establecer un vínculo con la vida cotidiana. La crisis climática se percibe como abstracta, distante o demasiado técnica, lo que dificulta la implicación personal.
  • Competencia de prioridades. La economía, la vivienda y la estabilidad personal eclipsan la crisis climática. Cuando las urgencias vitales se multiplican, el clima pierde espacio en la jerarquía emocional y política.
  • Desinformación organizada. El negacionismo se adapta, se profesionaliza y explota la incertidumbre. La difusión de mensajes simplificados, polarizantes o directamente falsos erosiona la confianza y desplaza la atención.
  • “Fatiga climática”. La sensación de impotencia ante un problema global reduce la disposición a actuar. Cuando la ciudadanía percibe que sus acciones individuales tienen poco impacto, la motivación disminuye.

Hacia una comunicación climática que vuelva a conectar

Los diagnósticos de psicólogos, sociólogos y especialistas en percepción del riesgo coinciden en un punto esencial: la crisis climática no avanza por falta de evidencia, sino por falta de conexión. La ciudadanía reconoce el problema, pero no logra integrarlo en su jerarquía emocional y cotidiana.

La evidencia científica necesita narrativas que devuelvan al clima su lugar en la vida cotidiana, que lo hagan tangible, próximo y emocionalmente relevante. Sintetizando la opinión de los expertos, la comunicación climática eficiente debe integrar tres claves:

  • contexto, para situar el clima dentro de los problemas que ya preocupan a la ciudadanía;
  • proximidad, para mostrar cómo afecta a la vida diaria sin recurrir a la abstracción;
  • esperanza operativa, para sustituir la impotencia por capacidad de acción.

El desafío consiste en volver a conectar la ciencia con la vida, y la evidencia con la acción colectiva.

Imagen We Are Water

La crisis climática no avanza por falta de evidencia, sino por falta de conexión. La ciudadanía reconoce el problema, pero no logra integrarlo en su jerarquía emocional y cotidiana.